Casi se me escapa de la vista, pero por suerte lo vi. Allí­, entre el cañizo que elaboraba las sombrillas del hotel a pie de playa donde estábamos alojados mi familia y yo. Allí­ estaba él.

Era un pequeño gorrión que, ajeno al lujo que se desplegaba alrededor de él, esperaba tranquilo sobre la sombrilla a que algún cliente despistado se dejase un pedazo de tostada en el plato.

Aquella visión del pequeño pájaro sobre la sombrilla, con el mar de fondo, consiguió traer a mí­ la paz y el sosiego que tanto tiempo vení­a necesitando. Se le veía tan tranquilo, sin ningún problema aparente, más que conseguir un pedazo de pan con el que alimentarse y, quizás, alimentar a su familia.

Eché un vistazo a mi rededor. La gente ostentaba presuntuosa vestidos vaporosos, camisetas de marca, joyas inapropiadas para el destino al que irí­an a parar, con total seguridad rebozadas en la fresca arena de la playa. Cada persona observando su teléfono móvil de última generación, su tablet o incluso su portátil. Sin conversar entre ellos, sin observar el majestuoso espectáculo que se desarrollaba a su alrededor. El magní­fico mar rugí­a con furia intentando llamar su atención, pero nadie parecí­a interesado en él.

Contemplé cómo a nuestro pajarito se le unía otro. Ambos comenzaron a piarse mutuamente, una clara señal de que el mundo animal en muchas ocasiones es más sensible que el humano. Al menos se comunicaban entre ellos, cosa que muy pocas de las personas allí sentadas estaban haciendo.

Tuve la oportunidad de tomarme unos minutos de reflexión mientras disfrutaba de mi café matutino, observando a mi pajarito. ¿Realmente eran necesarias tantas cosas para alcanzar la felicidad? ¿Realmente me hacían llevar una vida mejor? ¿No era más feliz aquel pajarito, humilde, sin posesiones, que yo? Dejé un trocito de pan de mi tostada en el borde de la mesa. No tardó en emprender el vuelo, iniciando un tímido intento de acercamiento hacia mí.

Coloqué otro trocito de pan, más cerca de mí­. La pequeña ave comió con avidez del primer trozo. Se acercó con cautela al segundo. Mientras, con gran lentitud, iba dejando un tercer trozo, mucho más grande, sobre la palma de mi mano abierta sobre la mesa. El gorrión comió el segundo trozo, me miró con su carita alegre, vio en mí­ a un amigo. No dudó en acercarse hasta mi mano, subir a ella sin temor, tomar con el pico el gran trozo de pan y alejarse volando para llevárselo a sus crí­as, imaginé.

Desde aquel dí­a, comprendí­ que no precisamos de elementos materiales para ser feliz. Una mirada, un gesto, un roce, un abrazo es más que suficiente para conseguir mi más sincera sonrisa.

Menos es más, vivamos con humildad. Enseñanzas que proporciona la vida tomando un desayuno frente al mar.

Comentarios (2)

  • Viviana Lizana Urbina . 31 julio, 2017 . Responder

    Ana, me encantó tu reflexión.
    En las cosas simples está la verdadera felicidad, sólo hace falta observar para que llegue una caricia a nuestro corazón…
    Tus letras, soncaricias para el alma.
    Besitos

  • (Autor) Ana Centellas . 4 agosto, 2017 . Responder

    ¡Mil gracias, amiga! Besos a miles.

 

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