En esta familia somos así. Desde que nací escucho esa frase manida pero es cierto, somos así.

Con nuestros defectos, nuestras rarezas, con esta forma de vivir tan aguda, al margen de lo esperado. Y mucho me temo que sin expectativas o intenciones de cambio.

Mi padre, hijo de un afamado sombrerero del centro de Barcelona pasó toda su infancia viendo probarse sombreros a personajes ilustres.

Mi madre, a la que siempre llamé Lili, llegó por error al puerto de Barcelona en un barco pesquero que tenía que atracar en la Alemania soviética huyendo de un padre pinochetista, cuando apenas tenía 20 años. Por equipaje, un paraguas negro  y un bolso de mano, de modo que no puedo evitar pensar en  Mary Poppins bajando del cielo cada vez que la escucho hablar de su llegada a la ciudad condal.

El mismo día que atracó en el puerto conoció a mi padre que venía de poner flores  en la tumba de su primera esposa y sin mediar más de diez palabras, se la llevó a su casa y le dio de cenar.

Aún tardaron unas vueltas a La Rambla en saber que su destino sería estar juntos el resto de sus vidas, pero así parece que va a ser.

La familia es larga. De mis cinco hermanos, dos son de padre y uno, el pequeño, ni de padre ni de madre. Eso sí, todo chicos menos yo.

Desde un célebre músico ambulante hasta un pobre bróker financiero. En general  y a grandes rasgos, somos buena gente.

A veces también la liamos. Especialmente en esas cenas en las que mi madre olvida que vamos a ir todos a cenar y acabamos brindando con Don Simón en el área de servicio de una gasolinera y con la música del iPhone de Luís (el bróker) a toda leche en el aparcamiento.

Pero hay una cosa nos une y nos separa al mismo tiempo: la competición. Siendo testosterona en mayoría, competir es para nosotros una necesidad. Cualquier excusa es buena para batirnos en duelo.

Mi padre dice que entre tanto chico he sobrevivido con mucha dignidad, ganando concursos históricos como el de veces que bota una piedra en un río o el de saltos de altura a la pata coja. Manolo, el hermano número dos, nunca me perdonó que pasara por delante de él en la competición de hacer nudos con la lengua usando rabos de cereza.

Pero no se debe imaginar que la competición nos ha llevado al rencor o la envidia. En algún caso, debo admitirlo, a las hostias como panes pero como resultado de la tensión del momento. En nuestra familia siempre ha reinado el savoir faire, el reconocimiento al ganador.

Con mi padre como árbitro y juez de todas nuestras competiciones, nunca una duda empaña una victoria.  La escrupulosidad que emplea en su cometido está fuera de todo cuestionamiento. Jamás hemos discutido un veredicto por muy reñido que estuviera. Papa tiene el don de la absoluta certeza.

Todos seguimos viviendo en la ciudad condal menos Adolfo, el  que no tiene número. El que llegó a la familia de casualidad y mis padres adoptaron cuando fue mayor de edad. Adolfo vive en Vilanova i la Geltrú, un pueblo costero de la comarca del Garraf a unos cincuenta kilómetros de Barcelona.

Cada vez que podemos nos reunimos todos y, como por espacio es difícil hacerlo en cualquier sitio, solemos quedar en casa de Luís (el bróker), que tiene un ático indecente en Pedralbes y cocinera a jornada completa.

En la última cena que organizó hace unas semanas mi madre se empeñó en hacer una de esas “dinámicas familiares” para fortalecer vínculos emocionales, habituales en nuestras reuniones desde que empezó con sus cursos de desarrollo espiritual.

Así que nos levantó de nuestras sillas, nos dispuso en círculo en medio del salón y cogidos de las manos nos hizo regalar un piropo a alguno de los allí presentes. Mi hermano Manolo dijo que yo era la mujer con la lengua más larga que conocía y pesé a que no sonó muy bien, supe que era un reconocimiento a mi habilidad para hacer nudos con ella, así que me sentí orgullosa por su justo reconocimiento.

Los licores llegaron cuando la mitad de nosotros ya nos agolpábamos alrededor del piano en el que tocaba mi padre y mi madre imitaba a Sarah Vaughan en  My funny Valentine,  para acabar ambos volando por los aires como estrellas del rock manteados por mis acalorados hermanos.

Golpes: Semana #40

Comentarios (1)

  • Sol . 17 octubre, 2017 . Responder

    Pues envidiable familia, algunos ya la cambiarían, ya…

 

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