Hola a todos. Mi nombre es Samantha y trabajo en el negocio del sexo. No me prostituyo ni nada de eso, no lo entendáis por ahí­, yo me dedico al sexo telefónico. Llevo varios años ya con este trabajo y la verdad es que cada día que pasa me gusta más. Y sí­, lo confieso, soy adicta al sexo.

Creo que la gente tiene una imagen del sexo telefónico, menos los señores que me llaman, obviamente, de que somos personas normales vestidas de manera normal, que se deshacen en satisfacer las fantasías del desesperado de turno. En mi caso no es así­. Me encanta mi trabajo y todos los días sigo un elaborado ritual antes de ponerme en línea. Cepillo mi pelo cuidadosamente y lo recojo de manera informal, para luego poder soltarlo en el momento propicio. Me maquillo sensualmente y me visto con eróticos conjuntos de lencería. Ya sé que nadie me va a ver, pero yo necesito hacerlo así­, porque así­ yo también lo disfruto. Y mi objetivo es, precisamente, disfrutar.

He tenido todo tipo de clientes. De los más variados. Incluso algunos que llamaban todos los días. Por eso mi premisa fundamental en mi trabajo siempre ha sido “prohibido enamorarse”. En mis comienzos me ocurrió con una persona que, evidentemente, tenía una vida propia con familia fuera de nuestros encuentros telefónicos esporádicos, y no quiero volver a sufrir por algo así­. Es mi trabajo. Punto. Y lo adoro.

Nada más descolgar una llamada, mi voz se erotiza y de inmediato me pongo cachonda, porque sé lo que va a venir a continuación. Me encanta que me pregunten cómo estoy vestida, e ir describiendo paso a paso mi vestuario a medida que me lo voy quitando. A esas alturas, desprovista ya de ropa, mi sexo se ha humedecido por completo. Estoy lista para jugar. Yo no tengo que fingir jadeos, salen espontáneamente mientras deslizo el tanga por mis piernas, por ejemplo.

Los clientes que más me gustan son los que me dejan libertad de actuación. En esos momentos disfruto plenamente describiendo lo que estoy haciendo, porque lo estoy haciendo de verdad. Una mano caprichosa que agarra un pecho y lo acaricia, otra más juguetona que se adentra en mis partes más í­ntimas. Mis dedos se deslizan con fluidez mientras jadeo al contarle a mi cliente lo que estoy  haciendo en ese preciso instante. Me encanta también oír sus jadeos al otro lado de la línea telefónica. Me ponen aún  más cachonda si cabe. Cuando mis dedos se introducen en mi vagina, ya no puedo parar. Ya no atiendo la llamada, solo dejo escuchar mis gemidos, mis jadeos, mis sonidos más í­ntimos. Algunos clientes me dedican palabras groseras que solo consiguen que me excite aún más. Estallo en furiosos orgasmos que me dejan agotada. Durante varias veces al día.

La cuestión es que desde hace un tiempo, el sexo telefónico no calma mis ansias de placer. En mi círculo de amistades no conocen a qué me dedico exactamente, siempre digo que soy telefonista, y no tengo pareja, así­ que cuando salimos siempre intento volver con algún compañero a la cama. Pero ahora no puedo esperar. Por ejemplo, pido una pizza para atender al repartidor de manera demasiado sugerente y terminar echando un polvo rápido en la mesa de la cocina, para mitigar mi calor. Igual puede ser el cartero que me trae una carta certificada, o el señor que viene vendiendo biblias, todos caen bajo mi influjo. Termino practicando sexo con todo desconocido que llegue hasta mi puerta.

Igual he comenzado a follar con desconocidos con los que quedo a través de un portal de internet. Quedamos, follamos una, dos, tres veces, y si te he visto no me acuerdo. Ahora me ha entrado la paranoia de que eso puede ser peligroso para mí­, porque realmente son desconocidos por completo. Quizá un dí­a me tope con un maniático que acabe con mi vida por un momento de placer.

Por eso estoy aquí­, contando mi historia. Por eso pido vuestra ayuda. Soy Samantha y soy adicta al sexo.

-¡Hola, Samantha! -corea a mi alrededor el grupo de desconocidos que, como yo, tienen esta adicción.

Es un grupo de autoayuda. Ninguno se imagina que mi intención allí­ no es otra que poder encontrar más personas con las que poder satisfacer mi fuego. Hombres o mujeres, la verdad es que no tengo preferencias.

Comentarios (2)

  • Sol . 13 julio, 2017 . Responder

    Me gusta tu historia.

    • (Autor) Ana Centellas . 17 julio, 2017 . Responder

      ¡Me alegro! ¡Gracias!

 

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