Hace poco me preguntaron qué flor era mi preferida, imagino que para guardar un as bajo la manga en caso de que tuvieran que hacerme un regalo que me llenara de ilusión. Mi respuesta fue inmediata, quien me conoce lo sabe bien. Aquella persona que me regale una rosa blanca, solo una, hará que afloren todas mis emociones. Conseguirá que un escalofrío me recorra el cuerpo, que una enorme sonrisa ilumine mi rostro y que broten de mis ojos lágrimas de emoción. No necesito grandes ramos, ni mayores demostraciones, una única rosa blanca es capaz de hacerme sentir más que si me regalasen el tesoro más preciado del mundo.

Hoy quiero ir más allá de esta pregunta. No quiero quedarme en cuál es mi flor preferida, sino con aquella con la que me siento más identificada. Si tuviese que nombrar una flor que me definiese serí­a, después de mucho pensar, con total seguridad el diente de león. Y ni siquiera sé si el diente de león puede considerarse como una flor, mis conocimientos en floricultura no llegan a tanto. Pero para mí­ sí­ lo es y con eso me basta.

Sin duda, soy un diente de león. Salvaje, indómito, libre de crecer en cualquier lugar. Pero a la vez frágil, volátil, fácil de destruir con tan solo un soplido. Porque sí­, soy salvaje, soy libre, soy luchadora, he sobrevivido a los ambientes más inhóspitos que pudiera haber imaginado mi mente, a la enfermedad más dura que puede recoger un físico aún joven. Por eso estoy aquí­, superviviente, indómita, mala hierba que nunca muere.

Pero igual que el diente de león se deshoja en mil pedazos con un simple soplido, con una tenue ráfaga de aire que llegue hasta sus delicados pétalos, yo también me he deshojado. Aunque necesité muchos soplidos, consiguieron deshojarme, me dejaron desnuda ante mí misma, ante la sociedad y ante los ojos de cualquiera que quisiera echar un vistazo a esta pobre mala hierba que seguí­a enraizada en el mismo lugar, intentando resistir los envites malintencionados del viento pernicioso que llegó a mi vida. Fui perdiendo mis suaves pétalos poco a poco, apenas sin darme cuenta. Fueron quedando en el camino para ser pisoteados, arrastrados y ensuciados por cualquiera que pasara junto a mí­.

Aquello que no te mata te hace más fuerte, dice el refrán. Pues yo, mala hierba, que nunca muere, solo tuve una salida. Fortalecerme ante la adversidad como si me hubieran regado con el fertilizante más potente del mundo. Y me mantuve salvaje, revitalizada por esa nueva capa de abono con que yo misma tuve que cubrirme, para que mi flor volviese a tener nuevos pétalos, diferentes de los anteriores, resistentes, fuertes e inalterables.

Todo este proceso de cambio, de partir de la nada más absoluta, del cero a la izquierda que siempre fui, está haciendo que conozca cosas acerca de mí­ que ni siquiera sabí­a. Aspectos encubiertos por una personalidad reprimida por las manipulaciones externas que me destrozaron en miles de pétalos volando en todas direcciones. Y se está obrando un milagro. O quizá no, puesto que ni creo en ellos. Todo lo logrado ha sido porque yo lo he conseguido. Y, poco a poco, siento cómo mis raíces se separan de manera lenta del suelo y se van convirtiendo en fuertes garras para protegerme. Siento cómo mis tiernos pétalos se van transformando poco a poco en una melena suave y sedosa.

Dejo el reino vegetal para pasar al animal. El pequeño diente de león, se convierte, por fin, en leona.

 

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