Estaba en mi casa, en mi casa de la playa. Pasaba allí todas las vacaciones de verano mientras mi padre se quedaba en Madrid trabajando. Y allí estábamos siempre solos mi madre y yo, hasta que llegaba mi padre durante el mes de agosto. Era el último día de julio y al día siguiente llegaría mi padre. Yo ya sabía que no sería lo mismo. Durante ese mes de julio que pasábamos mi madre y yo solos, teníamos una conexión muy especial que a mí me encantaba.

Durante el día yo bajaba a la playa con mis amigos, a nadar y a tomar el sol. Nos pasábamos el día en la playa o correteando por el pueblo. Jamás miraba el reloj. Pero las noches eran nuestras. Siempre las pasábamos juntos. Y a mi madre le encantaba contarme historias. Yo nunca supe hasta qué punto eran creíbles las historias que me contaba, pero sí sabía que había una en concreto que me contaba todos los días y que tenía mucho que ver conmigo. De alguna manera, lo sabía. La historia trataba de un chico que iba a la montaña a medianoche para ver a su estrella favorita “Domos”, que solo se veía cada seis años. La última vez que fue vista, hace exactamente seis años, fue desde París. Ahora yo tenía doce años y sospechaba que era mi oportunidad para verla y que la historia que mi madre llevaba contándome todo el verano tenía que ver con ello.

Así que aquella noche, cuando mi madre se acostó, cogí mi linterna y me dirigí hacia la montaña. No estaba muy lejos de la playa, apenas tardé media hora en llegar, justo a tiempo para que fuera la medianoche. Eché una ojeada al cielo y entonces fue cuando la vi. Brillaba más que ninguna de las otras estrellas que lucían por la noche, y eso que desde allí, desde la montaña, se vislumbraban millones de estrellas, a cada cual más brillante. Pero era ella. Yo lo sabía. Era “Domos”. Era mi estrella.

Gracias a mi madre no se me había pasado la oportunidad de verla. Aquella estrella me cambió. Dicen que cuando te encuentras con tu estrella, algo cambia dentro de ti. Y vaya si lo hace.

Al día siguiente, cuando llegó mi padre con sus gritos, sus insultos y sus amenazas, fui yo quien defendió a mi madre. Ya no era un niño, era un hombre con estrella, y jamás permitiría que volviesen a hacer daño a alguien a quien yo quería tanto.

Comentarios (2)

  • David Requena . 2 abril, 2017 . Responder

    Hermoso e inspirador.

  • (Autor) Ana Centellas . 28 mayo, 2017 . Responder

    Gracias!! Besos

 

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