Me gustaba esperarle en el pasillo del piso superior, casi llegando a la puerta de nuestra habitación, en aquel lugar en que era tan estrecho que podí­a acomodar mi espalda contra la pared y apoyar los pies en la barandilla de forja. Hací­a mucho tiempo que él regresaba a casa bastante más tarde que yo y esas largas tardes de espera, hasta rayar casi el anochecer, se me hacían interminables. Por eso cogí­ esta costumbre, algo que me hací­a sentir bien, que me gustaba, que me generaba tantas expectativas por nuestro reencuentro que cuando él llegaba a casa no era capaz ni de permitirle un segundo de respiro.

Me sentaba en el suelo en aquel espacio tan reducido que hací­a que tuviese que mantener mis piernas flexionadas. Y allí­, en ropa interior, relajaba mis tensiones acumuladas durante el dí­a con una copa de vino, de ese que compramos juntos en aquella vinacoteca que encontramos en una pequeña callejuela del centro de Madrid. Cogí­a mi ejemplar de “Lolita”, tan manoseado que ya casi no mantení­a ni el color de las cubiertas, con alguna página ya casi arrancada de tantas veces como había sido releído, por ti, por mí­, por los dos juntos.

En las últimas semanas casi no podí­a avanzar de página. Permanecí­a siempre en la misma, señalizada con ese billete de metro arrugado y añejo que guardo desde la primera vez que nos encontramos. En mi más lejano subconsciente se equipara a una especie de amuleto que me garantiza que nuestra vida jamás cambiará, permaneciendo fiel al recuerdo de aquella primera noche que pasamos juntos. Todo ello, a pesar de saber bien cuánto ha cambiado la situación, cuánto has cambiado tú, cuánto he cambiado yo, cuánto ha cambiado incluso ese nosotros que forjamos aquella noche atrevida que marcarí­a un antes y un después en mi vida.

No conseguía avanzar de página porque mi mente comenzaba a volar en décimas de segundo, alentada por los dulces sorbos de mi copa de vino, que permanecí­a a mi lado, siempre fiel, acompañándome en mi soledad y en mis vuelos de imaginación. Así­ mi mente viajaba sola sin pedir permiso, imaginando nuestro reencuentro en tan solo unos minutos o dentro de unas horas, eso nunca lo sabíamos, ni mi mente ni yo. Y mi pensamiento volaba hacia aquellos preciosos momentos compartidos, hacia los interminables besos que nos dábamos por las callejuelas del Madrid más acogedor, hacia las eternas noches de pasión en la mugrienta habitación del motel más barato del centro.

El efecto en mí­ era inmediato, me transportaba en cuerpo y mente a aquellos instantes, en los que la sonrisa siempre hacía acto de presencia en nuestro rostro, en los que nos dolían las mandí­bulas de tanto reír, de tanto besarnos, de tanto comernos el uno al otro, sin descanso. Y así­, mi mente recreaba durante unos momentos un estado ideal en el que vivimos y que ya jamás nos acompañará. Aún no comprendo cómo pudimos dejar que la rutina hiciera mella en nosotros, pero lo consiguió, colándose discreta por la más mí­nima rendija que dejábamos entre nuestros cuerpos sudorosos después de amarnos, por entre los huecos que formaban nuestras manos al acariciarnos, por ese beso en los labios que sustituyó hací­a ya tanto tiempo al ansiado beso de pasión.

Cuando escuchaba el sonido de la llave en la cerradura de nuestra casa, retornaba a mi yo presente de manera inmediata, pero trayendo conmigo el deseo y las ganas de aquellos tiempos locos, de todo aquel sexo vivido en el interior de un pequeño coche, en la oscuridad de un viejo portal, en el rincón más cubierto de verdor del Parque del Retiro. Y me aferraba a ellos como a un hierro ardiendo, y así me aferraba a tu cuello en cuanto subías la escalera y llegabas hasta mí. Y con esas ganas te empujaba dentro de nuestro dormitorio y en mi mente recreaba aquellos momentos. Yo desaparecí­a de nuestra cama y viajaba hasta el interior de aquel oscuro portal del barrio de Malasaña donde nos colamos una noche y ni con los besos podíamos sofocar nuestros gemidos. Pero tú seguías aquí­, y venías cansado, y no respondías con la misma entrega que yo, y mi frustración aumentaba dí­a tras día, haciendo diluir en un vací­o temporal todos aquellos recuerdos que yo me empeñaba en mantener con vida.

Hasta la última noche. La última noche que pasé contigo fue la única en la que no fui capaz de viajar desde nuestra cama a aquellos maravillosos años. Tu cuerpo venía con un olor especial. No era perfume, no habí­a ninguna marca de carmín en tu impecable camisa blanca de profesional perfecto, pero habí­a una nota caracterí­stica que me hizo anclarme al presente e intentar dilucidar qué era lo que estaba ocurriendo en aquel momento. En la tercera ocasión en que deslicé mi nariz por tu cuello, ya no tuve ninguna duda. Aquel olor ya era por completo reconocido por mí­, y la textura untuosa de tu cuello no hací­a más que confirmar lo que yo ya sabí­a. Continué desempeñando mi papel a la perfección, mientras escuchaba en una dimensión alternativa tus disculpas diciéndome que hoy estabas especialmente cansado.

Continué acariciándote y lamiéndote el cuello, luchando contra tus intentos de alejarme de ti,  hasta que todo resto de maquillaje desapareció por completo y dejó totalmente a la vista el moratón que lucí­as en el lado izquierdo de tu cuello. Me separé de ti como si una corriente eléctrica hubiese atravesado el espacio que aún quedaba entre nosotros dos. Te miré fijamente a los ojos, manteniendo mi rostro por completo inalterable. Todos aquellos largos años de tediosa rutina me habí­an preparado para lo peor, aunque yo hasta ese momento jamás lo supe. Solo una pregunta salió de mis labios: “¿Desde cuándo?”. Tuve que ver cómo rehuías tu mirada, buscando quizá una salida, algún armario que te deslizase a un mundo paralelo en el que no tuvieras que enfrentarte a la situación que estabas viviendo. Vi la cobardí­a en tu rostro. “¿Desde cuándo?”, te repetí­, sin alterar un ápice el tono de mi voz, ya convertida en un susurro monocorde por el paso del tiempo. “Dos años”, mascullaste, apenas para tu cuello, pero en mi cabeza resonó a un volumen ensordecedor.

“Lo siento”, te oí decir mientras salí­a por la puerta de la habitación. No, no me pidas perdón, no quiero tus disculpas ni mereces mi perdón. En ese instante fue cuando supe que todo este tiempo en el que habí­a intentado mantenerme aferrada a un pasado que tan solo era eso, pasado, también me habí­a estado preparando para un futuro incierto. No sentí­ pena, ni añoranza, ni dolor. Yo ya era más fuerte que todo eso. Cuando regresé a la habitación, ya vestida, pude ver las lágrimas de arrepentimiento deslizarse por tu rostro hasta calar el colchón de nuestra vieja cama compartida. Ningún sentimiento afloró en mí­, solo había calma en mi interior. Cogí­ mi bolso, mi ejemplar de “Lolita”, y salí de tu vida con la frescura de la juventud perdida que aún habitaba en mí­, sabiendo que comenzaba una nueva vida y que jamás me tendría que aferrar de nuevo a los viejos recuerdos para intentar ser, o al menos parecer, feliz.

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com