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Tomi

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Contra todo pronóstico, estuvo con ella hasta el final. Entró a trabajar en su casa como interna hacía ya doce años. Cuando Sergio la vio, la contempló largo rato. Cubana, de apenas 20 años, desgreñada, mirando descaradamente a su alrededor, comiendo chicle del que conseguía hacer unas pompas extraordinariamente grandes,

   Se  preguntó de dónde había sacado la agencia a una chica así.

   -Lo siento, no he avisado a la agencia, pero ya hemos encontrado una.

   La joven se encogió de hombros.

   -Vale.

   -La chica se queda. Me gusta.

   Sergio se volvió hacia Andrea.

   -¿Estás segura?

   Fátima se quedó.

   Cuando los déficits cognitivos fueron devorando  los recuerdos de Andrea, escapándoseles por las rendijas de su mente cada vez más minada, Fátima pensó que su jefa se estaba volviendo loca.

   -Cuando junte algo de dinero, me iré.- Mientras tanto, los coqueteos de la demencia hacía estragos en la mente de Andrea sin remedio. Después de 5 enfermeras privadas que contrató Sergio, decidió, que por un poco más, ella haría de enfermera. Llevaba ya  5 años viendo lo que hacían.  A ella le daba igual que se la comiera a besos diciendo que era su hermana mayor, a la que perdió hacía ya más de 15 años. Que al día siguiente la llamara puta por acostarse con su padre, o que a la semana siguiente le dijera que le pasara los deberes de matemáticas. Cuanto más dinero ganara, antes podría irse.

   Cuando Sergio llegaba de la oficina le daba el relevo al que más tarde se unía su hijo Carlos, sólo dos años menor que Fátima.

   Entre los tres capeaban al intruso que se apoderaba ferozmente de Andrea, sin compasión, sin esperanzas de que algún día volviera a ser la misma mujer vital y enérgica que en su día fue. Haciéndoles ver, que la amante esposa y madre que habían conocido, se marchaba por momentos ante sus ojos.

   Un día, mientras Fátima estaba en su dormitorio  llamaron suavemente a la puerta. Al abrir, se encontró con Sergio.

   -¿Puedo pasar? Andrea se ha dormido.

   Jamás, en los cinco años que llevaba allí, había entrado ese hombre en su habitación.

   Lo dejó entrar. El hombre se sentó en la cama y la miró.

   -Me ha confundido con mi hijo. Y me ha hablado con palabras que no existen. Mañana, probablemente, no me conocerá. Anoche deambuló por la casa hasta las 4 de la madrugada, pero en poco tiempo paseará toda la noche, hasta que chille porque se ha perdido en el baño y no sabe salir. Después no se levantará.

   La joven lo miró sin saber qué decir.

   -Mi mujer me está dejando. Su alma, me está dejando.- se echó en la cama, tapándose la cara con la almohada que secaba las lágrimas contenidas desde hacía 7 años, cuando después de decenas de pruebas, le confirmaron el “posible” diagnóstico.

   -Sólo tiene 43 años. Es imposible.-Le dijo Sergio al médico.

   -No es normal, pero a veces pasa.

   A Fátima se le cayó el alma a los pies al ver llorar a un hombre tan fuerte, tan grande, tan seguro de sí mismo siempre.

   Se sentó junto él y a falta de saber qué decir, le acarició la espalda, esperando que ese arranque de dolor pasara cuanto antes. Pasados unos minutos, Sergio se sentó, más calmado y la miró. Por primera vez en cinco años, vio en esos ojos negros la inocencia y bondad que Andrea vio en ella el primer día que fue a su casa, insolente y descarada, sin pretender aparentar lo que no era, como hacían la mayoría de las que había entrevistado. Andrea siempre veía lo bueno de las personas.

   Y casi sin proponérselo, la besó. Hicieron el amor en silencio. Fátima le dio las caricias que Andrea ya hacía años no le daba y Sergio la llevó donde nadie antes la había llevado. Y sus vidas, aparentemente iguales, cambiaron para siempre.

   Sergio amó más que nunca a Andrea, seguía llorando con ella, riendo con ella, llenando sus silencios con sus historias, aprendiendo a conocerla cada día. Cuando llegaba la noche, desecho de dolor, se reunía con Fátima en la intimidad de su cuarto, hacían el amor y ella le recomponía el alma  rota, le restauraba el espíritu y le recordaba que  seguía vivo . Cuando Andrea les daba una tregua más larga de normal, cada vez más habitual, hablaban de ellos. A través de los ojos de Sergio, Fátima fue queriendo a Andrea, lamentando no haber conocido antes a esa mujer que ahora se moría lentamente y odiándose por haberla llamado “cabra loca” el día que dijo que era una puta por acostarse con su padre el mismo día que cumplía 7 años.

   -Yo ni había nacido, cabra loca estúpida, -fueron sus palabras exactas. A Andrea no le importó. A los cinco minutos se le había olvidado. Pero Fátima lo recordaba y al hacerlo, sentía dolor en el corazón. Dicen algunos que el corazón no duele. Pero ella sabe que si. La cuidaba con más anhelo que nunca, hablándole bajito mientras la lavaba, mientras le curaba las heridas de su cuerpo cuando dejó de caminar, contándole historias de su Cuba natal, a sabiendas que ella no entendía ni una sola palabra

   -¿Por qué le cuentas eso?- le dijo un día Carlos.- No te entiende. A lo mejor ya ni te oye

   -Por si acaso. Además, ¿tú que sabes? ¿Has tenido Alzehimer alguna vez?

   El día que  el cuerpo de Andrea decidió rendirse, Fátima lo supo. Su posición fetal se lo dijo. Llamó a Sergio y a Carlos. No se vio con derecho a estar allí y se encerró en su habitación. Hizo caso  omiso a las llamadas de los dos hombres. Al día siguiente, cuando una paz irreal y un silencio doloroso llenaba la casa, llamaron a la puerta. Ya había terminado el sepelio. Abrió y se encontró cara a cara con Carlos.

   -Tenemos que hablar.- le dijo el joven.

   -No te preocupes. Ya tengo preparadas mis cosas y me iré enseguida.

   -No tienes que irte. Necesito que hablemos. Sólo eso.

   -Prepararé café.

   Se sentaron y  Carlos  le sonrió.

   -Quiero darte las gracias Fátima .Por cómo has tratado a mi madre, por cómo la has cuidado. Por haber mantenido unida esta familia, por no haber forzado a mi padre a abandonar. Por hacernos ver que mi madre seguía ahí. ¿Sabes? Dos bofetones  enormes hicieron, primero que te odiara y después que te quisiera.

   La mujer lo miró sin acabar de comprender.

   -El primer día que te vi, cuando saliste de la habitación, le dije a mis padres:- Esa es una golfa que viene por los papeles.

  Mi madre, aún cuerda, se acercó a mí y con la mano abierta, me cruzó la cara como nunca antes lo había echo.

   -Esa mujer vive ahora en esta casa. Así que, o la respetas como a uno de la familia, o te vas de aquí ahora mismo.

   Fátima sonrió.

   -No sabes cómo te odié. Pero unos años después, ¿te acuerdas? Creo que fue la última vez que llevamos a mi madre de compras. Mi madre se puso delante de un espejo y le hablaba a su imagen, creyendo que era otra persona. Cuando aquel niño le dijo a su madre.”mamá, esta mujer está subnormal”, y vi que te volviste hacia él, me quedé estupefacto. El sonido del tortazo que le diste, sonó igual que el que me dio mi madre años antes.-Y tú eres un cabrón y tu madre una zorra.,- le dijiste, mirando desafiante a su madre. Ese día, entendí que era cierto lo que me dijo mi madre. Eras un miembro más de la familia y comencé a quererte. Por eso, entiendo que mi padre te quiera, y te agradezco que no lo coaccionaras para hacer… no se…..

   Fátima sonrió.

   -Si tu padre se hubiese planteado siquiera dejar a tu madre, habría dejado de quererle al instante. Le amo por cómo es, por cómo ha tratado a tu madre todos estos años. A través de él he llegado a conocer a tu madre, como era antes, cuando estaba sana. He llorado y rezado para que sucediese un milagro y se curase a sabiendas de que eso supondría perder mi única fuente de ingresos y sobre todo, a tu padre .Soy yo la que debo daros las gracias. A los tres. Me habéis hecho ver lo que es una familia, el respeto. - Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas.- Te voy a decir una cosa. Hace dos semanas, mientras lavaba a tu madre, me miró. Sus ojos dejaron de estar vidriosos y su mirada, por breves momentos, dejó de estar perdida .Tienen momentos lúcidos, Carlos. Lo sé. Me miró con tanto amor que me dolió. Sólo me dijo ”gracias”. Y después se volvió a su mundo, del que ya no regresó.

   Fátima, entonces, sintió esas manos fuertes y conocidas que la abrazaron por detrás. Sergio la había estado escuchando todo el tiempo y lloraba silenciosamente. Carlos se levantó, y se unió a ellos, también llorando. Fátima los abrazó a los dos.

   -Cuánto amor nos dejas Andrea.- Dijo Sergio, mirando al techo.- De todo corazón, gracias.

 

 

                                                                                                        Tomi Martínez de la Torre

Publicado la semana 1. 05/01/2018
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