Erase que se era una vez, una niña pequeñita que soñaba con volar. Quería llegar a las nubes, quitarles un pedacito, probar su sabor de azúcar, jugar con ellas, dormir abrazada en sueños de algodón. Eso era lo que soñaba, y con la inocencia propia de su edad, creyó que su sueño podrí­a hacerse realidad. Y buscó la forma más sencilla que le permitiese volar.

Era una niña preciosa, princesa de su papá, que todo le consentí­a. Cuando aquella pequeña niña fue a contarle a su papá sus sueños de volar, él no la contradijo, cualquier cosa que pidiera su pequeña, la cumpliría. Así que la llevó a viajar. Volaron sobre las montañas, sobre océanos inmensos, sobre pueblos pequeñitos, sobre ciudades monstruosas, sobre áridos desiertos y sobre frescos vergeles.

La niña estaba encantada con aquellos viajes que hací­a junto a su padre. Pero aquello no era volar. No el volar que ella quería. Sí, volaba en impresionantes aviones junto a muchas personas más. Volaba en pequeñas avionetas pilotadas por su papá. Volaba hasta en helicópteros que rugían por el cielo. Pero las nubes, sus nubes, no se alcanzaban desde allí­. No se podí­an tocar con las yemas de los dedos. Ella quería volar.

La niña volvió a su padre y le dijo que quería volar. No esos vuelos que habí­an hecho, que ella querí­a más. El padre, tan complaciente, la llevó al parque de atracciones, ahí­ verás lo que es volar. Montaron en millones de atracciones, volaron a mucha velocidad, boca arriba, boca abajo, dando giros sin parar. La niña con su sonrisa y el padre orgulloso a su lado. Fue genial, fue divertido, pero aquello no era volar. Pobre niña chiquitita, que solo querí­a volar.

A su padre le causaba tanta desazón ver a su hija en tal estado de desesperación, al ver que no conseguí­a lograr su sueño, que lo volvió a intentar por última vez. Era su niña, su tesoro, no podí­a fallarla, así­ que un día llegó a casa con un paquete bajo el brazo. Envuelto en papel de hermosos colores, con un lazo gigantesco. Qué sorpresa se llevó la niña, qué alegre abrí­a su regalo con los ojos bien abiertos.

Se iluminó su carita cuando vio lo que dentro habí­a. Pensó que tení­a el mejor papá del mundo, que se desviví­a por ella. Y que, por fin, habí­a encontrado la manera de poder volar. Dentro de aquella cajita, alineadas con perfección, un par de zapatillas de bailarina la esperaban. Rosa claro, casi blanco, eran preciosas. Corrió a probárselas, qué maravilla, ahora sí que sí­, papá, tu niña sí volarí­a.

La niña creció sin remedio, llenaba los escenarios con la luz que ella irradiaba, sobre sus puntas volando. Muy feliz se la veía, había cumplido su sueño, volaba, mientras bailaba, era libre como el viento. Pero de puertas afuera, dentro había sufrimiento, pies heridos, lastimados. No le importaba, pensaba, con tal de seguir volando.

Pierde peso, así no vuelas, le dijeron en la compañía de danza. Y cada vez más ligera, como una pluma de belleza magistral, mostraba su elegancia volando, danzando. Volare, cantaba incauta, volare, cada vez más alto. Y la chica, ya un suspiro, de piel y huesos volando. Volando se fue hasta el cielo, cumplió su sueño, volando.

No estés triste, pobre padre, tu pequeña lo ha logrado. Se ha ido con las estrellas, y con las nubes, volando.

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com