Llevaba un buen rato contemplándolas desde la distancia, protegido por un gran roble que había en el centro del parque. Allí estaban, todas ellas, formando un círculo. Desde mi privilegiada posición de poder ver sin ser visto, podía apreciar la energía que circulaba entre ellas.

No eran muchas, apenas serían unas diez mujeres las que completaban el círculo. Me sorprendió la variedad de edades, razas y estilos que se habían encontrado en aquel pequeño grupo. Unidas de las manos, cantaban con tranquilidad, al son del pandero que marcaba el ritmo. Cantaban, danzaban, descalzas sobre la fresca hierba del parque al anochecer. Me sentía hipnotizado por ellas. Por un lado, me sentía culpable por estar observándolas de esa manera, escondido como un cobarde. Hacía que me sintiese como un mirón o como si estuviese robándoles la intimidad. Pero, por otro lado, algún tipo de magnetismo me impedía dejar de hacerlo, así que allí pasé gran parte del anochecer.

Era hermoso oír aquellos cantos de mujeres femeninas, aquellas bellas y delicadas danzas alrededor del mandala que habían colocado en el centro. Era hermoso verlas tomarse de las manos, darse abrazos, hablar entre ellas.

Comenzaron a hacer una serie de rituales alrededor del fuego que, simbólicamente, habían colocado en el centro de la gran sábana. Rituales que fueron pasando, poco a poco y con gran facilidad, a los restantes elementos: agua, aire, tierra. A medida que realizaban sus rituales, siempre con sus cantos, podía observarse desde la distancia cómo la energía iba creciendo entre ellas. Se las veía poderosas, felices, irradiaban luz a su alrededor. Y yo continuaba incapaz de dejar mi lugar escondido tras el árbol.

Aquello era lo más parecido a un aquelarre que había podido contemplar en mi vida, pero un aquelarre de brujitas buenas, que desbordaban bondad para consigo mismas por todos los poros. Aquellos pies descalzos seguían girando y danzando, y su voces cada vez se hacían más fuertes y poderosas, alcanzando una energía que jamás pudiese haber imaginado.

El círculo no se rompía en ningún momento. La magia no salía de allí. No llegaba hasta mí y, por unos instantes, sentí envidia de aquel grupo de mujeres, de no poder participar de todos aquellos rituales que les estaban fortaleciendo de aquella manera.

Terminaron con los rituales de una manera serena y comenzaron a recoger todo aquel despliegue que habían organizado. Por aquel entonces ya era noche cerrada. Seguramente, mi propia mujer estaría esperándome en casa, quizá preocupada por no saber dónde diablos me habría metido a aquellas horas. Sabía que debía salir de mi escondrijo para marcharme a casa, pero el influjo se mantenía sobre mí.

Pude contemplar cómo, tras recogerlo todo, cada una de ellas comenzó a sacar los alimentos que había llevado, organizando una improvisada cena en el mismo claro del parque, en el que todavía perduraba la magia. Las podía oír reír, compartir, hablar entre ellas, entre todas, sin distinciones, sin prejuicios ni separaciones. Llamaba la atención la unidad que había entre ellas.

Recogieron todos los desperdicios en una bolsa que arrojaron a una papelera cercana y, poco a poco, fueron alejándose del lugar, sin dejar ningún resto de su paso por allí. Todavía permanecí escondido detrás del gran roble unos minutos más, hasta que conseguí salir de allí. Pasito a pasito me fui acercando al lugar donde se habían reunido ellas, pero cuando llegué a él, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era evidente que todavía permanecía en el lugar la magia que habían generado y que yo no era bienvenido allí.

Así que, solitario, cabizbajo y apenado por su desaparición, retomé mi camino hacia casa. Al llegar, le pregunté a mi mujer acerca de los círculos de mujeres y la energía que generan. “Eso son tonterías de otras épocas”, me respondió. Era evidente que no tenía ni idea. Quizá por eso ella estaba siempre tan amargada.

 

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