Mi trabajo de chef en uno de los más prestigiosos restaurantes de Madrid, me estaba granjeando una vida que jamás antes hubiese imaginado. Y solo por hacer lo que más me gustaba del mundo.

Todo empezó cuando yo era pequeño. Veía a mi madre en la cocina, rodeada de ollas y de condimentos, y me quedaba absorto mirándola. Era todo un placer para mí ver aquellas preparaciones con mimo, mezclando las especias y las hierbas aromáticas como si se tratase de preparar un hechizo. Incluso recuerdo que en mi más tierna infancia estaba convencido de que mi madre era una bruja, que realizaba unas pócimas y brebajes riquísimos, además de hechizarme para que me quedase embobado mirándola.

Cuando comencé a ir a la escuela, me privaron de aquel privilegio. Odiaba la escuela y era malísimo en clase y en todas las asignaturas, a la espera de que alguien dijese que no valí­a para estudiar y me echasen de allí­. El caso es que yo estaba bastante interesado en lo que se estudiaba en la escuela y lo sabí­a todo al dedillo. Podrí­a haber sacado unas notas excelentes, pero hací­a mal los exámenes adrede para que me expulsasen, cosa que nunca ocurrió. Al contrario, solo me sirvió para que mis años de escuela se alargasen más de lo debido, a causa de que fueron varios los cursos que tuve que repetir.

Cuando por fin terminé con aquel calvario, a pesar de que mis padres querí­an que estudiase una profesión con futuro o una carrera universitaria, yo siempre me negué en redondo. Tenía muy claro a lo que querí­a dedicar mi vida y no iba a consentir que nadie se interpusiese en mis planes.

No fue fácil, tuve que realizar infinidad de trabajos que no me gustaban, mal pagados y duros, para poder lograr mi sueño. Fui repartidor de pizzas, mozo de almacén, reponedor en un supermercado, peón de albañil, repartidor de publicidad por los buzones, barrendero… Todo ello para conseguir el dinero suficiente para poder entrar en la Escuela de Hostelerí­a que mis padres no me podían costear. A partir de ahí, todo fue coser y cantar.

En la escuela pronto se dieron cuenta de mi talento innato para la cocina. Pronto me formé en alta cocina, además de tener un don para la reposterí­a que sorprendí­a mucho allí­ dentro. Así­ que yo preparaba los mejores platos, con las mejores presentaciones, los mejores postres y horneaba deliciosos y delicados bollitos. De ahí que en muy poco tiempo pasase a ser ayudante de un prestigioso chef.

Aquella era una oportunidad de oro para mí porque, aunque el salario no era muy bueno, la verdad, me daba la oportunidad de darme a conocer y de tener un padrino de altura. En poco tiempo, movidos por mi fama, contactaron conmigo desde la televisión y me ofrecieron la posibilidad de realizar un programa culinario. Por supuesto, les dije que sí, cuanta más visibilidad tuviese, mejor que mejor. Lo único que lo adapté un poco a mi estilo de cocinar y, lo que en principio iba a tratarse de un programa de cocina de andar por casa, se transformó en un programa de alta cocina. Se batieron los récords de audiencia.

A partir de mi experiencia televisiva, fueron varios los restaurantes de prestigio que se pusieron en contacto conmigo para que trabajase con ellos. Debo decir que me sentí­ muy halagado y que aquello era un gran honor para mí­, pero lo cierto es que el programa de televisión me proporcionó el dinero suficiente para lanzarme a mi aventura culinaria, y yo nunca he sido de desperdiciar una oportunidad de oro.

Así­ que, cuando inmediatamente después del cierre del programa de cocina, se conoció que el gran Chef Adolfo Martí­nez iba a abrir su propio restaurante, la noticia corrió como la pólvora. Antes incluso de abrirlo, tenía ya varios meses de reservas completos. Escogí­ un local moderno, de tamaño medio, en pleno centro de Madrid. En apenas dos meses, ya estaba en funcionamiento. Una placa en la puerta indicaba que se abrí­a en honor a mi madre, la que siempre andaba entre fogones. Siempre estaba lleno y yo me sentía como en mi propia casa, manejándome con mi propia cocina y mis eternas especias.

Cuando conseguí­ las dos estrellas Michelí­n, mi nivel adquisitivo ya habí­a llegado a cotas desorbitadas. Fue entonces cuando decidí contratar un par de ayudantes a los que enseñar mis técnicas. Fueron rápidos aprendiendo, tengo buen ojo con la gente, y además yo les ofrecí­a un salario que no se encontraba en ningún otro restaurante del nivel.

Ahora, con mi restaurante funcionando a pleno rendimiento, con dos grandes chefs de confianza a su cargo, por fin, puedo dedicarme a lo que realmente me gusta, al que siempre ha sido mi sueño en la vida. Encerrarme entre los fogones de mi casa y elaborar esos exquisitos platos para mi familia.

Por cierto, si os pasáis por mi restaurante, os recomiendo las alcachofas guisadas con piñones y queso de cabra. Están de muerte, os lo juro. Además, os reto a adivinar las especias que, por supuesto, he incluido en su preparación.

Comentarios (2)

  • Zamoranita . 24 julio, 2017 . Responder

    Dónde está ese restaurante? Tendré que ahorrar para ir a comer esas alcachofas, pero ahora no es tiempo de alcachofas no?

  • (Autor) Ana Centellas . 30 julio, 2017 . Responder

    Pues, si te digo la verdad, no sé si ahora será tiempo de alcachofas, pero a mí me apetecían jajajaja.

 

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