Semana
01
Sofí Rubí

Pequeña arca

Género
Relato
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El vecino del número 17 tenía un hacha que aparentemente no servía para nada, era demasiado pequeña como para cortar madera y la forma de su mango solo hacía posible que se cogiera con una mano. Un día, uno de sus hijos, de siete años, se la guardó a la espalda, metiendo el asa por dentro de los pantalones, tal como había visto hacer en una película. En el jardín, frente a frente, su hermano de ocho años le dio una bofetada, él, despacio, llevó la mano atrás, agarró el arma y describió en el aire la misma trayectoria. El filo impactó en la mejilla y en el ojo del hermano, aunque no hizo más que quedarse clavada, y entonces, el hermano pequeño, horrorizado, dio media vuelta y echó a correr pensando en pedir ayuda, pero en el camino tropezó con un saliente de cemento y fue a darse de bruces contra un pico que sobresalía de las escaleras del jardín. En el hospital pusieron a los dos hermanos en la misma habitación, ambos tenían el rostro cubierto por gasas y vendajes blancos, parecían envueltos para regalo. Solo faltaba que, cuando llegara la madre, una enfermera le preguntase “¿cómo los quiere?”. Resultó que el hacha que no servía para nada servía para quebrar una familia.

Eso ocurrió una vez en la casa de dos plantas, con jardín y ahora piscina, sita en el número 17, pero no he venido a contar la historia de esa familia, normal en casi todos sus aspectos, ni de lo que pudo ocurrir en el número 21 la noche que todas sus ventanas aparecieron iluminadas por velas, ni del número 15, que según los niños poseía un sótano del que se desprendía un túnel que llegaba hasta el centro de la tierra, no, he venido a hablar de la casa situada en mitad de la calle como si fuera una isla y donde vivió una chica que siempre tuvo el pelo muy largo y las manos muy frías. La calle Abedul no es muy larga, apenas tendrá cuarenta números, pero tiene la peculiaridad de que en un momento dado se divide en dos brazos, como dos calles diferentes, que se vuelven a unir. Los dos brazos sirven para permitir que haya una casa en mitad de la calle, quedando a un lado los números pares, al otro los impares y en medio el punto neurálgico de mis historias, el número 20.

Una madre, un padre, una cultura irrisoria, unos abuelos lejanos, una escuela aburrida y una pila de libros en muy mal estado fueron los causantes de que acabáramos naciendo un varón, una bella dama, yo, un renacuajo y un bebé que hará temblar al mundo. Ni que decir tiene que como hermana del medio acepté mi papel y me sumí en las sombras, y me fui a despertar de ellas un día en que el cielo estaba tan gris que parecía blanco y no había nadie en casa. A pesar de que recorrí una a una todas las habitaciones, ya sabía de antemano que no me iba a encontrar con nadie, porque reinaba el silencio, un silencio auténtico y no el silencio con el sonido de la cafetera de fondo que detonaría la presencia de papá, o la silla del salón de mamá, o el chasquido de lengua, la música que escapa de los cascos, los dinosaurios enfrentándose a los jinetes medievales o el quebrarse de las maderas de la cuna. No, reinaba el silencio y más que una reina, me sentía un fantasma. Sentía que me deslizaba por el suelo y que al acariciar las cosas éstas se volvían inmateriales. Al llegar a la cocina bebí un vaso de agua y al terminar volví a dejarlo en el estante porque no me pareció que se hubiera ensuciado por beber de él, después fui al salón y empecé a mirar en los armarios como cuando buscaba los regalos de navidad, cajones que nunca se abren y están llenos de servilletas. Los rincones de una casa están llenos de servilletas y de las cosas que se olvidan. Al final di con unos cajones del salón de esos que nunca se abren porque a nadie le apetece enfrentarse al desorden de revistas que nunca se han leído y que nadie sabe cómo llegaron allí; dentro, debajo de lo demás, había dos cajas, estaban llenas de fotos nuestras, de dibujos de cuando éramos pequeños y había un diario en varios tomos. La letra era de mamá, por lo que supe que aquellas dos cajas eran lo que salvaría de la casa en caso de que ésta ardiese o si un día decidía marcharse, y yo, que teniendo la casa para mí decidí que lo mejor era dar un paseo, me alejé pensando que a mí también me gustaría escribir algo parecido a un diario y que sería hermoso si la casa ardiera, todos los vecinos de alrededor mirando, viendo la isla arder.

Publicado la semana 1. 07/01/2018
Etiquetas
La vida misma, Todo lo vivido , Con las manos frías
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