Mi estación favorita es el otoño. Siempre me han enloquecido los bellos colores que se pueden contemplar en la naturaleza durante esta estación. Sin los calores asfixiantes del verano, pero sin los fríos extremos del invierno, se me antoja la época del año más maravillosa, ideal para dar largos paseos por el campo y admirar la belleza que nos rodea.

Entiendo a la perfección a la gente que admira la primavera. El sol calienta, los campos se cubren de diferentes tonalidades de verde y las flores proliferan por doquier. Sin embargo, a mí la primavera me produce una apatía extraña, un decaimiento generalizado, una astenia insidiosa que no me permite disfrutar de tal estación. En cambio, durante el otoño, mi cuerpo se revitaliza, se funde con los colores ocres, los cielos nublados y el viento que agita los árboles con suavidad. Después del calor del verano, el otoño es para mí una especie de renacimiento, de volver a la vida, de disfrutar con plenitud de los días, que se van acortando sin remedio.

Hoy he salido a pasear como todas las tardes, tras despedir a mis pequeños alumnos, inocentes criaturas que salen contentas de la escuela, por fin, después de un largo verano de asueto. Camino entre los árboles que amarillean, que reflejan el sol otoñal, enviando preciosos destellos dorados en todas direcciones. Entre el pasto seco por el calor del verano, que ya comienza a humedecerse con el bendito clima otoñal. Entre la algarabía de hojas caídas que crujen alegres bajo mis pies, volviéndose música celestial para mis atentos oídos.

Pero algo me ha pillado por completo desprevenida. Esta tarde parecía como tantas otras otoñales, que me permitían evadirme de la soledad en un eterno paseo hasta que la luz del sol se comenzase a apaciguar y a fundirse con los tonos ocres de la tierra. Sin embargo, un viento de fuerza inusual ha comenzado su andadura en torno a nuestra naturaleza y ha traído consigo unas grandes nubes oscuras, amenazantes, peligrosas. En apenas unos minutos, la tormenta ya se cierne sobre mí, indefensa y aturdida en mitad del campo.

No sé qué hacer, la angustia comienza a invadirme. Quedarme aquí en mitad del campo durante la tormenta puede resultar mortal para mí, porque esto es una tormenta en toda regla. Nada de un aguacero otoñal, no. Hará como unos diez minutos que el viento atrajo los nubarrones sobre mí, y ya el cielo se ilumina con el resplandor de los relámpagos, seguidos de inmediato por ensordecedores truenos, que amplifican su volumen aquí en el valle. De repente, diviso en la distancia la antigua casa del señor Manuel, deshabitada desde que el buen hombre falleciera unos años atrás. Prefería el contacto con sus animales que con las personas y, por ello, su casa estaba por completo aislada del pueblo. De hecho, sus animales continúan allí, sin que haya tenido tiempo ni ganas de preocuparme sobre quién los estará cuidando.

Tengo que llegar a ella como sea. La lluvia ya ha empezado a caer en forma de gruesas gotas sobre mí, que me empapan en segundos. Comienzo a correr con todas mis fuerzas hacia la casa del señor Manuel cuando la lluvia arrecia sobre el campo. Siento como si el cielo fuese a caer sobre mí en cualquier momento, y los truenos y relámpagos parecen fantasmagóricos en esta situación. Tropiezo un par de veces durante mi alocada carrera y me cubro por completo del barro que ya ha comenzado a anegar los campos y caminos.

Veo la casa cada vez más cerca. Aprecio con exactitud la falta de ventanas y el aspecto abandonado de la misma. Los animales, varias vacas y algún caballo, continúan pastando con tranquilidad, como si no les importase la tormenta que volaba sobre nosotros. Intento aligerar mi carrera, necesito llegar a la casa cuanto antes, pero el barro que recubre mis pies me lo impide. Necesito sentirme segura y protegida, y lo que me siento es torpe y asustada. No he pasado tanto miedo en mi vida.

De pronto, cuando ya me encuentro a escasos metros de la casa, cuando estoy a punto de poder respirar tranquila bajo techo, una gran luminosidad sobrevuela mi cabeza. Me paro en seco en el camino y dirijo mi mirada hacia el cielo, llenando de lluvia las cuencas de mis ojos, respirando a borbotones la lluvia por nariz y boca. Está sobre mí. Viene hacia mí. Lo sé. Aún consigo vislumbrar con claridad el rayo que cae del cielo atraído por mí, antes de que mis ojos se cierren.

Mientras, pienso, si pudiera llegar a la vieja casa, si pudiera… Y mi vida se funde en negro como la gran pantalla.

 

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