Desde que Raúl se marchó de mi lado sin apenas dar explicaciones, para irse con una muñequita con la mitad de edad que yo y el doble de piernas, mi vida social se ha paralizado casi por completo. Entendedme bien. No quiere decir que no saliese con mis amigos a tomar un café o cosas así, pero las noches las pasaba todas en casa, en la soledad de mi cama vací­a, lamiendo mis heridas.

Por eso, cuando esta noche mis amigos casi han tenido que arrastrarme para salir a guerrear y he terminado viendo unicornios, he decidido que esta va a ser la última noche, que esto para aquí­. Que ya no tengo edad para hacer estas cosas.

La noche comenzó bien, por fin me estaba animando un poco, después de las primeras copas de vino tomadas durante la cena. ¡Ah!, y me estaba olvidando de las cervecitas previas. No sé cuántas fueron, pero sí­ recuerdo unas cuantas. Así­ que cuando nos fuimos al primer garito de la noche, yo ya iba desinhibida por completo, algo que hací­a mucho, mucho tiempo que no conseguí­a.

Me sentí­a feliz, eufórica, radiante. Bailaba con todos y con todas, siempre con una copa en la mano. No sé cómo llegaban hasta mí­, pero el caso es que allí­ estaban y, claro, no las iba a desaprovechar. Es muy posible que tomase unas diez copas. Creo que empecé con el whisky con Coca-Cola, alguien (¿fue aquel rubito tan guapo?) me invitó a un ron con naranja, varios gin tonics pasaron por mis manos, galantería de una chica guapí­sima que no sé qué esperaba de mí­ (¿es posible que recuerde algunas caricias sutiles, roces durante el baile?).

Ya no recuerdo por la cantidad de sitios que pasamos. Tengo grandes lagunas mentales, pero eso no quita para que pueda decir que, en general, la noche fuese bastante divertida. Sé que me reí­ un montón. Hacía tiempo que no me reí­a de aquella manera.

Llegamos al último garito de la noche (¿o fue de mañana?). Mis amigos seguí­an a un ritmo frenético para mí­, desacostumbrada como estaba a estas escapadas nocturnas. Alguien (mentirí­a si dijese que sé quién fue), me dio de fumar algo que me puso melancólica, recordando tiempos mejores. ¡Horror! ¡Que no me dé por llorar ahora, que no me dé por llorar ahora! Seguí­an bailando, bebiendo, fumando, gritando, divirtiéndose.

Fui al baño (reconozco que tardé una eternidad en llegar, tropezando como iba con todas las personas que allí­ había), envuelta en la música psicodélica y ecléctica de aquel lugar, para refrescarme e intentar volver un poco mi cabeza a su estado habitual de lucidez. Al entrar, supe de inmediato que ya debí­a irme a casa. Frente a mí­ se hallaba… ¿cómo decirlo para que no os riais de mí­? En fin, no hay otra manera de decirlo, frente a mí­ se hallaba ¡un unicornio! ¿Un unicornio en el baño de las chicas? ¡Ay, Rocío, vas fatal! Pero aun en ese estado casi mí­stico en el que me hallaba, la curiosidad pudo más y me acerqué a él. Como no veí­a bien ni medía distancias, me di de bruces con el unicornio de piedra más duro que jamás habí­a visto. ¡Leches! Pero si es real. ¡Esto tengo que contarlo!

Cuando mis amigos me vieron llegar, eufórica, borracha, dando saltos y gritando ¡hay un unicornio en el baño!, decidieron que la noche había sido suficiente para mí. No sé quién fue el alma caritativa que me llevó a casa, me metió en la cama sin molestarse en quitarme los zapatos y me dejó dormirla como un bebé.

Ahora todos se rí­en de mí­ porque veo unicornios a altas horas de la madrugada. Lo que no saben es que me dio tiempo a inmortalizar el momento (vale, la foto no es muy buena, pero es que mi estado tampoco lo era. Suerte que tuve de localizar el móvil en el bolso). Veréis cuando vean la foto colgada en la entrada de mi casa. Incrédulos…

 

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