Sobre mi viejo coche, en su dí­a de un color rojo precioso pero que ahora lucí­a un aspecto ajado y desgastado por la intemperie, hace tiempo descubrí­ una pandilla de gatos que lo habí­an elegido como si fuera una confortable cama en la que pasar la noche. La cantidad de gatitos variaba según el día, pero lo normal es que se pudieran encontrar entre cuatro y seis de ellos. Eran de los colores más variados, por lo que deduje que debían pertenecer a varias camadas. Quizá hayan formado una nueva familia, atí­pica, pero unida. O quizá solo se trate de grandes amigos que comparten un dormitorio tan particular. Han sido muchos los días en los que he intentado acercarme a ellos, con la intención de acariciarles, transmitirles mi cariño, intentar un acercamiento a aquella pequeña comunidad que habí­a invadido, sin pedir permiso alguno, mi ya prácticamente inútil medio de transporte.

Pero cada mañana, cuando me acercaba con el platito de leche fresca para ofrecerles, se despertaban con rapidez, se ponían en pie en décimas de segundo y, cuando me querí­a dar cuenta, ya habí­a desaparecido cada uno por un camino distinto, mientras corrí­an como alma que lleva el diablo. Habí­a dí­as en los que ni siquiera los volvía a ver.

Me habí­an hablado muchas veces de la independencia de los mininos, que incluso en ocasiones eran algo ariscos, pero esta pequeña comuna se llevaba la palma. ¿Por qué no me dejaban acercarme a ellos? ¿Acaso no querían mi amistad? Yo, que les habí­a prestado mi coche, que nunca les habí­a puesto ninguna pega, ¿y me lo pagaban así­? Llevábamos meses en contacto, ya deberí­an haberse acostumbrado a mí­, o eso pensaba yo. Esta mañana, por fin, he conseguido acercarme a ellos sin que huyeran por completo. Solo alguno se levantó de su sitio para desplazarse unos centí­metros. Así­ que tuve tiempo para tomarles una fotografí­a que siempre tendré para el recuerdo. Disfrutadla, quizá no se vuelva a repetir.

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com