Hola a todos. No sé si os acordareis de mí. Soy Samantha. Estuve hace unas semanas con vosotros para contaros mi adicción al sexo.

Pues bien, esto va de mal en peor. Esta misma mañana me he estado preparando con especial esmero para una cita muy particular. Incluso he comprado un diván, como esos que suelen ocupar los psicólogos en sus consultas. Es negro, de cuero y con tachuelas. Me enamoré perdidamente de él en cuanto lo vi y tuve que traerlo a casa. A lo que iba, que me voy por las ramas.

Como os estaba comentando, mi adicción va de mal en peor. Ya no solo me dedico al sexto telefónico, que lo sigo disfrutando igual o más que antes. Ya no solo me dedico a seducir a cualquier hombre que osa asomarse a la puerta de mi casa, ya sea el cartero, el repartidor de pizzas o los que vienen haciendo publicidad para instalarme la fibra. ¿Cómo os lo dirí­a? No quiero que me instaléis la fibra, pero sí­ sé de otra cosa que me podéis instalar. En fin, ¿qué os voy a contar que no os haya contado antes?

La cuestión es que ahora recibo también visitas en casa y he comenzado a cobrar por ello. ¿Ya que tengo una adicción por qué no sacarle provecho? Eso sí, solo lo hago con personas muy selectas, con las que tenga gran confianza. Esta mañana tení­a una de esas visitas muy especiales y he dedicado casi dos horas en prepararla. He acomodado mis rebeldes rizos, con su color rojo tan llamativo y que tanto interés despierta en los hombres, en un desenfadado moño que hací­a que algunos mechones rebeldes cayeran sobre mi cara, casi por casualidad. Me he maquillado con cuidado, resaltando con una sombra oscura mis párpados y delineándolos con una gruesa línea que me diera un aspecto más exótico. Un corpiño de encaje negro con seda roja, que realzaba mis pechos de una manera espectacular, pidiendo guerra a gritos. Unas medias sin liguero, también negras, con una cinta roja en la parte de atrás de la pierna. Y unos zapatos negros de tacón espectacular. Por supuesto, no voy a obviar la ausencia de bragas… Ya con ese simple hecho, mi humedad mojaba el diván, sobre el que me había tendido para “vestirme”.

El toque final lo he dado con mis pendientes y el collar de perlas que, además de aportar un toque sofisticado al conjunto, son uno de los fetiches preferidos de mi acompañante de hoy. Prefiero llamarlo acompañante a cliente, porque lo cierto es que yo lo siento como un acompañante, recordad que es una persona de confianza… Una persona de confianza que ni os imagináis lo que es capaz de hacer con un collar de perlas… Entre la sensualidad que me provoca el conjunto de hoy y la expectativa de las perlas, estoy deseando que suene ya el timbre de mi casa de una vez.

Faltan dos minutos para la hora prevista cuando suena su característico ding-dong. Me he hecho instalar un pulsador para poder abrir la puerta desde mi diván, de manera que pueda dar a mis visitar el recibimiento que se merecen: unas espectaculares vistas de mí­, excitada, en actitud provocativa, tumbada sobre el diván.

Es lo que he hecho hoy con Roberto. En el mismo instante en que he oído el timbre, mi estado de excitación ha llegado a un nivel tal que me ha hecho abrir las piernas por instinto, mostrando mis encantos más ocultos al recién llegado, así­ como la humedad que ya recubrí­a el asiento del diván.

Hemos tenido una sesión de sexo espectacular. La virilidad de Roberto me ha hecho alcanzar la luna con las manos en más de diez ocasiones, en las más variadas posturas llevadas a cabo encima de mi nuevo diván. Le he acogido en mi interior las tres veces que se ha derramado en mí­.

El broche de oro lo ha puesto una llamada telefónica que ha entrado en mi móvil del trabajo, el de la línea erótica. La he atendido, mientras Roberto observaba, muy atento, cómo mis gemidos eran tan reales como lo habían sido hací­a solo unos minutos antes. Cómo eran mis manos las que se encargaban de darme placer, además de las palabras susurradas al oído por un extraño. Cómo me despedía de él con un sensual “hasta pronto”.

En ese momento, cuando justo terminaba de colgar la llamada, Roberto se ha abalanzado hacia mí­, me ha arrancado de cuajo el collar de perlas y me ha hecho llegar al paraí­so por enésima vez en la mañana, mientras volví­a a derramarse en mi interior, junto a las perlas, que ahora brillaban má que nunca.

Sé que estoy jugando con fuego porque lo cierto es que Roberto me gusta, y mucho. Y mi máxima siempre ha sido fundamental: prohibido enamorarse. Pero el último detalle ha sido el que me ha hecho volver a retomar la terapia: dos billetes de más de los convenidos, esparcidos sobre mi diván, como agradecimiento al espectáculo estelar, en sus propias palabras.

Ahora no me siento bien, y me ha dado por pensar. Por eso estoy aquí­. Para los que no me conozcan, me presento de nuevo:

“Hola, soy Samantha, soy adicta al sexo y, además, soy prostituta”.

Me acerqué a una de las personas que estaban en la reunión y, de un suave tirón, lo levanté de la silla.

“Él es Roberto, es adicto al sexo y creo que me estoy enamorando de él”.

Roberto y Samantha quedaron mirándose frente a frente, como en un duelo de miradas, mientras el resto del grupo coreaba:

“Bienvenida Samantha, bienvenido Roberto”.

 

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