Semana
03
Rubén Chacón Sanchidrián

RELATOCRACIA - Ceremonia de graduación

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Relato
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Siempre supe que quería ser guionista.

Desde que adquirí uso de razón, los recuerdos que tengo son un eterno diálogo conmigo misma.

Supongo que ese es el motivo que explica por qué nunca sentí una necesidad especial por tener amigos, admirar a alguien, o contrastar mis visiones del mundo con otros. Me tenía a mí; a mi completa disposición, las 24 horas del día.

En el interior de mi cabeza, los inputs de la realidad que me suministraban mis cinco sentidos se me antojaban vergonzosamente precarios, en comparación con la infinidad de sensaciones, variaciones y giros argumentales alternativos que brotaban y se entremezclaban con la aburrida linealidad cotidiana, dotándola de tantos y tan ricos matices, que mucho antes de ingresar en El Olimpo, yo ya contemplaba el mundo y a los que lo poblaban como lo que realmente era: un gran teatro con un pujante elenco de actores abarrotado hasta la bandera de espectadores deseosos de disfrutar con una buena representación, a la par que ansiosos por abandonar el patio de butacas y saltar al escenario para demostrar a todos sus grandes dotes interpretativas.

Un gigantesco sueño compartido, en el que una sola línea de guion, dotada de la suficiente maestría, podía cambiar para siempre el curso de la historia.

Sí amigas, y hoy ya estimadas colegas de profesión, sé que vosotras también os dejáis seducir, en esas mágicas y escasísimas ocasiones en las que la intimidad y la inspiración se conjugan inesperadamente, por esa misma intuición. Así que permitidle a esta venerable anciana, confirmaros vuestras sospechas: Pues si hay alguien, en este intrincado y siempre sorprendente mundo en el que impera la Relatocracia, capaz de alterar significativamente el curso de la narración, esas sois vosotras: Las Guionistas.

Sí, ya sabemos que, hoy, cualquier advenediza tiene a su disposición un sinfín de vulgares aplicaciones, a través de las cuales puede adquirir y usufructuar secuencias que, bien administradas e interpretadas, le granjearán unas pingües cotas de reconocimiento social. Pero no dejan de ser escenas manidas y desgastadas versiones de diálogos de sobra conocidos por todas, ajados remakes cuya máxima pretensión es circular durante cierto tiempo por la red social. Pobres anécdotas, al fin y al cabo, que alimentan ese otro régimen alternativo que alguien supo bautizar, muy brillantemente en mi opinión, como Memecracia. 

Tampoco quiero engañaros. La inmensa mayoría de vosotras terminará trabajando en urdir esas patéticas tramas para arribistas que anhelan disfrutar de sus 15 minutos de gloria. Y no hay nada de vergonzoso en ello. Porque son precisamente esas inocuas y lícitas aspiraciones de popularidad efímera las que han conseguido que el sistema no sólo se reinventase cuando todos los agoreros ya se disponían a redactar su acta de defunción, sino que a día de hoy podamos certificar que jamás ha gozado de tan buena salud.

Pero yo no he venido a hablaros esta noche de los esquemas socioeconómicos por todas conocidos. Podría entreteneros con mil y una anécdotas triviales de simples mortales a los que, con unas cuantas escenas y un par de giros magistrales, convertí en heroínas míticas de la noche a la mañana. No en vano, en los tiempos en los que yo estudiaba aquí y aún no era más que una simple aprendiz ignorante del verdadero poder de una buena historia, alguien tuvo la genial ocurrencia de calificar a esta ilustre Academia como el Olimpo de las Diosas, sobrenombre que aún conserva...

Sin embargo, y so pena de que lleguéis a pensar que este vieja chocha desvaría, permitidme que os descubra que, una vez que seáis conscientes del poder que podéis llegar a canalizar a través de vuestras historias, vuestra labor bien puede llegar a superar y trascender a la de aquellos dioses de los antiguos mitos del patriarcado que, al fin y al cabo, no eran más que eso: simples fábulas para tratar de explicar la causalidad oculta de las cosas.

Así pues, dejadme que os relate un hecho que jamás le he contado a nadie antes. Aquellos que protagonizaron la trama, participaron accidentalmente en ella, o tuvieron conocimiento de quiénes fuimos sus verdaderos artífices forman parte ya de la Memoria Colectiva. Muy pronto yo también trascenderé a ese último nivel, por lo que poco me preocupa que os crean o no si decidís revelársela a alguien más -aunque mi consejo profesional es que os guardéis bien el secreto pues, como sabréis, hay ciertos trucos del oficio que conviene no desvelar.

Sólo a través de los acontecimientos que me dispongo a narraros seréis capaces de atisbar el tema principal del que he venido a hablaros en esta, vuestra ceremonia de graduación. Y que no es otro que el poder. El verdadero poder de las Guionistas. Un poder que quizás nunca ninguna de vosotras lleguéis a ostentar. Un poder frente al cual la mayoría de vosotras huiríais despavoridas... ¡Y haríais bien! Porque se trata de esa clase de poder del que a mí nunca me advirtieron. Y que, quizás por eso mismo, osé ejercer...

Permitidle pues a esta humilde cronista que os cuente el relato de los días en los que se obraron maravillas...

Un relato que comienza con una chica golpeando frenéticamente con los nudillos la puerta del estudio en el que yo entonces vivía y trabajaba, y una frase que alguna vez alguien os dirá también a alguna de vosotras...

- ¡Necesito que me escribas otra vida!

Publicado la semana 3. 16/01/2018
Etiquetas
Waiting for the miracle , Westworld , De noche, En la cama, Con ganas
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