Se oyó un crujido y tras él, durante unos segundos, se hizo el silencio más absoluto.

Aquellos que acertaron de dónde provenía, miraron hacia el techo pero no vieron nada extraño. Sin embargo, en seguida todos fueron conscientes de que la cabina caía. Y el silencio terminó.

Si cayeron durante poco o mucho tiempo es lo de menos. Para los pasajeros el universo comenzó a moverse a cámara lenta. Como por arte de magia, para sus cerebros se habilitó la facultad de ralentizar.

El adolescente inconformista no fue capaz de asumir que no llegaría a la cita de esa noche con aquella chica con la que tan convencido estaba de que, esta vez, por fin sí.

También se dijo que era injusto, aquella aguerrida abogada que empezaba la semana que viene en el puestazo por el que había sacrificado todo.

El asustadizo hipocondriaco se hubiera dado de cabezazos (de haber tenido cerca una pared) por no haberse hecho caso a sí mismo, cuando se dijo que aquello no era seguro.

Mientras, el operario responsable no fue capaz de recordar ni una sola de las acciones a realizar en caso de emergencia y el sindicalista liberado ironizó con lo bien que hubiera hecho en ir a trabajar al menos ese día.

La abuela cayó en la cuenta de que había dejado las camas sin hacer, y se preguntó preocupada qué pensaría de ella su nuera cuando lo viese. Su marido lamentó haberse gastado media pensión en las entradas de la gran final, más aún si el caradura de su yerno aprovechaba y se las quedaba.

El artista fracasado valoró positivamente el salto que supondría para su carrera morir joven. A mil kilómetros de allí, su representante sintió un escalofrío y algo en su interior le dijo “no te preocupes, te vas a forrar”.

Un docena de subordinados aplaudirían reconfortados la caída del yuppie trepa que había llegado a lo más alto a base de pisotearlos, para luego darse cuenta de que sus trabajos morían con él.

Doña Señora, avariciosa hasta el absurdo, calculó al detalle la indemnización que reclamaría a la empresa responsable. Tuvo después tiempo para teorizar sobre si alguno de sus desagradecidos herederos tendría la inteligencia suficiente para plantear la demanda.

El corrupto criminal visualizó los periódicos que pronto dedicarían portadas a limpiar su imagen y le pareció jodidamente divertido.

La joven madre agarró fuertemente a su pequeño y trató de buscar una forma de protegerlo, sabiendo que sería imposible y esa preocupación pavorosa y desesperada la hizo olvidarse de su propia integridad.

A su lado su hijo albergaba la esperanza de que Spiderman los rescatase.

 

Golpes: Semana #14
Tags: #ficción

Comentarios (5)

  • Asier . 10 abril, 2017 . Responder

    Claro que sí! Menos mal que alguien pensaba cosas interesantes. Hay que tener fe…y si es en los súper héroes mejor que mejor. Me ha encantado la última línea.

    • (Autor) David Requena . 13 abril, 2017 . Responder

      La última línea es mi favorita también. Gracias.

  • Pablo Amor . 10 abril, 2017 . Responder

    Me gusta. Hay que dar voz a los inocentes.

    • (Autor) David Requena . 13 abril, 2017 . Responder

      Cuántos pensamientos interesantes perdidos sino, ¿verdad?

  • Johan Cladheart . 16 abril, 2017 . Responder

    Ese último pensamiento seguramente será de lo más ridículo. La pena es que no podremos escribirlo.

 

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