Camino por el parque, como cada mañana, en soledad, buscando un pequeño espacio de armonía en mi interior que me aí­sle del bullicio de la ciudad y de las cotidianas prisas que nos consumen a todos cada dí­a un poquito más. Adoro estos paseos en los que soy plenamente consciente de la naturaleza que me rodea, de las maravillas que se esconden a escasos metros del frenético vivir. Esas maravillas por las que todo vale la pena.

Suelo pasear por los caminos de arena, cuidados con perfección para que ni la más mínima piedrecita se interponga en el disfrute de los sentidos. Senderos trazados por el hombre entre la naturaleza creada por él mismo. Senderos que continúan encaminándonos hacia donde quieren que caminemos. Todo es subliminal. Obligación encubierta.

Unas finas gotas de lluvia comienzan a caer con suavidad sobre mí­ en esta tierna mañana nublada de otoño. Su frescor me hace revivir, y ese mismo hecho provoca en mí unas ganas incontrolables de transgredir las normas, de salirme de los límites impuestos, de vivir de la manera más sana en que quiero hacerlo. Así que, por inercia, me desvío del sendero. Inercia transgresora o atracción, no sabrí­a definirlo, pero lo cierto es que mis pasos abandonan el sendero para adentrarse entre el mullido césped, cubierto ya, en tan solo unos minutos, por cientos de pequeñas gotas de lluvia que lanzan destellos por sí­ solas. Yo lo tomo como una invitación a disfrutar junto a ellas, a salirme de esa zona de confort impuesta por otros y vivir una experiencia nueva. Una experiencia que me va a aportar altas dosis de gratificación para mí­, aunque todavía no lo sepa.

Pongo el primer pie sobre el césped mojado, que me acoge como si se tratase de una mullida alfombra, cálida, aunque frí­a por la suave lluvia que continúa derramándose sobre ella. Con el segundo pie sobre la hierba, mis sentidos ya se han evadido por completo de la realidad que me circunda. Doy unos pasos sobre aquella acogedora alfombra natural y soy consciente en plenitud de lo que me rodea. Fuertes árboles con sus elevadas copas desafiando al cielo forman una figura circular, dejando entre ellos un espacio verde de gran amplitud. Jamás me habí­a detenido a observar la peculiar disposición del parque y dudo. Dudo que haya sido la mano del hombre la que la haya creado, tan bonita, tan acogedora, tan natural y llena de vida.

No puedo más que detenerme en ese espacio abierto por la madre naturaleza en un claro desafí­o a las reglas humanas. Me detengo en el centro, sintiendo una perfecta simetrí­a con los árboles que me acogen en su cí­rculo mágico. Cierro los ojos y siento. Dejo de ser persona. Solo siento. Y siento cómo de mis pies comienzan a brotar unas fuertes raí­ces que penetran con fuerza en la hierba. De mis manos, que cuelgan con laxitud a ambos lados de mi cuerpo partiendo de mis brazos relajados, siento cómo comienzan a surgir también unas largas raí­ces, más delgadas pero igual de fuertes, que crecen hacia abajo hasta soterrarse bajo el húmedo césped. La lluvia cae de manera suave pero incesante sobre mí­, como si fuera un riego de vida que alimenta mis raí­ces, haciéndolas anquilosarse más aún en las profundidades de la tierra.

Las raí­ces comienzan a ramificarse, se expanden en mi rededor como si se tratase de largos ramales de mi ser que se extienden por toda la superficie del espacio abierto entre los árboles. Se extienden como guiadas por una magia que solo me pertenece a mí­.

Una increí­ble sensación de bienestar me invade cuando siento cómo mis raí­ces se van entrelazando con otras que van surgiendo en el camino. Se mezclan, se enroscan, se afianzan. La agradable sensación va subiendo por mis raí­ces, recorre mis extremidades y se aloja en el centro mismo de mi corazón. Siento una gran sonrisa crecer en mi rostro, que continúa mojándose bajo la fresca lluvia otoñal. Todo el peso de mi cuerpo reposa sobre la tierra y me encuentro más segura que nunca, bien anclada, afianzada, sostenida por el resto de raíces que encontré en mi camino.

Aún con los ojos cerrados puedo notar cómo cesa la lluvia. Un rayo de sol comienza a abrirse paso con timidez entre las nubes, incidiendo sobre mí­ y calentando mi húmedo cuerpo. Mis raí­ces empiezan a desenlazarse de las restantes que encontraron en el camino. Una sensación de desasosiego se instala en mí­. Una añoranza inmediata de las raí­ces que me sostení­an hací­a unos instantes. Las mí­as propias se encogen, se retrotraen sobre sí­ mismas y vuelven al interior de mi cuerpo. Es entonces cuando empiezo a ser consciente de la vida que continúa sin descanso en torno a mí­. Escucho a los pajaritos desperezarse mientras salen de su refugio entre las hojas de las altas copas de los árboles.

Comienzo a abrir los ojos, con gran calma, como si el temor a un próximo azote de realidad me fuese a desestabilizar de nuevo. Dentro del cí­rculo formado por los árboles, en cuyo centro me habí­a situado, habí­a decenas de mujeres en la misma situación que yo, rodeándome. Respiro tranquila. Todas nos miramos y sonreí­mos. Mis raíces aún continúan aquí­.

 

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