Llegué a aquel pequeño pueblo costero por casualidad, como quien llega al lugar que le estaba predestinado mucho antes de que tuviera constancia de ellos. Llegué huyendo de un pasado cruel, con una necesidad imperiosa de soledad. Lo que menos quería en aquellos momentos era mantener cualquier tipo de contacto con la gente.

Caminé durante largos días desde mi ciudad, recorriendo caminos poco o nada transitados. En ocasiones, atravesaba a través de los grandes campos de cereales, bajo un sol abrasador, sintiendo a cada paso que daba cómo mi dolor se iba aligerando poco a poco, de una manera demasiado lenta, demasiado cruel.

Cuando llegué a la zona costera, algo en mi interior sintió que mi sitio, ese que tanto tiempo llevaba buscando, se encontraba allí. Solo me quedaba encontrar el lugar adecuado. Aquel que me permitiese disfrutar de mi soledad y, al mismo tiempo, ganarme la vida de una manera honrada, muy diferente de lo que había venido haciendo hasta el momento.

Un día, de madrugada, llegué a aquel pequeño pueblecito. No se encontraba exactamente en la costa, pero había un determinado lugar que fue el que me hizo enamorarme de aquel sitio y decidir hacerlo mío. Un pequeño faro, alejado a varios kilómetros del pueblo, lanzaba su luz en calmantes ráfagas. Me senté a una distancia prudencial, dejando que la luz del faro me acunara, mientras me iba adormeciendo.

Desperté con un tenue rayo de sol que incidía directamente sobre mí. En un primer momento me quedé boquiabierta, por completo anonadada. Delante de mí se erguía, majestuoso, aquel pequeño faro que ya había dejado de emitir su luz. Tras él, imponente, el mar bravío arrojaba olas furiosas contra su costado. Sin tan siquiera pensarlo, me dirigí hacia él.

La puerta estaba abierta, así que lo interpreté como una invitación a entrar. Apenas cuatro tramos de maltrechas escaleras llevaban a lo alto del faro. Tenía pinta de haber estado habitado, pero abandonado desde hacía no mucho tiempo. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo. Allí había todo lo necesario para que una persona pudiese vivir de una manera cómoda. Y las vistas desde aquella altura, aunque no fuese demasiada, eran impresionantes. Desde su frente se podía contemplar el mar, o el océano, por la fuerza con que las olas se acercaban. Desde que comencé mi escapada, sin rumbo fijo y evitando las poblaciones, no tenía la menor idea de dónde podía encontrarme.

Decidí que aquel iba a ser mi lugar. No tengo precisión acerca de las horas que puede pasar contemplando el mar desde aquel privilegiado lugar. Cuando comencé a sentir hambre y, tras comprobar que las provisiones de mi mochila se habían terminado, comprendí con un suspiro que debía acercarme al pueblo. ¿Para qué? Para conseguir comida, lo primero, y para obtener información de aquel mágico lugar, lo segundo.

Me dirigí con mi mochila hacia la única taberna que, al parecer, había en aquel pequeño pueblo. Otra grata sorpresa fue la que me llevé aquel día, pues no esperaba la hospitalidad con la que me recibieron. En la taberna me ofrecieron de comer sin esperar nada a cambio y, en menos de dos horas, ya tenía el título de farera oficial del pueblo. El antiguo farero había fallecido hacía unos meses y nadie en el pueblo había querido desempeñar aquel trabajo, tan alejado de la civilización, y que para mí resultó ser perfecto.

Aquellas buenas gentes me ofrecieron su ayuda, su hospitalidad, me arroparon con su cariño sin preguntas, sin cuestionar de dónde venía o por qué me encontraba en aquella situación. De esta manera, mis heridas sanaron y me integré en el pueblo como una más, como si hubiese pertenecido desde siempre a aquella pequeña comunidad.

Disfruto de las vistas desde mi pequeño faro, tengo mis momentos de soledad tan necesarios para mí y he encontrado un acogimiento que no sabía se podía recibir. Entre tanto, incluso el amor ha llamado a la puerta de mi pequeño refugio y dentro de mi pequeña barriga crece el fruto de ese amor, que dentro de poco podrá disfrutar, como yo, del maravilloso mundo que se ve desde el faro.

Comentarios (2)

  • J.Maseda . 18 junio, 2017 . Responder

    Conozco la serenidad y la calma que transmiten los faros, en mi casa tengo uno muy cerca, es algo maravilloso. Preciosa historia.

  • (Autor) Ana Centellas . 25 junio, 2017 . Responder

    Me alegro de que te haya gustado. Yo no tengo esa suerte… ¡menos mal que para eso tenemos la imaginación! Un besazo

 

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