La lluvia cae de manera torrencial sobre las calles de la ciudad en esta tarde otoñal del mes de noviembre. Guarecido en una céntrica cafeterí­a, espero a que pase el aguacero para poder continuar con mi habitual paseo vespertino. Abrazo entre mis manos la cálida taza de café con leche que humea ante mí­, dejando paso a un poco de calor a mi cuerpo calado por la lluvia que comenzó a caer con fuerza hace unos minutos. Mi costumbre de no llevar paraguas y yo hay veces que tenemos serios problemas por ello. Por eso me he sentado junto al ventanal, bajo el que se halla un amplio radiador que caldea mi cuerpo y mi ropa, a la vez que la taza calienta mis manos y mi alma.

Siento cómo el calor va calando en mí­ de la misma manera que hace unos instantes lo estaba haciendo la frí­a lluvia. Y me reconforta. Sé que no va a ser cuestión de unos minutos, así que me dispongo a disfrutar de la forzada parada. Entiendo que hay veces en las que la vida nos pide que paremos, que hagamos un alto en el camino y reposemos el cuerpo y la mente igual que reposa una infusión dentro de la taza colmada de agua hirviendo. Por ello, en lugar de alterarme por no llegar a mi clase de inglés, a la que siempre voy caminando para aprovechar el momento con un paseo de los que te sitúan en el ahora, me relajo, la doy por perdida y descanso. Ahora mismo me siento como en el momento de descanso de un guerrero. Todo el peso del dí­a acaba de bajar como por inercia hacia mis pies, que siento pesados como si tiraran de ellos con una piedra, y siento cómo, poco a poco, y gracias al calor y al agradable ambiente del lugar, comienza a desvanecerse poco a poco.

Le hago una señal al camarero para que me traiga una segunda taza de café. La primera me la he tomado casi sin respirar en mi afán por entrar en calor. Esta segunda la saboreo, la voy paladeando con placer, apreciando el calor que infunde en mis manos y que va deslizándose por el interior de mi cuerpo como una llama incandescente.

Con ella entre las manos me dedico a observar la lluvia a través de la gran cristalera de la cafeterí­a. Doy gracias en silencio por haber encontrado aquella en mi camino y no la que hay dos portales más adelante, una tasca de barrio llena de obreros que hablan demasiado alto y en la que la luz brilla, pero por su ausencia. Desde aquí­ el paisaje que puedo observar es precioso, o al menos así­ me lo parece. Mi ciudad, la misma que siempre está cargada de tráfico y de gente con prisas, ofrece un espectáculo magistral cuando la lluvia cae sobre las calles de asfalto, sobre los pequeños jardines que rodean a los edificios, sobre la gran cantidad de coches que continúan circulando por las calles ajenos a la lluvia, proyectando sobre el asfalto un amplio colorido de luz.

En la acera de enfrente se encuentra una pareja. Abrazo aún más mi taza mientras intento adivinar algo de la vida que hay detrás de ellos. Parece que están teniendo una discusión. Lo puedo apreciar en el rostro arrepentido de él, cargado con un precioso ramo de violetas, y por la cara de furia de ella. En mi mente se materializan mil posibilidades para aquella discusión bajo la lluvia, que ninguno de los dos parece apreciar aunque ya estén completamente empapados. La que toma mayor forma es la de una infidelidad reconocida y un arrepentimiento más que evidente en la cara del muchacho. Le ofrece a ella al gran ramo de flores con una media sonrisa en el rostro, como si de esa manera pudiese resarcirse del daño que, sin duda, ha provocado en la chica.

Tomo un sorbo de mi café e intento adelantar acontecimientos. Creo que, por la expresión de ella, le va a devolver las flores o incluso estampárselas en la cara. No hay duda de que está muy enfadada. Mi sorpresa llega cuando ella toma el ramo de flores con una disimulada sonrisa, las huele, le mira con desdén y las arroja a la papelera más cercana. El agua sigue cayendo con fuerza del cielo mientras los dos amantes continúan su discusión sin notarla. Ambos empapados de lluvia, terminan también empapados de lágrimas. Llueve a mares sobre el asfalto y llueve a mares sobre sus rostros. Ella ya no parece tan enojada. De pronto, la veo frágil, desamparada, defraudada. Él parece crecerse ante ello, por lo que intenta un tí­mido acercamiento que finaliza correspondido por una bofetada de ira. Soy capaz de leer en los labios de ella con claridad la frase «No quiero volver a verte más», antes de salir huyendo desairada, chorreando lluvia y chorreando lágrimas.

Doy un sorbo más a mi café mientras no puedo evitar mantener los ojos pegados a aquella escena. Ahora, él, solo bajo la lluvia, parece haber adquirido el mismo aspecto frágil y desangelado que ostentaba ella hace unos instantes. Guarda sus manos en los bolsillos del pantalón y desaparece caminando sin prisa calle arriba, en dirección contraria a la que ha tomado ella, como si la lluvia siguiese importándole lo más mí­nimo.

Mi mirada continúa fija en el mismo punto, en el que se ha desarrollado todo, ahora carente de intérpretes. Solo un pequeño capullo de violeta queda como muestra de la escena que ya nunca más volverá a repetirse ante mis ojos, abandonado y solo sobre el asfalto mojado.

 

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