El cielo está salpicado de una luz rosa casi irreal. Al fondo, el campanario de la iglesia.

Pájaros de una especie indefinida, que raya lo vulgaris en tamaño y color, entonan la melodía del amanecer. Y yo, desde mi torreón de princesa encantada, veo las nubes. Huelo el mar.

Encerrada en la ambivalencia de querer lo que tengo y al mismo tiempo, querer volar. Surcar cielos, trascender espacios como el que habito y ocupo en este momento de obligaciones, de limitación espacial.

Quisiera convertirme en quien nunca seré y al mismo tiempo, miedo a perderme. A ser alguien distinto.

En la comodidad de lo conocido se reconoce mi descanso.

A días, también mi hastío.

Golpes: Semana #39

Comentarios (1)

  • Zamoranita . 4 octubre, 2017 . Responder

    Precioso dices mucho con poco, no siempre es necesario dejar el suelo para volar; puedes ser quién tu te propongas

 

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