A Irene no le agradaba demasiado la idea de ir a pasar unos días en la vieja casa que los abuelos tenían en el pueblo. Sobre todo porque aquello suponí­a pasar la noche de Halloween allí­ y la casa estaba demasiado cerca del cementerio pasa su gusto. Pero hacía tanto tiempo que Santi no iba a visitar a sus padres y la había insistido tanto en ello, que no tuvo más remedio que aceptar aquel pequeño viaje. Trataban a los padres de Santi de abuelos, a pesar de que no lo eran, por la edad y porque el trabajo en el campo les habí­a pasado factura de una manera que ambos aparentaban más edad de la que en realidad tení­an.

De todas formas, siempre le había gustado ir a aquel pueblo donde sus suegros habí­an nacido y en el que todaví­a vivían. Era un pequeño pueblo situado en lo alto de la montaña, al que se accedí­a por una estrecha carretera cargada de curvas que serpenteaba en estado total de abandono por entre los montes de Gredos. Las casas parecí­an haber sido colocadas a conveniencia de sus primeros habitantes y, a consecuencia de ello, no había ni una sola calle recta. Apenas un centenar de pequeñas casas de una planta, fabricadas en piedra, conformaban aquella casi aldea, habitada ya solo por ancianos. El cementerio, situado a escasos metros de la casa de los abuelos, iba creciendo en extensión cada vez que iban a visitarles. Parecí­a que las campanas de la pequeña iglesia pre-románica, que aún se erigí­a en pleno centro del pueblo, siempre estaban tañendo por los difuntos.

Le gustaba el ambiente acogedor que se formaba dentro de la casa cuando el abuelo Miguel encendí­a la chimenea en las frí­as noches de invierno, mientras la abuela Soledad preparaba un delicioso caldo con el que calentar los cuerpos. Le gustaban las noches de verano tomando el fresco en la puerta de la casa, en mitad de la calle sin ningún temor de que pudiese pasar algún coche por allí­. Lo único que a Irene le producí­a cierto temor era la proximidad del cementerio y pasar aquellos días allí, con la noche de difuntos de por medio, no era algo que le apeteciese en demasí­a. Si tan solo hubiese sabido que no debía temer nada de aquel cementerio donde las ánimas solo descansaban en paz… Pero ella no lo sabí­a y la desazón que sentía era muy fuerte.

La casa seguí­a manteniendo la distribución que habí­a tenido siempre, desde que Santi y su hermano crecieron allí­. De ahí­ que Irene durmiese sola en la antigua habitación de Ismael, el hermano gemelo de Santi. Y era algo que en cierto modo agradecí­a y disfrutaba. Le gustaban aquellos dí­as en los que podí­a regresar a la juventud, ocupando una cama individual, hundiéndose en el viejo colchón de lana que todavía mantení­a la cama, arropada por gruesas mantas, pues el frí­o era extremo en aquella habitación, la más alejada del salón con su chimenea, en una casa que seguí­a sin disponer de calefacción. Las pertenencias de Ismael seguí­an allí­, cuidadosamente guardadas en los cajones de la gran cómoda que completaba el dormitorio.

Las dos noches que pasaron en la casa produjeron en Irene un descanso muy reparador, hasta que llegó la tan temida noche para ella. Se acostó tarde, aguantando al máximo los últimos rescoldos del fuego que morí­a en la hoguera prendida por el abuelo Miguel en la chimenea. Santi estuvo con ella hasta el último momento, en que cada uno de ellos regresó a su respectiva habitación. Irene se acostó con la tranquilidad que le producí­a saber que ya quedaba menos de aquella noche que, sin saber muy bien por qué, le producí­a aquella extraña y desagradable sensación.

Dejó que el viejo colchón de lana la absorbiese, como creando un escudo protector a su alrededor que completó con la montaña de mantas sobre ella. No quedaba ni un resquicio por el que se pudiese colar la más mí­nima partí­cula de aire. Se cubrió incluso la cabeza, como hací­a cuando era pequeña y los miedos la rodeaban. Durante unos instantes consiguió sentirse protegida y serena.

Poco le duró aquella sensación. Apenas habían pasado unos minutos cuando escuchó con claridad un ruido en el interior de su habitación. Retuvo la respiración durante un instante para poder escuchar con más atención. En su mente se entremezclaron dos sonidos, el de su corazón martilleando con fuerza dentro de su pecho y un chirrido que jamás habí­a escuchado y que continuaba de manera lenta y sin descanso. Exhaló el aire retenido con fuerza, como si con ese gesto fuera capaz de ahuyentar a aquello que fuera lo que producí­a aquel desagradable sonido, pero no tuvo suerte. El chirrido continuaba con su recorrido hasta que escuchó cómo se detuvo de manera abrupta con un fuerte choque contra algo. Parecí­a madera.

Temblando como estaba, pero incapaz de reprimir su curiosidad de saber si su mente le estaba jugando una mala pasada, tendió una mano hacia la mesilla y encendió la luz de la lamparita, la misma bajo la que habí­a pasado tantas buenas noches sumergida en la lectura de un buen libro. Descubrió con horror cómo uno de los cajones de la cómoda de Ismael, el de la parte superior, estaba abierto por completo. De ahí­ provení­a el chirrido, de aquel cajón de rieles oxidados que no habí­a sido abierto durante largos años. Irene quedó petrificada, incapaz de moverse de su posición en la cama, que en aquellos momentos le parecí­a más una prisión de la que no podrí­a escapar que un refugio. El ritmo de su corazón la golpeaba con fuerza en las sienes y una tremenda migraña comenzó a forjarse en su incrédula cabeza. Creyó escuchar voces, pero no habí­a nadie más en aquella habitación. Solo ella y aquel maldito cajón abierto.

De pronto, sin esperarlo, una muñeca antigua se irguió sobre el cajón y, dando un giro espectacular a su cabeza, la miró con fijeza. La cara de aquella muñeca era tétrica, blanca por completo. Sus ojos eran dos cuencas vací­as que le conferí­an un aspecto maligno y tení­a restos de sangre reseca en su pálido rostro, restos que encubrí­an sin llegar a ocultar el mal presagio que se cerní­a sobre Irene. Esta comenzó a gritar con desesperación. Fueron gritos de verdadero terror los que se escucharon aquella noche que precedí­a al dí­a de difuntos en la hasta ahora acogedora casa.

Santi despertó sobresaltado. Creí­a haber escuchado un grito espeluznante que provení­a de la habitación de su esposa. Miles de imágenes convergieron en su mente en cuestión de segundos, aquellos recuerdos que habí­a mantenido bloqueados y alejados de sí­ durante toda su vida, y solo pudo encomendarse a aquel Dios en que no creí­a para que la historia no se estuviese repitiendo otra vez. Corrió hacia la habitación de Irene, mientras las imágenes de su hermano Ismael vení­an a su mente como pistoletazos en su frente. Cuando llegó, la diabólica muñeca regresaba a su cajón, con el rostro aún más ensangrentado. Le dirigió una sonrisa y le miró con ojos inyectados en sangre antes de esconderse en las profundidades de la cómoda. El cajón se cerró de golpe.

El silencio se hizo absoluto en la casa. Irene reposaba en el hueco del colchón que fue su tumba, sin vida, completamente ensangrentada y con un hueco vací­o allí­ donde estuviera su corazón enamorado. El resto de ví­sceras asomaban sanguinolentas con marcas de múltiples mordiscos. Santi reprimió una primera arcada, para después vomitar de manera violenta sobre el suelo de madera. Durante unos instantes, no era Irene sino la imagen de su hermano gemelo Ismael la que estaba tendida sobre la cama. Con un grito desgarrador salido desde sus propias entrañas, Santi cayó al suelo abatido por un fulminante infarto.

Mientras, los abuelos dormían con placidez en la habitación contigua sin los aparatos para escuchar puestos en los oí­dos, sin saber lo que aquella mañana del dí­a de difuntos les deparaba.

Golpes: Semana #43

 

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