El comandante Díez descansaba por fin en su sofisticado sillón. La visión que tenía delante de sus ojos era digna de guardar en la retina para toda la vida. Millones de estrellas y un espacio infinito. Sabía que aceptar aquella misión tenía grandes riesgos, pero solo por aquello merecía la pena. Cerró los ojos durante unos instantes, paladeando el exquisito silencio del que disfrutaba en la cabina de mandos. Al fin solo. Llevaba días esperando aquel momento.

Poco le duró la tranquilidad al comandante, pues en unos segundos una voz grave se abrió paso a través del intercomunicador con el resto de naves, que habían salido para llevar a cabo por fin la misión que les había llevado hasta allí. Habían abandonado la Tierra hacía ya tres meses y se encontraban en la Galaxia Tercera, donde los grandes científicos, cansados ya de las investigaciones sobre la Vía Láctea, habían hallado indicios de vida inteligente.

Les quedó claro al poco tiempo de llegar que aquello no iba a ser una misión sencilla, como en un principio habían podido esperar. Efectivamente, encontraron el planeta Nu, habitado por unos extraños seres humanoides con una tecnología extremadamente avanzada en relación con la nuestra. Fueron varios los intentos de contactar con ellos para organizar una cooperación pacífica entre ambos planetas, pero pronto se dieron cuenta de que aquello era una misión, no difícil, sino imposible.

La voz grave del teniente Gordito resonó alto y claro dentro de la cabina:

—Nave Nodriza XX, aquí la nave Orión solicitando comunicación.

Díez sonrió. Gordito siempre tan protocolario. Sabía que desde la Tierra podrían tener identificada su posición, pero no escuchar sus conversaciones. Eran amigos, nunca había entendido por qué mantenía el respeto y el protocolo de manera tan rigurosa.

—Dime, Gordito —, respondió el comandante Díez, ahogando un bostezo.

—Nave Nodriza XX, la flota ya está ubicada en las coordenadas indicadas. Solicitamos permiso para el lanzamiento de los misiles JK-XXI contra el planeta Alfa-Beta, dado el carácter marcadamente hostil de su población.

—Joder, Gordito. No sé por qué te empeñas en utilizar ese lenguaje. Creo que ya hay confianza entre nosotros. En cuanto a la posición de la flota, ya la tengo controlada desde la pantalla. Y no me tienes que pedir permiso, es para lo que hemos llegado hasta allí —. Replicó Díez con sorna.

—Por favor, comandante Díez, solicitamos permiso para el lanzamiento de los misiles contra el planeta Alfa-Beta, según lo previsto.

—Adelante, Gordito. Procedan al lanzamiento.

Desde su pantalla de última tecnología, vio como las estelas que dejaban los misiles llegaban a su objetivo y este estallaba en pedazos. Fue un gran error no tener en cuenta un imprevisto como aquel pero, por suerte, ninguna de sus naves había sufrido daño alguno.

—Regresen a la nave —. Fue la última comunicación que tuvo Díez con su tropa. Parece que nadie le oyó.

De pronto, una suave voz femenina se adentró en la cabina. Díez pensó que deliraba. Aquello no había pasado nunca. Prestó atención a aquel nuevo acontecimiento.

—Comandante Díez —,comenzó aquella voz tan cariñosa y familiar—, ¿qué desea para comer, macarrones o ensaladilla?

¿Qué? Aquello era nuevo. Llevaban tres meses comiendo aquella asquerosa comida enlatada que ni siquiera era comida y, de repente, aparecía en la nave una cocinera que le ofrecía hasta el menú. Titubeó durante unos instantes, por completo descolocado.

—Ma…ma…macarrones—. Logró decir.

—De acuerdo, comandante Díez.

Díez se quedó tan sorprendido que se olvidó por completo de sus naves e hizo caso omiso a las innumerables ocasiones en las que el teniente Gordito se puso en contacto con él:

—Comandante Díez, Comandante Díez, aquí el teniente Gordito. La misión se ha realizado con éxito. Solicitamos su permiso para volver a la Nave Nodriza XX.

Sí claro, y que se comiesen los macarrones, aquella panda de hambrientos descerebrados.

—Gordito, mantengan un tiempo sus posiciones para comprobar que todo está bien—. Y cortó la comunicación.

Aún seguía dándole vueltas a la cabeza, cuando aquella voz femenina volvió a resonar dentro de la cabina. Creía que no había transcurrido mucho tiempo, pero tampoco lo podía asegurar.

—Comandante Díez, puede venir a la cocina, sus macarrones están servidos.

¿Cocina? ¡De pronto recordó!

—¡Ya voy mamá! —, respondió con una enorme sonrisa Díez y levantándose de un salto.

En el suelo de su habitación, quedaron abandonadas la Nave Nodriza XX y el resto de naves. La misión había terminado.

Golpes: Semana #20

 

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