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02
Román

LA NO CELDA

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LA NO CELDA

 

Aquello no estaba bien. No era correcto en diversas formas. Ese hombre, antaño amigo mío, sentado en la silla. Inmóvil. Apenas respirando. Mirando a un vacío perdido e insondable. Lejos de la humanidad, la civilización o la sociedad. Incluso de la soledad. Y, si se comunicaba, apenas sería consigo mismo y en voz muda. No quiero pensar en la otra posibilidad…

Encima es hombre maniquí, expositor de existencia dudosa. No sé, o puede que ya no recuerde, si por voluntad propia o fruto del egoísmo de su familia para sacar provecho en la más triste de las situaciones. Pero su encierro es público. Enclaustrado en cristal: suelo, cuatro paredes, techo. A vista de viandantes, paisanos en general y, más recientemente, turistas llamados por la novedad y extravaganza sin pasión. Así era, sostenido por recios cables de acero apenas unos metros sobre la plaza de la ciudad. Un nuevo monumento, estatua en caja se le podría llamar.

Porque seguía sin moverse.

Al contrario que el resto de sucesos, yo sí tengo en memoria el inicio del problema, el desencadenante. Una ella, siempre es una ella, que no significa una culpable. Perfecta, pero sólo para sus ojos y sentidos. El resto discrepábamos en mayor o menor medida. Reconociéndole méritos y virtudes, sin estar ciegos a sus defectos y faltas.   

Y ella se fue. Por los motivos por los que la gente se deja: desinterés, egoísmo, falta de compatibilidad o emoción. Tanto más da. Lo importante fue el resultado; una mente desecha y obsesionada, un orgullo destrozado, un futuro perdido.

El recipiente de cristal es diáfano, falto de contenido, muebles, comodidades, nevera o cocina, ocio. Nada. Sólo esa silla, sólo mi amigo que ya reconozco a duras penas. No lo fue de inicio. Se pertrechó con lo necesario para cubrir las necesidades de su encierro, provisional. A medida que encontró su lugar en la silla, fue desapareciendo lo demás, efectos dramáticos que dirán en televisión. Y cuando dejó de comer, sin posibilidad de hacerlo cambiar de opinión, ¿para qué seguir  con la farsa de los alimentos?

Un abstemio total. No consume sed ni hambre ni vida.

En aquellos momentos inciertos y severos, buscó la manera de arreglarlo, ninguna. Quiso adivinar sus errores en el proceso, para más no repetirlos que invertirlos; llegó a mitad de camino con soluciones intermedias. Trató luego y durante de evolucionar sin cambio brusco, seguir siendo sin ser y ser otro. Complejo, aunque avanzó.

Hasta donde ahora se encuentra. La caja. La estatua. El futuro muerto.

Un réquiem.

Los primeros días en el piso compartido fueron más una broma que un propósito serio. Al menos para los compañeros. Fue a peor, progresiva y clandestinamente. Cerrando sus compuertas y vías de acceso.

Al no encontrar el silencio ermitaño necesario, regresó a casa paterna, el antaño infierno de impersonalidad. Y fue sorprendentemente abrumado e incomprendido. Asaltada su fortaleza individual y corporal de anacoreta por cuidados y preocupaciones.

Así que, cogió otra silla, quiero pensar que su favorita, cómoda al menos, y se tiró a la calle. Si no podía conseguir el silencio absoluto en confianza, lo haría en el centro del caos. Se situó en la más populosa plaza de nuestra de hirviente ciudad per se, se clausuró en la más grande ergonomía del esfuerzo, y allí sigue. Ajeno. Hueco.

Me sorprende no evaluara el perderse, viajar lejos y fuera. Encontrar ese lugar y momento de meditación. Entre la naturaleza. Alejado de sociedad. Ha elegido esta penitencia, y no puedo saber por qué.

A su alrededor, con beneplácito de las fuerzas del orden y mandato, se fue construyendo el resto. Como parte intregrante del paisaje. La caja de plexiglás. O puede que vidrio. Sólo unos jóvenes intentaron romperla a pedradas en las iniciáticas noches, sin resultados. Desde entonces, incluso tiene escolta fija, como autoridad cualquiera.

La prensa le dio voz muda y notoriedad, aunque nada tenía ni pensaba decir. Hicieron un calendario, previsiones del tiempo que aguantaría, que podría, para humano medio. Sobre las voluntades y causas. Eso involucró al populacho, ávido de otras vidas que no son las suyas.

Peregrinaje. Cantos y loas. Demandas para que saliere, recuperase la cordura, o al menos cumpliese el pacto de cuidar su organismo con ingesta mínima y vital. Era y es animado, jaleado, como si supiesen sus propósitos.

Es vitoreado a la tumba.

Se hacen fotos con un caído.

Diariamente se permite paso a sanitarios para comprobar sus constantes, su estado en desmejora. La piel ya parece por debajo del hueso, como una momia jugosa. Músculos y grasas son un recuerdo grotesco. Y su piel no se reseca debido a la magnífica ventilación instalada en la caja, con patrocinio incluido. Su debilidad es patente. Su respiración, episódica. Pero nadie quiere hacer nada. Es fuente de ingresos, es novedad, es noticia. ¿Quién se atrevería atreverá a el globo reventar?

Nadie y naide.

Yo acudo cada día, relegando olvidadas mis propias ocupaciones, ebrio de preocupación. Cobarde y timorato ante una respuesta o iniciativa. Podría, pero no lo hago. En ocasiones especiales, hablamos ya de semanas que son meses, me dejan entrar, permiso excelso familiar. Le hablo, le recuerdo, le cuento para que, si no reaccione, interiorice. Y me voy como he venido, frustrado, triste, pero ni la mitad de roto que mi amigo.

Y el cabrón no cae.

Parece incapaz de dormir, porque no ha cerrado los ojos. Sus párpados son persianas de un solo sentido. Esa es una de las más famosas preguntas para las encuestas, acertijo para médicos y especialistas, agoreros de audiencias. Especulan. Pero no pueden entender.

Yo sé que sí lo hace. Y no para bien. Por su nimio movimiento ocular. Uno de sus tesoros siempre ha sido el onírico. Sé que se pierde dentro de los sueños, en sus interioridades, y se atormenta en pesadillas. Que repite y revive. Que imagina. Todas las infinitas posibilidades y sus encrucijadas, todos los posibles desenlaces. Los sufre y los termina, pasando al siguiente. El infierno de la su mente. Siempre pensando, nunca ociosa. Eso hace y ahí vive y padece, que no disfruta.

Y no lo puedo o quiero contar. Tampoco creo que ayude.

Estamos en cuenta atrás. Los expertos coinciden que no podrá aguantar mucho más esa numantina resistencia. Que acabará por caer exangüe de la silla y dejará la posición de efigie. Que se paralizará tanto su corazón como su anatomía. Que un síncope apagará las luces, de restar iluminación.

De nuevo, no lo conocen. No se rendirá. Jamás. No será derrotado. Pretenda lo que pretenda, eso todavía no ha sucedido, y no podemos intuir si está cerca o lejos. Los límites no serán barreras para él.

Hoy es miércoles, día nueve. Nada diferente bajo las aguas o en el mundo. Estoy a su lado. Fuera del cristal. Junto a cientos de personas desconocidas que gritan y comentan, como en un espectáculo. No tardarán en vender entradas igual que mi amigo ya vende y publicita la urbe.

Pero…

Una ella. Ha llegado. No su ella. Está hablando con los seguridad custodios de su puerta. Intento acercarme, escuchar. Debe haberlos convencido, porque la franquean bajando el puente levadizo.

¡Ha entrado! ¿¡Quién es!?

Se acerca a él. Se agacha a su lado. Le habla al oído. La expectación es mayor, adulta. Nunca mudez así en multitud tan grande y pasional.

Pasan minutos que son segundos y parecen años. Él no parece reaccionar, asimilar, participar en la comunicación. Pero llega un leve asentimiento, un imperceptible movimiento de cabeza gacha. Infinitesimal. Ella le ofrece la mano. Él se levanta y la coge.

Un suspiro sobrecogido acaba con el oxigeno de la plaza.

¡La escultura se  mueve!

Se marchan, juntos. Salen de la caja. Se abre un pasillo de carne humana, una marabunta respetuosa que estalla de alegría injustificada. Que explota felicitaciones. Que se congratula y celebra… ¿qué?

Intento cruzar las masas que son océanos de estupidez. Seguir su estela. Acercarme y preguntar. Abrazar y besar a mi amigo resucitado.

Sin dificultad de movimiento, como si no pudieren ser tocados, pese a los intentos desesperados de la muchedumbre, que sigue partiéndose, se adentran en la fuente. Pisan las aguas dulces y cuasi artificiales.

Ya les alcanzo…

Se detienen. Se miran. Comparten. Nadie más entra. Nadie les sigue a ese coto que parece prohibido, su reducto y refugio acuático. Privado.

Sonríen.

Ya estoy. Casi les pillo. Casi les toco.

Y empiezan a bajar. Desciende por escalera imaginaria e invisible. Se hunden y desaparecen en profundidad mínima e imposible de centímetros, monedas y deseos. Se vuelve turbio el líquido elemento. Por breve. Recupera la claridad. Ya no están.

Mi mano sólo alcanza agua.

La exclamación es mayúscula. Sobredimensionada. Eco para satélites.

Se ha marchado. Se han marchado.

Me uno a los lloros que no a las plegarias ni a las euforias.

Me quedo con esa sonrisa postrera, penúltima, de reencuentro y no despedida.

Sé que estará bien. Pero… ¿quién es ella? Y, ¿cómo ha conseguido que acuda?     

¿Qué ha hecho? ¿Qué pasó dentro?

¿Ha sido todo una representación?

No sé cómo, pero creo que el maldito cabrón lo ha conseguido. Lo que fuere que intentare…

Ahora, ¿soy yo el loco?

¿Es posible que la silla me esté llamando…?

¡Jajajajajajajajajajajajaja!    

Publicado la semana 2. 10/01/2018
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