Dejaba siempre la ventana abierta, por si se le ocurría volver. Ni los aires fríos procedentes del océano durante los meses de invierno consiguieron que ella cerrase aquella ventana, abierta siempre de par en par al amplio mar que la vio nacer. Siempre sometida a una larga espera, sometida a la esperanza, sometida a la incomprensión.

Han pasado ya dos años, dos largos años desde que él tomase la decisión de marcharse y ella aún sigue buscando en el estrellado cielo nocturno, desde su ventana siempre abierta, la explicación a su marcha que él jamás tuvo el valor de darle. Le tachó de egoísta, de cobarde, de carente de empatí­a, cualidades que ella nunca había encontrado en su personalidad, pero que aparecieron en el momento menos esperado como si hubieran estado ahí­, escondidas, agazapadas, esperando el día en que ella se encontrase más vulnerable para poder hacerlo sin complicaciones. Sin explicaciones.

Hoy el mar está embravecido, furioso, cabreado con la orilla que le espera ajena a todo lo que está por llegar, acostumbrada como está a que las olas la acaricien a su llegada, sintiendo el enorme placer de su embrujo y atracción. Pero no hay caricias esta noche, ni para la orilla ni para ella. No hay caricias una noche más, igual que no las ha habido durante cada una de las setecientas veintinueve noches anteriores en las que ha estado esperando, con la ventana siempre abierta. Asomada a ella intentando localizar su sombra en algún lugar cercano a la puerta de entrada, esperando el sonido de las llaves al abrir.

Esta noche, la que hace la que será la número setecientas treinta desde que él marchó, ella decide dejar de ser orilla para convertirse en mar. Decide dejar de ser la eterna amante que busca respuestas, que espera el regreso de aquel que se marchó sin saber valorar la suavidad de la arena que siempre le recibí­a. Se siente bravía, imponente, poderosa. Recibe la fuerza del océano transmitida por el viento que le llega a la ventana, la misma que siempre está abierta, la misma a la que siempre se asoma. Y, bajando las persianas de sus ojos, decide cerrarla de una vez por todas. Decide ser ella. Decide ser mar, nunca más voluble arena.

Comentarios (1)

  • Johan Cladheart . 27 noviembre, 2017 . Responder

    Bien por tomar las riendas de la playa.

 

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