Dicen que todo el mundo tiene un doble en alguna parte. ¿Os habéis preguntado alguna vez qué haríais si lo tuvieseis delante? Yo nunca he creído en esas cosas, siempre he sido un tanto escéptica. Creo que es del todo imposible ser exactamente igual a otra persona, físicamente, que además coincida contigo en edad.

La cuestión es que yo, que siempre he negado tal afirmación, hace unos días me encontré con mi doble. Sí, sí, como lo oís, bueno, como lo leéis. Estaba en mi descanso diario en el trabajo a la hora de comer. En muchas ocasiones suelo aprovechar el tiempo que me sobra de la comida para dar una vuelta por mi librería favorita, a tan solo un par de manzanas de la oficina.

Fue nada más entrar cuando ocurrió. Me dirigí al estante que está situado más a la izquierda y, de repente, me encontré con mi propia imagen como reflejada en un espejo. Solo que en aquel lugar no había espejo alguno. Era como tener delante de mí a mi alma gemela.

Las dos nos quedamos por completo paralizadas. Misma edad, misma cara, mismo corte de pelo e ¡incluso misma ropa! Y era evidente que compartíamos pasión por los libros, a juzgar por el lugar donde nos habíamos encontrado. Por algún capricho del destino, las dos fuimos a la vez a coger el mismo volumen de la estantería. La descarga que sentimos cuando nuestras manos se juntaron fue demasiado intensa, provocando que las separásemos en seguida.

Y en esa situación vino lo verdaderamente gracioso, porque lo cierto era que sí era como si nos encontrásemos frente a un espejo. Yo lancé mi mano izquierda hacia la estantería, mientras que mi doble lo hizo con la derecha. Yo llevaba el bolso colgado sobre el hombro derecho, mientras que mi doble llevaba, el mismo bolso, sí, pero colgado del hombro izquierdo. Se me ocurrió guiñarle un ojo y ella hizo el mismo gesto, pero con el ojo contrario. La sincronización entre nosotras era perfecta, al mismo tiempo que la simetría.

Pero, como se suele decir, no todo el monte es orégano. Yo, que en un segundo me he montado una película completa con créditos y todo, ya creía haber encontrado a mi alma gemela, a la hermana que nunca tuve, y ya me imaginaba compartiendo prácticamente todo con ella. Pero entonces entró en escena el elemento diferenciador, aquello que poseía mi doble pero yo no. Un chico alto, elegante, con visos de tener una buena posición económica, se acercó a nosotros. Por un momento se quedó paralizado, al igual que nos había pasado a nosotras cuando nos vimos. Pero entonces, sin vacilar ni un solo segundo, tomó a mi doble por la cintura y le preguntó:

—Clara, ¿todo bien?

—Sí, cariño. —le contestó ella.— Podemos irnos. El libro que estaba buscando ya lo ha cogido esta señorita.

Y, sin más, vi cómo salían por la puerta de la librería, abrazados, mientras Clara se giraba de vez en cuando para echarme una ojeada. Yo me quedé por completo inmóvil, en silencio, viéndoles alejarse, sin perderles de vista hasta que desaparecieron tras una esquina. Una vez más, mi miedo me había dejado paralizada y no había impedido que aquella chica, que era yo misma, se marchase. Con total probabilidad, había perdido una oportunidad de oro.

No en pocas ocasiones volví en vano a la librería, esperando volver a encontrarme con mi doble. Pero nunca más ocurrió. El único consuelo que me queda es el libro que compré aquel día, aquel que las dos fuimos a coger al mismo tiempo. Algo ocurrió durante el chispazo que sufrieron nuestras manos al unirse porque, al llegar a casa y abrirlo, encontré escrito a mano en la primera página, a modo de dedicatoria:

“Hola, Clara.

             No te preocupes. Volveremos a encontrarnos. Aún tienes que prestarme este libro.

             Con cariño,

             Clara.”

Qué casualidad, ¿no creéis? ¿O quizá no?

Golpes: Semana #14

 

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