Semana
07
Soledad Pardo

DEMASIADO PRONTO

Género
Relato
Ranking
0 23 0

El tren se acercaba a la Estación del Norte despacio. Las lágrimas brotaban en mis ojos, ya no quedaba casi tiempo, pronto nos despediríamos. Un tremendo nudo en la garganta me impedía hablar. Pasé todo el viaje mirando por la ventana y dándole la espalda para evitar que viese mis lágrimas Tantas veces habíamos hablado de ello…. ¡En cuanto cumplas 14 años, a Madrid, a la tienda con los tíos!. Sólo tengo catorce años, todavía soy un niño. Quiero quedarme con mi madre, jugar, ir a la escuela, vivir en el pueblo, pero las cosas están mal, con que se quede mi hermana es suficiente, mi madre no puede con los dos. Yo puedo ayudar, trabajar con los animales, lo que sea, pero con ellas.

En la estación nos esperaba el tío Vicente. Fuimos en un taxi a la casa. La tienda estaba cerca de la Plaza de España, dentro tenía la vivienda, un lugar oscuro y un poco inhóspito. Mi madre durmió conmigo esa noche, en un camastro junto a la cocina. Varias veces la oí llorar, yo tragándome mis lágrimas como podía. Por la mañana, sin despedirse, se levantó temprano para volver al pueblo. Cuando pregunté por ella, la tía Fronilda me contó que ya se había marchado. La pena invadió mi sentir, pensé que no sería capaz de vivir sin ella. No pude evitarlo, pero estallé en sollozos. Todos se reían de mí y me llamaban niño mimado.

Mis hermanos mayores habían estado también con los tíos, pero hacía algún tiempo que se habían marchado a una pensión en la calle de la Ruda. Ellos eran bastante mayores que yo y ya llevaban tiempo en la ciudad.

Pronto me fui acostumbrando a la nueva vida, trabajar en la tienda, repartir el pan con un carrito acoplado a una bicicleta, limpiar todos los días el mostrador y todo aquello que mi tío me mandaba. Madrid era una aventura, sólo libraba los martes por la tarde y los domingos, y esos días los aprovechaba para salir con mi primo, Donato, que también estaba en la tienda, de correrías por la zona, la Casa de Campo, el parque del Oeste, Rosales, la calle de Ferraz, etc. Algunos martes, con algún dinero que podíamos juntar, íbamos al cine.

Fueron pasando los años, cada vez más acostumbrados a la ciudad, nuestras salidas se fueron ampliando, al Metropolitano algunos domingos a ver fútbol, al Barceló al baile del vermut, en donde ya empezábamos a fijarnos en las chicas, a pasear por la calle Princesa…… Me sentía bien tratado, no tenía mucha intimidad en la casa, pero estaba a gusto, en cuanto ahorrara un poquito más de dinero, me iría a una pensión, en donde podría dormir en una habitación para mí solo, como mis hermanos mayores. Las ansias de mejorar confluyeron con una sensibilidad hacia la mejora de las condiciones para todos los trabajadores, lo cual me hizo afiliarme a un sindicato anarquista, cuya sede estaba en una calle próxima a Princesa.

De repente, una mañana las cosas cambiaron, el miedo se hacía notar en la gente, las noticias no eran buenas, grupos de personas reunidos en las calles comentaban lo que sucedía, al parecer una parte del ejército español en el norte de África se sublevaba contra la República, lo que iniciaría una terrible guerra civil que duraría tres años. No sé cómo, pero pensé que tenía que estar ahí, los hermanos, mayores que yo, tendrían que ir, y aunque a mí no me correspondía por la edad, me ofrecí voluntario. No tenía grandes creencias, sí que pensaba que mi vida, como la de otros muchos, se truncaba por la ambición de algunos. No sabría si podía hacer algo, pero lo que sí estaba claro era que no podía quedarme ahí, de alguna manera ayudaría a conseguir lo que tantos queríamos que sucediera, una vida tranquila e igual para todos. Entonces, mi gran aventura se truncó para empezar otra. Ilusión y fuerza no me iban a faltar.

 

 

Publicado la semana 7. 12/02/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Siguiente Texto