Era el roce de la correa en el suelo lo que la estaba volviendo loca, el sonido se había ido haciendo más y más fuerte y martilleaba su cabeza. Tatatatatata, constantemente. Paraba, de vez en cuando, y parar era como respirar aire puro, pero cada vez que reanudaba la marcha se volvía de nuevo insoportable y le hacía pensar en todas las cosas horribles de este mundo. Se recordaba a sí misma que sólo era el roce de la correa en el suelo y que eso nada tenía que ver con la soledad ni con el desamparo, ni con su sensación permanente de abandono. Pero qué mierda de mundo, joder, pensaba.

Caminaba despacio porque en realidad no quería caminar más, no ese día, no esa tarde de mediados de septiembre que se parecía tanto a agosto que daba miedo. No esa tarde de alfalto de ciudad y calor envenenado. Si alguien viniera ahora y me acariciara, un gesto, sólo un gesto, una mano en la cabeza que suavemente resbalara, creo que moriría de placer, creo que me enamoraría para siempre de cualquiera, creo que juraría amor eterno y me desvanecería en esos brazos en un suspiro.

Pero no, seguía el tatatatata, Madrid, el asfalto, el calor y ella seguía sintiendo la misma incapacidad de siempre para amar y, a la vez, el mismo deseo de siempre de hacerlo.

Golpes: Semana #18

 

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