Cae la noche y la luz de la luna se cuela tímida por la ventana abierta de mi habitación. El sofocante calor del verano también se cuela, pero indiscreto, sin pedir permiso e invadiéndolo todo. Contemplo el espectáculo desde mi enorme cama, enorme desde que te fuiste, antes no parecía tan grande.

Descanso sobre las sábanas de raso sin rastro de ropa sobre mi cuerpo, como a ti te gustaba. Como a ti te gusta. Y el calor que entra a raudales por mi ventana bien lo sabe, nuestro eterno gran voyeur, y me envuelve. Me envuelve como me gustaría que lo estuvieses haciendo tú.

Retozo sobre las sábanas jugueteando con el calor. Las gotas de sudor cubren por completo mi cuerpo. Me pregunto si será el calor o tu recuerdo. ¿Por qué tuviste que irte? ¿Quién sofocará ahora este calor que se ha instalado en mí­? ¿Lo harás tú, de nuevo, como tantas otras veces?

Mis manos se deslizan solas por mi piel humedecida, y de repente estás junto a mí­, y son tus manos las que me acarician, con cariño, con suavidad, con lujuria. Recorren todos y cada uno de mis rincones, de mis pliegues, de mis secretos ocultos. Adoro esas manos grandes y masculinas recorriéndome entera, sin dejar ni un solo hueco sin probar de mí­. Es tu lengua la que ahora ocupa su lugar. Besos profundos y necesitados, que me hacen arquear el cuerpo en busca del brillo de la luna. Tu lengua, sedosa, experta, me recorre entera. Y mi piel no para de sudar, de reflejar el brillo de la luna en un mar de gotas que amenazan por crear una inundación en la habitación.

No puedo evitarlo, el calor me enloquece y mis manos viajan solas abriéndose camino entre mis piernas, deslizándose con fluidez. Mi cuerpo se arquea aún más, ofreciéndole a la luna el más maravilloso de los espectáculos. Pero no son mis manos, lo sé. Eres tú el que se está abriendo camino entre mis piernas, el que se está abriendo camino dentro de mí­.

Hace tanto calor… Mi respiración cada vez es más agitada, más nerviosa, más arrí­tmica. No puedo pronunciar palabra, solo jadeos agolpados uno tras otro, seguidos de gemidos de auténtico placer arrancados de cuajo en esta calurosa noche de verano. El orgasmo me sobreviene sin aviso, fuerte, cálido, explosivo. Y siento el tuyo también, recibiendo en mí más calor del que creí­a haber podido soportar.

Mis gemidos se cuelan por la ventana abierta. Quiero que los escuche la luna, mi fiel testigo. Quiero que los escuche el viento y los acerque hasta ti, se los lleve volando envueltos en los ecos de mi propia pasión hasta que lleguen a tus oídos, para que sepas que esta noche, fuiste mío otra vez, de nuevo.

Vuelvo a la realidad, aliada con la luna y el calor de la noche. Sabiéndote mío, por mucho que intentes alejarte. Y vuelvo a tender mi cuerpo desnudo sobre mis sábanas de satén, esperando a que el calor vuelva a avisarte de que estoy aquí, necesitándote, para hacerte mí­o otra vez.

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com