Semana
05
Soledad Pardo

PASTEL DE SETAS

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Relato
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Prepararía una cena deliciosa, arreglaría la casa como si fuera a venir la reina de Inglaterra, tendría todo listo para las ocho, la hora en que habían quedado en que ella vendría.

Se habían conocido cuatro meses antes, la llegada de Carmen a la oficina había trastornado sus sentidos. Algo había pasado en su interior, nunca había sentido nada parecido, pero todo le animaba a hablar con ella, a intentar por lo menos ser su amigo. Raúl era poco agraciado, casi feo, pero era muy buena persona, como decían las vecinas a su madre. Sus muchos años de soledad le habían agriado un poco el carácter, pero no habían mermado su amabilidad con los extraños, ni sus esperanzas de encontrar a alguien con quien compartir su vida. Había cumplido cincuenta años, sus padres ya no estaban con él, su enfermiza timidez hacía que tuviera pocos amigos, más bien ninguno, sólo se relacionaba con sus compañeros de trabajo, quienes le consideraban un buen tipo, sin más, pero ninguno había pasado la frontera de la relación meramente laboral.

Carmen parecía un ser de otro mundo, alguien a quien desde el primer momento admiró y contempló, como quien venera a una actriz en la pantalla. Habían pasado muchos días juntos, se pasaba la jornada laboral contemplando a Carmen y siempre estaba atento a sus deseos, a sus cariñosas órdenes para que llevara algún documento a otro sitio o le hiciera fotocopias. Ella era guapa, simpática, extrovertida con todos, pero especialmente amable y cercana con él o, al menos, así se lo parecía. Siempre que se cruzaban en un pasillo, ella le saludaba con una maravillosa sonrisa, le preguntaba por su vida, por su salud, por sus fines de semana, y él contestaba únicamente con monosílabos, porque los nervios no le dejaban hacer otra cosa.

Cuando, armándose de valor, él la invitó a tomar algo, casi no podía creer su respuesta. ‘Mejor cenamos en tu casa, tu debes cocinar bien, espero que me hagas algún plato especial’. Raúl no podía articular palabra, su garganta estaba paralizada. Un sudor frío le invadió el cuerpo. Sus compañeros le animaron, ¡vamos Raúl, hazle algo rico….!, mientras estallaban en sonoras carcajadas. Se sonrojó al oírles, pero agachó la cabeza y salió al lavabo. Cuando regresó a su mesa, una nota en una hoja decía ‘A las ocho estaré en tu casa’. No quiso mirar a Carmen y se dedicó al trabajo que tenía pendiente hasta la hora de la salida.

No sabía cocinar, su alimentación se basaba únicamente en comprar alimentos preparados y cocinarlos en el microondas, junto con algo de fruta como postre. En Internet había buscado esa mañana recetas de cocina. En un blog, encontró una que parecía fácil, pastel de setas, con un comentario al margen que decía ‘una receta para enamorados’. Le parecía poco, pero podría añadir algo como aperitivo.

Salió de trabajar y sin pararse a comer, fue al supermercado a comprar lo necesario, que había apuntado previamente en un papel. Su corazón latía aceleradamente, no sabría como podría controlar los nervios que le producía el encuentro con Carmen. Llegó a casa, y sacó todo lo que había comprado. Se tomó dos valerianas caducadas de una caja que había en la mesilla de su madre, para intentar relajarse. Lo primero que tenía que hacer era limpiar un poco. Era consciente de la suciedad reinante, con la que convivía desde que falleció su madre, pero hasta ahora se había sentido incapaz de limpiarla. Ahora tenía fuerzas, la cita con Carmen le había cambiado. Había comprado también productos de limpieza que, habitualmente, no tenía. Comenzó la tarea enseguida, tenía cuatro horas por delante, limpiar, cocinar, preparar la mesa, ducharse y arreglarse para la ocasión, de manera que Carmen se llevara una grata impresión suya. No le defraudaría.

Tras una somera limpieza, sólo deteniéndose en las habitaciones a las que Carmen entraría, cansadísimo por los esfuerzos realizados y por la falta de costumbre, entró en la cocina, sacó los ingredientes de la nevera y la receta que llevaba doblada cuidadosamente en el pantalón. Después de batir cuatro huevos y haber sofrito las setas con cebolla, previamente picadas, en la sartén,  leyó que todo había que batirlo con un bote de nata líquida, antes de meterlo en el horno. Buscó una batidora, que recordaba tenía su madre, y que él nunca había utilizado desde que ella no estaba. Tuvo que subirse a una silla, para encontrarla en un armario alto de la cocina. La suciedad de la batidora le alarmó. No sabía si podría eliminarla, tendría que sumergirla un tiempo en agua caliente con detergente. La hora se empezaba a echar encima, ya eran las siete y tendría que ducharse. Decidió dejar la batidora en agua y ducharse antes, para ir adelantando. Se vistió con sus mejores galas, una camisa blanca limpia, un poco arrugada porque no tenía plancha, con unos pantalones vaqueros. Se miró al espejo del baño, mientras peinaba su escaso pelo y aprobó su aspecto con una sonrisa, que bien podría corresponder al protagonista de alguna película.

Regresó a la cocina y continuó preparando la receta. Sacó la batidora del agua, la secó y batió el preparado del pastel. A las ocho menos cuarto metió el pastel en el horno, era pronto para cenar y era mejor que esperaran, primero charlarían un poco y así podría relajarse.

Se sentó en el sofá de su padre, a esperar a Carmen. Tras unos minutos, el timbre sonó y él se dirigió a la puerta, con el corazón tan acelerado que casi no le dejaba respirar. Abrió la puerta y allí estaba ella, bellísima, con un bonito vestido rojo que le favorecía especialmente, simpática como siempre, con una botella de vino en la mano, envuelta en un papel de colores, que le entregó. Ambos entraron al salón y Carmen se sentó, alabando el exquisito olor de la cena. Raúl se sentó a su lado, y ambos comenzaron a charlar. Carmen le dijo que estaba enamorada de él, que, desde el primer momento en que se vieron, había decidido que sería el hombre de su vida. Llevaba un tiempo esperando el momento adecuado y ahora que él la había invitado a cenar, había decidido contárselo. Raúl no podía creer lo que estaba oyendo, le parecía que estaba viviendo una de las películas de amor, a las que tan aficionado era. No sabía que responder, sólo articulaba monosílabos y forzaba rígidas sonrisas. De repente, se acordó del pastel en el horno y se levantó deprisa a apagarlo.

No sabía que decir, regresó al salón y se quedó de pie, frente a ella, mirándola con ojos de agradecimiento y admiración. ‘Quiero casarme contigo, quiero ser tu mujer’, le dijo ella. Raúl apenas podía hablar, ella se levantó y cogiéndole la mano le besó delicadamente en la mejilla. No podía creerse que fuera tan feliz, por fin había llegado su momento, mañana se lo contaría a todos sus compañeros y todos juntos brindarían por su felicidad. Se casarían en el pueblo de su madre, en la ermita, como sus primas.

Un terrible olor a quemado hirió su olfato y un humo negro que salía de la cocina le obligó a toser y le nubló la vista. No sabía que sucedía, se asustó, se levantó del sillón y abrió las ventanas, el pastel de setas ardía en el horno. Como pudo, sacó el pastel del horno y lo tiró en el fregadero, abriendo el grifo para apagar el fuego. Se quemó la mano. Una vez que el humo se hubo aclarado, miró a la pared, el reloj de cocina de su madre marcaba las diez menos cuarto, Carmen no había venido.

 

Publicado la semana 5. 29/01/2018
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