Los olores de la casa de la abuela eran extraordinarios. Recuerdo pasar largos veranos con ella, cuando era niña, en la gran casona del pueblo, empapándome de recetas antiguas y de los aromas a mil especias. La cocina era, sin duda, el espacio más amplio de toda la casa y también era el más cálido. En la cocina estaba la gran chimenea que caldeaba la casa en los frí­os inviernos y era donde se hací­a vida de hogar.

La abuela llevaba muchos años viviendo sola en su casa del pueblo, a pesar de las muchas insistencias por parte de sus hijos para que se fuese a vivir con ellos. A mí­ me hubiese encantado que hubiese venido a la ciudad a vivir con nosotros, pero la abuela era terca como una mula y siempre decí­a que, mientras pudiera valerse por sí­ misma, de su casa no la sacaba nadie. Allí estaba su vida, sus recuerdos, el alma del abuelo y su gran cocina.

Yo la recuerdo siempre cocinando. Cuando iba a pasar mis largas estancias estivales con ella, mientras mis padres trabajaban, adoraba permanecer a su lado. Creo que no habí­a instante en que me separase de ella. Hasta que no llegué a la adolescencia, cuando ya empecé a buscar amistades de mi edad fuera del nido familiar, jamás me separaba de las faldas de mi abuela. Era pequeñita, regordeta y siempre la podí­as encontrar vestida de negro, guardando un riguroso luto por la muerte del abuelo hací­a más de diez años. Reflejaba el estereotipo perfecto de abuela de aquella época y yo la adoraba.

En la cocina de la abuela, sobre la gran encimera de madera de roble, siempre habí­a decenas de frascos cargados con las más variadas especias. A mí­ me gustaba recorrerlos uno por uno, quitando con suavidad la tapa y aspirando para que el delicioso aroma llegase hasta mí­. Una vez que me habí­a deleitado con cada uno de ellos, los iba destapando todos hasta lograr un éxtasis aromático en la gran cocina. A día de hoy, cualquier especia que utilice en mi cocina me recuerda a la abuela.

Como decía, la recuerdo siempre cocinando. Deliciosos platos para el almuerzo y la cena y exquisitos dulces durante la tarde. Y yo permanecí­a allí­ siempre, con ella, dejándome hipnotizar por los enigmáticos aromas que despedí­an sus guisos y por las mil y una historias que me contaba mientras tanto.

Pero lo mejor de la casa de la abuela era cuando llegaba la hora de la merienda. Era entonces cuando sacaba un viejo molinillo y se disponí­a a moler los granos de café que compraba al peso en la tienda del pueblo. Ese aroma a café recién molido era el que más cautivada me tení­a. Mis padres no me dejaban tomar café, de hecho no lo hicieron hasta poco antes de que cumpliese la mayoría de edad. Quizá por eso, por ser algo prohibido, a mí­ me llamaba con más motivo la  atención. Observaba a la abuela durante todo el proceso de molienda y de la preparación posterior del gratificante lí­quido. La abuela siempre me dejaba tomar café, decía que era reconstituyente, y que si no podí­a dormir por las noches era, simple y llanamente, porque no tení­a  la conciencia tranquila.

Así­ crecí, entre aromas a especias y café recién molido, y no cambiaría mi infancia por nada del mundo. Yo mantení­a ese secreto especial con la abuela y, como consecuencia de ello, ahora soy una persona muy cafetera. No podría vivir sin mis dosis de café, soy consciente de ello. Eso sí, en lugar de moler mi propio café, lo tomo de estas máquinas tan modernas que hay ahora que llevan el café dentro de una pequeña cápsula. Sé que el aroma no es el mismo que recuerdo de mi infancia, pero aun así­, es exquisito. Si mi abuela levantara la cabeza, como se suele decir, y lo viese elevaría las manos al cielo como pidiendo perdón por tamaño pecado.

Hoy hace justo una semana que la abuela falleció. Lo hizo con toda la dignidad que corresponde a una mujer fuerte como era ella. En su casa, rodeada de su familia y con una sonrisa en el rostro mientras me tomaba de la mano. Yo pude sentir cómo sus caricias se extinguían poco a poco, al tiempo que lo hací­a su pausada respiración. Con su cuerpo aún caliente, como quien dice, hoy nos hemos reunido todos de nuevo en la gran casona del pueblo. Observo con amargura cómo sus propios hijos discuten sobre la herencia que les corresponde, repartiéndose sus escasos enseres como si se tratasen de vulgares alimañas. Incluso mis hermanos forman parte de ese circo improvisado. Ellos, que ni siquiera llegaron a compartir una tarde completa con la abuela.

Me alejo de ellos con lágrimas en los ojos, huyendo de aquel galimatí­as de hipocresí­a y falsedad, y mis pasos se dirigen irremediablemente hacia la cocina. La colección de especias de la abuela ya no sigue allí, parece que alguien ya se ha deshecho de cualquier tipo de alimento que hubiera en la casa. Huérfano sobre la madera, solo queda el viejo molinillo de café que tantas veces pasó por sus ajadas manos y que fue cómplice mudo del secreto con tanto celo guardado entre abuela y nieta. Lo tomo entre mis manos, lo acaricio y me alejo de allí­. El tono de las voces cada vez es más alto, inundando de amargo bullicio la siempre tranquila y acogedora casa de la abuela, ahora más frí­a que nunca.

Que se maten entre ellos si quieren. No saben que yo me he llevado lo más valioso que pudiera haber conseguido. A partir de ahora, la abuela estará conmigo en mi casa, acompañándome cada tarde cuando me disponga a moler el café.

 

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