Semana
06
Sofí Rubí

Mujer, caracol, pintora y viva

Género
No ficción
Ranking
0 42 1

“Has crecido hasta convertirte en un monstruo” me dijo una vez mi madre. Sé que lo dijo en broma y creo que no ha tenido más repercusión en mi vida, sin embargo es la frase que me vino a la cabeza el día en que di mi primera clase de pintura. Me vino con su voz y con sus gestos, y lo que había creído que se refería a mi personalidad, pensé que igual hacía referencia a lo mal que se me daba pintar. Piensa en una anciana matando el tiempo pintando un bodegón con otros ancianos, lo que hace es horrible, pero a ella le da igual. Yo empecé a pintar mucho, me dije que ya estaba, que así expresaría las cosas del mundo, mentiría si dijese que no quería ser Frida Kahlo y que la gente me dijese que se identificaba tanto (¡tanto!) con un ciervo con mi cara y asaeteado, pero todas hemos pasado por locas experiencias, todas tenemos a nuestra niña interior que de vez en cuando pasa con un carrito y viene a hacer la colada. Pero lo cierto es que salí de aquel curso habiendo horrorizado a mi profesora y pintando fatal, pero pintando, cosa que no creo que siguieran haciendo el resto de mis compañeros. Si voy de viaje pinto acuarelas, si me gusta alguien pinto su retrato, si me decepciona lo quemo, y si me aburro empiezo a pintar puntitos de colores de forma vaga que acaban siendo siempre un mar en la noche iluminado por mil lunas. Hasta ahora no había escrito sobre mí y la pintura porque estaba segura de que no iba a hacerlo bien, de no contaría todo lo que quería contar, así que es la primera vez que he dicho que pinto, aunque me he librado de hablar de lo que la pintura significa para mí.

El otro día mi madre me encargó ir a recoger a mi hermano pequeño que estaba en casa de un amigo. Llamé al timbre, me abrió la madre y mi hermano y su amigo huyeron a una habitación del fondo. Inmediatamente se pegó a mí una niña rubia que siempre que me ve me mira como si me admirase. A veces tengo la sensación de que podría decirle algo y que eso marcaría su vida para siempre. Podría decirle, por ejemplo, “has crecido hasta convertirte en un monstruo”, y que venga un amigo mío que es abogado y me acuse de homicidiar su futuro. Lo cierto es que mientras esperaba a lo que sabía que iba a ser una dura lucha contra mi hermano haciendo que se calzase mientras él buscaba la forma de distraerme para seguir jugando, decidí adelantarme y me senté en el sofá de aquella casa cuyo único elemento de decoración era un bol de cristal lleno de canicas (tengo que llevarme una, pensé). La niña rubia no se sentó a mi lado, sino que de pronto estaba sentada a mi lado. En la televisión estaba en pausa el videojuego al que habían estado jugando mi hermano y su amigo. Era de Dragon Ball, uno de estos juegos en los que hay cientos de personajes a elegir y luego un escenario acotado donde pelear. Como había dos mandos le di uno a la niña rubia, que me dijo que no sabía jugar, a lo que le contesté que yo tampoco. A veces me imagino hablando sobre mí misma en una extraña entrevista en la que no hay preguntas ni entrevistador; el otro día, por ejemplo, recuerdo que le comentaba a esa nada que me escucha que no me gusta la gente, no me gustan las aglomeraciones, ni salir a cierto tipo de planes, pero que sin embargo, después de cavar en pos de mi soledad, me asfixio necesitando a la gente y quiero que me quieran y me hablen y me pregunten cómo estás y que haya tanta gente reclamando mi atención que me vea obligada a elegir. Decía, en esa entrevista, que me siento como la protagonista de una película post-apocalíptica cuya morada se encuentra a las afueras y que cada día se ve obligada a salir a buscar chatarra, prefiriendo vivir sola a convivir con alguna especie de tribu. Le elegí a la niña el personaje más fuerte y me cogí yo el más débil, pensando que a pesar de no conocer ninguna el juego yo contaría con más capacidades, pero me ganó. El otro día leí un poco sobre Ivan Illich, el anarquista austríaco, y su metáfora sobre el caracol. Más allá de la selección natural a veces me pregunto el porqué de cada animal. El caracol me parece ahora mismo uno de los animales más vulnerables, y sin embargo existe, lo que quiere decir que ha pasado la prueba de la realidad, aunque también es verdad que parece que ha contado con ayudas posteriores, porque no parece normal que cuente con ambos órganos sexuales para poder reproducirse solo y no tener que buscar una pareja. El caracol recibe ayuda en el juego de la vida como la recibe la niña rubia en el juego de Dragon Ball. ¿Para qué existe el caracol si se puede reproducir solo? Más que una vida se trata entonces de individuos muy parecidos. Le puse a la niña el personaje más débil y cogí yo el más fuerte, pero me ganó igual, así que empecé a sospechar que ya había jugado o había visto a su hermano jugar y disfrutaba como una reina ganando desde la modestia a alguien a quien admiraba. Me imaginé entonces a todos los animales en un juego como aquel: elige tu personaje y pelea. ¿Cuándo eliminarían al caracol? Me pregunto cuál sería el animal más fuerte, aunque habría que establecer algunas reglas, porque el león acabaría por matar a una ballena varada a coste de quedarse sin dientes, pero se ahogaría en el mar o moriría aplastado si la ballena le cayese encima. El ser humano sería eliminado por cualquier carnívoro o mamífero sin más que le superase de tamaño, a no ser que trucases el juego y le dejases usar sus armas. Si soltases a todos los animales y les obligases a pelear, la única opción del caracol para poder sobrevivir sería esconderse y esperar a que otros se matasen, como se escondería una mujer en un mundo post-apocalíptico, como se escondería una mujer joven en la pintura.

Me marché de aquella casa con mi hermano y una canica en el bolsillo.

Publicado la semana 6. 11/02/2018
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