Eran cerca de las diez de la noche cuando Juan Carlos ya estaba en el barco pesquero en el que trabajaba. Pasaba horas junto con sus compañeros preparando la embarcación, trazando la ruta que seguirían el próximo día, teniendo en cuenta las capturas del día anterior, las corrientes que hubiese aquella noche…

De vez en cuando, echaba una mirada hacia el paseo marítimo, a escasos metros del puerto. Cientos de turistas paseaban en todos los sentidos, disfrutando de sus vacaciones. No eran pocos los que se paraban a contemplar el trajín de los trabajadores de los pesqueros, como si aquello se tratase de una atracción turística más.

Al principio, a Juan Carlos aquello le producía sentimientos contradictorias. Había veces que le ponía de pésimo humor, mientras que en otras ocasiones lo que le producía era una envidia inevitable. Pero ya estaba más que acostumbrado. Al fin y al cabo, era su modo de vida y entendía que para otros pudiera resultar curioso.

Pasaban organizando las rutas y preparando la embarcación hasta altas horas de la madrugada. Entonces, en la quietud de la noche, cuando toda la población del pueblo y los turistas dormían tranquilamente, o eso se suponía que debían hacer, ellos sacaban los barcos a faenar. Era un trabajo duro. Muy duro. Se les permitía descansar un rato solo hasta que llegaban a la zona elegida para faenar. Después no había tregua.

Los duros días de trabajo eran más llevaderos para Juan Carlos porque sabía que ella iba a volver a buscarle a puerto. Ella era Marisa, su mujer, la madre de sus tres hijos. Hasta el momento, no había faltado ninguna tarde. Allí estaba siempre esperándole, en puerto, cuando los pesqueros regresaban rodeados de gaviotas buscando algo que llevarse al gaznate.

No regresaban hasta las cinco de la tarde, más o menos. Y aún quedaba por realizar gran parte del duro trabajo del faenero. Debían sacar toda la pesca y llevarla a la lonja, donde era vendida a las pescaderías y restaurantes del pueblo.

Les daban las ocho de la tarde con facilidad y a las diez ya estaban de nuevo faenando en el barco. Muchos de sus compañeros aprovechaban ese momento para darse una ducha y acompañarse de una buena dosis de alcohol que les ayudase a soportar otra larga jornada.

Pero él no. Él sonreía a su Marisa desde que la veía esperarlo en el puerto, cuando el barco aún no había llegado. Y trabajaba codo con codo con ella desde que llegaba a tierra para poder terminar media hora antes. Caminaban juntos hasta casa, donde cenaba junto a su familia al completo, todos los días, sin excepción. Hasta que llegaba el momento de volver paseando juntos hasta el barco para volver a faenar.

 

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