Siempre te recordaré así, con tu vestido negro y tus zapatitos rojos, con tacón interminable. Con tus besos con sabor a fuego y el infierno en la mirada. Me hechizaste con tus ojos endiablados y me dejé caer bajo tu hechizo como si fuera un muñeco sin fuerza de voluntad.

Siempre te recordaré aquí, al lado de mi cama deslizando el inservible vestido por tus caderas, prominentes, curvadas, llamativas, otro infierno para mí. Y recordaré tu cuerpo sudando fuego y el mío destilando amor en cada gota que recorría mi piel para juntarse con la tuya.

Siempre te recordaré al despertar, completamente desnuda, abrazando mi piel mientras los rayos de sol que se colaban por el balcón abrazaban la tuya, dándote calor, mientras tú me lo dabas a mí. Igual que siempre recordaré tus palabras de amor, tus promesas de futuro, que yo creí como un estúpido, ciego como estaba por toda tú. Ante ti me sentía como frente a un gran eclipse, que me impedía ver el sol, mientras yo vivía entre las tinieblas de la soledad que dejabas cada vez que regresabas con prisas a ese hogar donde te esperaba él.

Siempre te recordaré, aunque rompieses tus promesas antes de romper mi frágil corazón. Te fuiste con él, cómo no, si lo tenía todo. Todo lo que yo no te podía ofrecer, esa estabilidad económica con la que siempre habías soñado, esa posibilidad de promoción social que jamás comprendí. Esos debían ser tus valores, dado que la fidelidad, la honestidad y la honradez desde luego que no lo eran.

Y a pesar de ello, a pesar de la distancia que interpusiste entre los dos, a pesar de todo, yo sigo recordándote, con tu vestido negro y tus zapatitos rojos, con tacón interminable. Con tus besos sabor a fuego y el infierno en la mirada. Porque caí bajo tu hechizo y no me diste el antídoto contra ti.

Aquí quedé yo, condenado a recordarte, superviviendo cada día como me es posible, buscándote en cada mirada, en cada zapatito rojo que veo por la calle, con el corazón hecho pedazos, imposible de reparar.

Siempre te recordaré…

 

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