Quisiera poder poner dentro de una botella todos esos recuerdos que deambulan perdidos por mi mente, sin saber a dónde ir, sin saber si quedarse o marchar. Preciados recuerdos que vagan sin rumbo, como desahuciados de la memoria, perlados por el sudor de la lenta agoní­a.

Una botella de esas que arrastran mensajes hacia una isla desierta, o como las que encierran preciosos barcos como símbolo de un recuerdo más. Igual que en esas botellas, guardar mis recuerdos errantes, no sea que los vaya a olvidar.

Guardaría en ella todas las gotas del océano, recuerdo impreciso de vidas mejores, de tiempos mejores, de lugares mejores. Guardarí­a todas las que pudiesen entrar en mi pequeña botella, dejando que el oleaje que forman altere mi sensibilidad en forma de hermosos recuerdos. Recuerdos de los baños en el mar, de los saltos divertidos que ahora no puedo dar, de peces esquivos llevados por la corriente y enredados entre mis pies.

Guardarí­a en ella un pedacito de arena con aroma a felicidad, un castillo con almenas, preciosas conchas traí­das por la marea, escupidas por el océano y que llegaron a mis manos como un presente de infinito valor. Conchas brillantes, perladas, onduladas, para decorar mi castillo y no olvidar jamás que algún dí­a fui princesa. Meterí­a junto a ellas el recuerdo del suave tacto de la arena bajo mis pies, de largos paseos por la orilla, de vientos abrasadores y jornadas de alegrí­a. Muy dentro de ese castillo, al fondo de la botella, guardados con celo, para que no se pierdan en la marabunta indeseada de malos recuerdos que enviaría directamente al buzón del olvido, sin destinatario ni remitente.

Cogería mi botella y terminarí­a de llenarla con las bellas puestas de sol que un dí­a vieron mis ojos llenos de vida. La belleza del ocaso, entre abrazos y sonrisas, surcada por dulces besos mientras el sol se escondía. Las guardaré en mi botella, la de los buenos recuerdos, la que no quiero olvidar ni cuando mi vida sea un sueño, eterno para más datos, ni cuando llegue mi averno.

Y si quedase un huequito, guardaría en él el aroma a vacaciones, a tiempos compartidos, a felicidad proscrita, a sol esperanzador, a lunas que siempre acompañan, a estrellas que mantienen vivo. Para que cuando lo olvide, pueda abrir mi botellita y rescatar los recuerdos de ese pozo de vací­o.

Si pudiese guardar todo ello en mi botella, poner a buen recaudo los buenos recuerdos, asegurarme de que no irán al buzón de los no deseados, poder disfrutar de ellos en cualquier momento, en cualquier lugar, con cualquier compañí­a… Si tan solo pudiese hacer eso, viviría tranquilo hasta que el monstruo alemán venga a visitarme. Porque cuando llegue, ya no le tendré miedo.

 

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