Tú y yo vivíamos en paz. Ningún sobresalto había en nuestra vida. Tanto era así­, que casi podríamos tildarla de anodina. Pero, al fin y al cabo, vivíamos en paz. Una paz auto impuesta, aceptada, adquirida como propia en nuestra manera de vivir.

Si alguno de los dos se sentía en verdad cómodo con aquella paz, en realidad rutina, jamás se atrevió a decirlo. Tal era nuestro afán por no dañarnos. Ahora que lo pienso, creo que ambos aguantábamos con estoicismo la situación por nosotros mismos generada, con tal de no dañar al contrario.

Y los dos, sin saberlo, creábamos una situación de paz tensa, en la que ninguno de nosotros se sentí­a cómodo, feliz, realizado o pleno. Igual que tampoco sabíamos que la sinceridad es el camino más recto para solucionar cualquier desavenencia.

Si tan solo lo hubiéramos hablado en algún momento… Si tan solo hubiéramos expresado nuestros sentimientos… A lo mejor no habrí­amos llegado al punto en el que nos encontramos. Un punto de no retorno que está haciendo tambalearse hasta los cimientos más profundos de nuestra siempre idí­lica relación. Un punto que los dos conocemos de sobra y, aún así­, seguimos callando. Quizá, aunque no podremos saberlo nunca, no habrí­amos llegado hasta este punto.

Hasta que llegó un día en que todo cambió. Llegó el viento del Siroco a nuestras vidas, arrasando como un huracán, cargado de polvo y calor, sacándonos a ambos de nuestra cuidada zona de confort. El viento, urgente y huracanado, culpable, testigo, salvador. Lo recibimos como se reciben las novedades en una vida sin ilusión. Impávidos, incautos, tan solo nos dejamos llevar por él. Nos dejamos mecer en sus cálidos brazos, mientras nos arrancaba de nuestra imperturbable posición, sin que apenas nos diéramos cuenta.

Hoy el viento se ha marchado. El Siroco pasó por nuestra vida, hizo de nosotros su epicentro, se ensañó con lo poco que quedaba de cordura en lo más profundo de nuestro ser. Y nos dejó desnudos, sin coraza, sin silencio, sin apatí­a. Las palabras brotaron sobre las oleadas de calima para poner punto y final a lo poco que quedaba de conformismo entre nosotros.

El Siroco arrasó mi vida, la tuya, la nuestra. En su lugar, solo queda una gran nube de humedad polvorienta, que cae olvidada en el sitio exacto que en su día fuese nuestro querido rincón.

 

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