Esclava. Eso es lo que soy. Esclava de la sociedad que quiere imponerme conductas que no concuerdan conmigo. Cada día me enfundo el traje de persona correcta y me preparo para agradar a todo el mundo. Un traje que cada vez me viene más grande, mientras yo me voy haciendo pequeñita dentro de él, temiendo que llegue un momento en el que finalmente desaparezca en su interior y no quede de mí más que un simple reducto de lo que fui, de lo que llegué a ser, de lo que un dí­a pretendí­ llegar a ser. Cada día asumo los roles que se supone debo asumir, el de madre ejemplar, el de esposa obediente, el de trabajadora impecable, el de mujer poderosa, el de cocinera excelente, el de organizadora de eventos, el de gestora de trámites, así como tantos otros que se supone debo asumir con sumisión y obediencia. Esclava.

Esclava de mis miedos, esos que me limitan, que me anulan, que aniquilan mi personalidad sin dar tan siquiera un momento de tregua. Esos miedos al rechazo, a no sentirme querida, a perder aquello que en mi bendita inocencia creo poseer y que en realidad no poseo, a desprenderme de la coraza que me envuelve cada dí­a y mostrarme al mundo como en verdad soy. Ese miedo a tirarme a la piscina y emprender todos esos maravillosos proyectos que enredan juguetones en mis sueños. Miedo a la intolerancia, a la pérdida de mi identidad, a que llegue un dí­a cualquiera y no sepa enfundarme en el traje de persona socialmente aceptable. Esclava.

Pero, sobre todo, esclava de mí­ misma, de mis pensamientos irreverentes que golpean en mi mente con un eco seco e inevitable, como si tuviesen vida propia y no pudiese librarme de ellos jamás. Giran y giran, danzan en mi cuadriculada cabeza esparciendo el desorden por doquier, sin pedir permiso para ello, como polizones de mi barco ingobernable carente de tripulación. Esclava.

Yo, que creí­a con sinceridad que la esclavitud ya habí­a sido abolida, que éramos libres, me encuentro atada de pies y manos por una gruesa soga que pronto llegará a mi cuello hasta dejarme sin el último suspiro que me permita exhalar la última gota de aire que lleve impregnada la esencia de mi ser. Yo, rebelde sin causa, indomable, salvaje, de pronto me siento esclava, esperando dócilmente a la mano que me venda sin remordimientos al mejor postor.

 

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