Semana
02
Soledad Pardo

ALUCINACIÓN

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Relato
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Diciembre de 2096. La Serrada amanecía tranquila, el manto de oscuridad todavía cubría las frías calles, mojadas por la pertinaz lluvia nocturna. Martín, como siempre, se había levantado de la cama a las cinco de la mañana, para prepararse un café con leche. Nunca desayunaba nada, sólo un café bebido antes de salir a las ovejas. Como cada mañana, arrancó la furgoneta aparcada delante de su casa, recorrió las calles empedradas y por el camino, cubierto de excrementos de vaca en gran parte, se dirigió a la nave en donde tenía sus ovejas. No eran muchas, pero le daban lo suficiente para malvivir, claro está sin salir del pueblo.

Pasó delante de la casa, ‘el hotel’, como decían los del pueblo, la única casa de nueva construcción que tenían. La luz de una de las habitaciones devolvía un reflejo amarillo y cálido, a través de la persiana bajada hasta la mitad. Como todas las mañanas, Martín siempre imaginaba qué pasaría detrás de aquella ventana. Conocía a su misterioso dueño, un antiguo deportista, franco, amable, no excesivamente cercano con los del pueblo, que se había instalado allí en los últimos tiempos. Nunca había hablado con él, sólo un saludo desde el coche con la mano, cada vez que se encontraban, como era costumbre en la zona. Todos se referían a él como ‘el del baloncesto’, deporte que, al parecer, había practicado en su juventud, y en el que obtuvo un cierto renombre. Nadie había hablado con él, se limitaba a pasar por la calle del pueblo, en su automóvil, camino a su casa, a dónde regresaba todos los días desde la ciudad, a la que iba a comprar lo necesario. Los del pueblo habían tejido una leyenda sobre él, sobre los motivos que le habían traído hasta allí, e imaginado que se trataba de un hombre riquísimo, que había recorrido el mundo triunfando en el deporte.   

Paró frente a la caseta en donde estaban las ovejas y echó una mirada atrás, hacia ‘el hotel’. ¡Cuántas veces se había imaginado a sí mismo, dentro de aquella casa, rodeada de un alto muro, y fantaseando ser un alto magnate o príncipe, poseedor de grandes fortunas, que había decidido recalar en el pueblo en sus últimos años!, siempre rodeado de guapas y elegantes mujeres, cansado de viajar por todo el mundo y de disfrutar de eternos halagos y grandilocuencias por parte de los menos poderosos, dispuestos en todo momento a pelotearle. Su cada día más aburrida vida atenazaba su devenir, que únicamente podía sobrellevar evadiéndose con sus pensamientos.

La curiosidad le podía cada vez más. Un día, tendría que entrar en esa casa y comprobar, desde allí, cómo viven los otros, que se podría sentir dentro de un lugar así, conocer a sus visitantes, en resumidas cuentas, tratar a los de otra clase. Tantas noches había buscado el sueño imaginando esa vida… Con un brusco movimiento de cabeza, intentó alejar sus pensamientos, de manera que pudiera dedicarse a su trabajo con las ovejas, limpiarlas, darles de comer y beber y, algo más tarde, sacarlas a pasear hasta la otra finca, conducidas por el perro Ovi, un magnífico American Stanfordshire, que allí dormía con ellas.   

 

Cuatro horas más tarde, ya con la mañana avanzada sobre los campos, Martín volvió a coger la furgoneta para regresar a la casa, sin evitar pasar por ‘el hotel’. Volvería a la tarde, a recoger a las ovejas y llevarlas hasta la nave. Aparcó el coche frente a la puerta de entrada y esta vez decidió bajarse y llamar. No sabía por qué, pero una fuerza desconocida le impulsaba a hacerlo. Un timbrazo y ‘el del baloncesto’ no salió, parecía que no había nadie dentro. Volvió a insistir, sin saber bien qué es lo que buscaba con esa decisión, se apoyó en la puerta y ésta cedió, comprobando que se encontraba abierta. Empujó despacio, saludando en voz alta por si alguien estaba dentro. El jardín que se abría ante sus ojos, no era lo que él había esperado. Tantas veces lo había imaginado, que ahora un terrible sentimiento de decepción le invadió. Los altos muros le impedían verlo desde fuera pero, una vez dentro, la cantidad de hierbas, escombros, bolsas de plástico acumuladas, excrementos de perro, etc., le transmitieron la sensación de que se trataba de una casa abandonada. Era imposible, tantas veces le había visto entrar y salir del garaje, en su coche negro…  ¿Por qué no cuidaba el jardín?.

Con sumo cuidado, avanzó unos pasos por el jardín, evitando pisar lo acumulado. La puerta de la casa también permanecía abierta, empujó un poco volviendo a gritar un hola, para hacerse oír por el posible habitante de la casa. Nadie respondió, ningún ruido, sólo el aire que entraba por algunos cristales rotos de  las ventanas. Un largo pasillo se abría ante él. Una cierta claridad se filtraba del exterior. El pasillo se encontraba lleno de viejos papeles arrugados, sucios cartones de embalaje, trapos amarillentos por el paso del tiempo, restos de comida seca, cuadros descolgados con los cristales cuarteados, paredes desconchadas cubiertas de imposibles manchas. En fin, el panorama no alentaba a entrar en la casa, pero sí a descubrir lo que había allí dentro. Esa no era la casa objeto de sus imaginaciones.

Martín, con el corazón a punto de estallar, atravesó el pasillo hasta una puerta abierta a la derecha, que daba acceso a un pequeño salón, en donde se paró. Una chimenea, en el centro de la pared de enfrente, dejaba adivinar que no hacía mucho que se había hecho fuego. En una mesa de madera, junto a la entrada, extrañamente limpia, reposaba un atril de tosca madera, con un amarillento periódico abierto. El resto de la habitación estaba completamente sucia, telarañas colgando de sus paredes, restos de papeles quemados, prácticamente momificados por el paso del tiempo, una vieja televisión con la pantalla atravesada por una grieta, más papeles por el suelo, una alfombra de indescifrables colores, totalmente raída por la segura presencia de roedores, un sofá lleno de manchas negruzcas, un hedor insoportable que denotaba que la casa no podía haber sido habitada en muchos años y que le obligaba a tapar su nariz, tan acostumbrada a los fuertes olores de los animales.

Tras una  mirada por la habitación, se dirigió a la mesa y cogió el periódico. Su vista, cansada por los años y la oscuridad en la que tan acostumbrado estaba a vivir, le hicieron retirar el periódico un poco, arrugando los ojos para poder ver lo que allí estaba escrito. Se trataba de un periódico deportivo, en el que resaltaba en la primera página una fotografía de “el del baloncesto”, vistiendo un traje oscuro, junto a un equipo de jugadores, en su mayoría negros, acompañada del titular “Gustavo Nieto, primer español en la N.B.A., nombrado entrenador de los Lakers”. La imagen era igual a la que él veía salir del pueblo cada mañana, quizás un poco más joven. El periódico databa de 1980.  En ese momento, recordó de quién se trataba, era el hijo del Alcalde, aquél que llevó la luz al pueblo, que había vivido allí sus dos primeros años de vida y luego había emigrado, junto a su familia, a Madrid, en busca de mejor fortuna. Sin pensar en las fechas, concluyó que era imposible que viviera en la casa, las condiciones de la misma no se lo permitirían, por tanto quién era la persona que, tantas y tantas veces, había visto pasar... . Por lo menos su casa, mucho más humilde, estaba limpia. Él no le había conocido, pero cuando era pequeño había oído hablar mucho de él a los más viejos del lugar.  

Salió del salón y recorrió el resto de las habitaciones, todas ellas en el mismo estado de ruina y abandono, cada vez más extrañado y ansioso por conocer una respuesta. ¿Cómo era posible?. ¿Cuántas veces, en los últimos meses, le había visto pasar?. ¿Cuántas veces le había devuelto un saludo con la mano?. ¿Dónde estaría?. Miró su reloj, las dos de la tarde. Decidió quedarse en la casa y esperar, muchas veces le había visto regresar sobre la hora de comer. Hablaría con él, le pediría disculpas por el atrevimiento y le preguntaría, saciaría su curiosidad.    

Tras unos minutos de interminable espera, un ruido le alertó de la posible presencia de alguien en el jardín. Precipitándose a la puerta de entrada, salió al exterior y un aire gélido penetró en sus huesos, dejándole un tanto paralizado. Un coche negro se paró frente a la entrada, dos hombres bajaron del mismo y le preguntaron por el nombre de la calle. ‘Las Pilas’, respondió, ‘entonces ¿éste es el huerto de la alfalfa?’, ‘No sé’. Uno de ellos sacó de un bolsillo un aparato rectangular, algo parecido a un teléfono, en donde tecleó algo. ‘Sí, efectivamente, es el huerto de la alfalfa, entremos’. ‘¿Quiénes son ustedes?’, preguntó Martín. ‘Esta casa no es suya’. Los desconocidos, portando dos maletines, penetraron en el jardín para acceder a la vivienda. ‘Somos sus propietarios, los biznietos de Gustavo Nieto, el dueño de esta casa, aunque nunca llegó a vivir aquí’. ‘¿Es usted del pueblo?. Seguramente sus abuelos de usted le conocerían’. ‘Fue muy famoso’.

Martín no supo que contestar, se quedó paralizado pensando en quien sería la persona que había visto pasar en su coche negro durante todo este tiempo. ‘No puede ser, yo conozco al dueño, vive aquí desde hace algunos años’. Los dos hombres, incrédulos, pensaron que su interlocutor no estaría muy bien, y le invitaron a salir del jardín.

La luz del amanecer, entrando por la ventana, una vez más despertó a Martín. Nunca había necesitado despertador, su reloj biológico siempre le hacía levantarse a la misma hora. Se vistió y se dirigió a la cocina a tomar el consabido café diario. Una incomodidad excesiva atenazaba su sentir, no sabía que le sucedía pero se sentía raro. De repente, un pensamiento afloró a su mente, ¿sería un sueño o realidad lo sucedido?. Salió con rapidez, cogió el coche y se dirigió al ‘hotel’, antes de ir a la nave. La valla que rodeaba el terreno estaba completamente derruida y dejaba ver un terreno poblado de maleza y piedras, en el que ya no existía nada, no había ninguna casa, ni parecía que la hubiera habido en algún momento. Martín, asustado pero acostumbrado al miedo, volvió a meterse en la furgoneta y continuó camino a su trabajo diario.

Publicado la semana 2. 11/01/2018
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