Los recuerdos que tengo de mi abuela son escasos. Demasiado escasos. Era yo muy pequeñita cuando falleció, un cáncer fulminante se la llevó mucho tiempo antes del esperado. Recuerdo dolor, mucho dolor.

Recuerdo que mi abuela vivía en un quinto sin ascensor. A veces, mi padre me subía las escaleras a caballito, ¡qué bien me lo pasaba! Lo malo era cuando me tocaba subir andando. Mis pequeñas piernas apenas podían subir los escalones con comodidad.

Mi abuelita era regordeta. Yo, en mi cerebro infantil, pensaba en cómo se las apañaría para subir todos aquellos cientos, miles de escalones cada día. Pero ella estaba llena de vida. Con el pelo por completo blanco, siempre dibujaba una sonrisa en su rostro surcado de arrugas en cuanto me veía. Se agachaba un poco, porque tampoco era muy alta, y extendía los gruesos brazos hacia mí. A mí el cansancio de la escalera se me esfumaba al momento. La quería mucho. Y ella me estrujaba hasta dejarme sin aliento. Y los besos que daba…

El mayor recuerdo que tengo de la casa de mi abuela era una enorme caracola que siempre tenía encima de la televisión. A mí me llamaba mucho la atención y, como ella bien lo sabía, me la acercaba y con voz suave me decía:

—Si te la pones al oído, podrás oír el mar.

Yo ni siquiera sabía lo que era el mar, pero igual me colocaba la caracola en el oído para no desilusionarla. Jamás llegué a escuchar nada, pero siempre respondía que sí cuando me preguntaba si lo había escuchado.

Comencé a sospechar que algo raro pasaba cuando mis padres comenzaron a hablar a escondidas de mí acerca de la abuelita. Pero yo era curiosa por naturaleza, supongo que como cualquier infante de mi edad. Solo escuché la palabra cáncer y a mi madre llorar con desolación. Jamás pregunté, jamás me contaron.  Dos meses más tarde, mis padres se ausentaron durante dos días y jamás volví a ver a la abuelita. Ni volví a subir a aquel quinto piso. Ni a ver la caracola que tenía sobre la televisión, la que dejaba escuchar un mar que no se oía.

Han pasado cuarenta años desde entonces. Divorciada y sin hijos, he encontrado en mi propia soledad un refugio infinito para la cura de mi enfermedad, el cáncer de mama. Busqué una pequeña casa en la playa con jardín en la que pasar los que yo pensé que serían mis últimos días. Me cerré a nuevas amistades a las que causarles dolor.

Las sesiones de quimioterapia tenían un efecto devastador sobre mí. Efecto que solo se calmaba dando largos paseos por la playa al anochecer. La calma del mar en la orilla, el sol escondiéndose en el horizonte, la arena mojada bajo mis pies descalzos, las pequeñas olas que llegaban a mojar mis piernas, todo contribuía a que los efectos de la quimio se suavizaran algo. Solía acariciar el pañuelo que ocultaba mi cabeza ausente de pelo. Y me había rendido a la evidencia.

Uno de esos anocheceres, durante mi habitual paseo por la playa, el mar arrojó a mis pies una caracola exacta a la de mis recuerdos de infancia. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al cogerla con suavidad entre mis manos. Sentí la energía de la abuela llenarme de la cabeza a los pies. Y, como por arte de magia, sentí que todo iba a ir bien. Que mi querida abuela estaba conmigo, dándome fuerza. Que el maldito cáncer no podría conmigo.

Desde entonces, la caracola ocupa un lugar de honor en mi pequeña casa de la playa, siempre llena de amigos que me acompañan e iluminan mis días, una vez superada la maldita enfermedad. Y mi abuela me acompaña a cada segundo.

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com