Lo último que recuerdo es que perdí el conocimiento. Fueron solo unos instantes, apenas unos segundos, en que mi consciencia fue desapareciendo hasta dejarme sumida en un cálido sueño. La relajación era total.

Abrí los ojos apenas unos momentos después y no recordaba nada. Ni mi nombre, ni dónde estaba, nada. Lo único que podía ver era una bruma densa y calurosa. Calor, mucho calor. Sí, hacía muchísimo calor. Las gotas de sudor resbalaban por mi cuerpo presurosas, recorriéndome entera. Caían desde mi frente, para deslizarse entre mis pechos y perderse en los confines más bajos de mi biquini. Mi respiración era jadeante.

Un agradable aroma reinaba en aquel lugar. Diría que era eucalipto, como si quisiese dar un toque de frescura a todo aquel calor, a aquel vapor que lo cubría todo y me impedía ver más allá de mis propias piernas. Estaba tumbada en una especie de banco de piedra y, aparentemente, no había nadie más conmigo. Me incorporé y me quedé sentada, en posición de indio, intentando averiguar dónde me encontraba.

Un sonido a mi derecha me hizo saber que no estaba sola en aquel lugar. En el fondo sentí un gran alivio, pero también sentí una mezcla de ansiedad y desconfianza. No sabía quién se encontraba allí conmigo. No tardé mucho en descubrirlo, pues una persona se levantó de su lugar y vino caminando perezosamente hacia mí. Era un chico que yo no conocía de nada, pero que se acercó hasta sentarse peligrosamente cercano a mí.

—Menos mal, creí que no despertarías, estaba a punto de avisar. Mucha gente entra aquí sin saber los riesgos que tiene, una caída de tensión podría haber sido mortal. Pero, por suerte, ya has despertado. —me cuasi susurró al oído con una voz poderosamente masculina— ,y veo que estás bien, muy, muy bien.

Dios, su voz sonaba tan increíblemente erótica que en ese instante no supe ni reaccionar. Las gotas de sudor seguían deslizándose de manera continua por mi cuerpo, pero había otra parte de mi anatomía que se había humedecido mucho más con aquellos susurros. Era perfecto, vestido únicamente con un slip negro, estaba tan sudoroso como yo. Un impulso me llevó a acariciar sus marcados abdominales. Él, en correspondencia, acarició cuidadosamente uno de mis pechos con el dorso de su mano, para retirar parte del sudor que allí se acumulaba, adentrándose algo más de lo permitido en el sujetador de mi biquini.

Ante aquel gesto, mis jadeos aumentaron e incliné mi cabeza hacia atrás, en un claro gesto de ofrecimiento que él no tuvo dudas en interpretar. Ya desnudos los dos, nuestros cuerpos resbalaban por las gotas de sudor que nos impregnaban a ambos. Su erección era muy poderosa y mi sexo estaba más que lubricado. Me senté sobre él y me acoplé a su cuerpo.

Durante minutos solo se escucharon nuestros jadeos dentro de aquella bruma vaporosa con olor a eucalipto. Recuerdo estallar en el mayor orgasmo de mi vida, con un completo desconocido en un lugar que ni siquiera sabía cuál era. Pero era feliz, dichosa, el placer me colmaba.

Cuando abrí los ojos, me encontré en los brazos de aquel chico, cuyo nombre ni siquiera conocía. Me sostenía con cara de preocupación, mientras me sacaba al exterior de aquel lugar brumoso.

—Menudo susto me has dado — , me dijo—. Ha sido tremendo. Estabas sentada y de pronto te has desmayado sobre el asiento de piedra. Tendrás que revisar que no tengas un buen chichón. Te he sacado lo antes posible, menos mal que te veo despierta.

—¿Qué… qué ha pasado? —, pregunté con timidez.

—Te habrá dado una bajada de tensión mientras estábamos en el baño turco. No sé cuánto tiempo llevarías allí, porque cuando yo entré ya estabas. Has tenido suerte de no haber estado sola cuando ocurrió.

Le agradecí su atención, y fue entonces cuando sentí la sensación de deseo no satisfecho. ¿Qué podía hacer ahora? Con mucha discreción, me dirigí hacia el baño. Dicen que la tensión sexual no resuelta puede tener consecuencias fatales para la salud. Y yo siempre he sido una chica muy, muy sana.

 

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