Semana
01
Merche Blázquez

Nos dieron las uvas, literalmente.

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Relato
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  Estoy seguro de que la Tierra, en su viaje alrededor del Sol, acelera durante la tarde del 31 de diciembre para poder llegar a tiempo a esa línea imaginaria que es el cambio de año. De otro modo, no se comprende que los humanos vayamos tan estresados esas últimas horas.

  A las siete de la tarde estaba yo en la ducha, porque no puedes presentarte de cualquier manera en el acontecimiento —si lo haces te señalan de por vida como a un apestado—, y Marta hizo el comentario supuestamente gracioso de cada año —«¡Espabila, que nos van a dar las uvas!»—, mientras me puteaba, creí yo, apagando la caldera y la luz del cuarto de baño. Hice aspavientos y maldije en romuliano al sentir el agua fría, y me propuse devolvérsela y hacer que ella llegara a las campanadas de peor humor que yo.

  —¿Qué has tocado? —dijo ella. Pasé de contestar a su provocación y salí de la bañera, mojado y a oscuras, con tan mala suerte que resbalé y me caí.

  De repente, había desaparecido mi estrés. Abrí los ojos y todo era blanco; bueno, todo menos una franja azul en la sábana, donde se podía leer «Hospital Clínico». Mentalmente, repasé todas las partes de mi cuerpo en busca de algún desastre, de algún dolor punzante que explicara mi presencia allí, pero no encontré nada, así que lo siguiente que busqué fue el timbre de llamada a la enfermera.

  —¡Vaya! ¡El bello durmiente despierta a tiempo para las uvas!

  —¿Qué hora es? —pregunté.

  —Las diez de la noche. Voy a dar aviso para que llamen a su mujer.

  Marta no perdonaba la cena por nada del mundo; debía de estar en la cafetería, y la muy zorra no se dio prisa alguna en venir: fuera lo que fuera que estaba comiendo era más importante que yo, especialmente estando embarazada, aunque solo fuera de dos meses. De haber podido, yo también habría ido a la cafetería. Sentía un vacío en el estómago como si llevara un año sin comer, y estaba convencido de que el peor de los bocadillos plastificados me iba a sentar mejor que la montaña de picoteo pitiminí que había preparado mi suegra.

  Sentí ganas de orinar. Divisé la puerta del baño desde mi puesto en la cama y me dispuse a alcanzar mi objetivo, pero nada más poner pie en el suelo me fallaron la piernas y me desparramé. Debí de tirar de algún cable importante, porque se encendió una luz roja y, al instante, un celador, un médico y tres enfermeras estaban en mi habitación devolviéndome a la cama y echándome una bronca monumental.

  —¡Pero hombre, ¿cómo se le ocurre?, está convaleciente!

  —Quería ir al baño.

  Al igual que en el famoso refrán sobre Mahoma y la montaña, en lugar de llevarme al baño, trajeron el baño a mi cama. No era ese el lugar en que había pensado meterla esa noche, pero lo hice y me alivié. Luego, una enfermera mojó unas cuantas tiras reactivas en mi pis y miró al médico con gestos de aprobación.

  —¿Me traerán cena, o me van a dar el alta ya?

  —¡Ja, ja, ja, ja! No tan deprisa, amigo, hay que ver qué tal tolera su estómago los alimentos. Probaremos con un zumo y, si todo va bien, podrá tomarse las uvas, eso sí, peladas y sin pepitas, como los niños.

  Y me trajeron el zumo. De melocotón, lo odio. Pero tenía tantas ganas de meter algo en el estómago que me lo tragué sin degustarlo. Y quizá debí haberlo degustado y así haber avisado al estómago de lo que le metía... Al no hacerlo, protestó. Quiso rechazarlo, pero yo fui más terco que él, y el zumo permaneció dentro, cosa que una enfermera parecía tener dificultades para creer, porque me acechaba con una palangana cual guardameta pretendiendo parar un penalti.

  Una media hora más tarde, se dio por vencida. Al abrir la puerta de la habitación, vi a Marta hablando con el médico. Parecía muy contenta, y estaba radiante, con un vestido que nunca le había visto. Marta acostumbraba a ir de compras sin que yo me enterase para luego sorprenderme con sus nuevas adquisiciones. No siempre eran vestidos, a veces era lencería, como dos meses atrás, por nuestro aniversario, y ya sabéis cuál fue el resultado.

  El médico parecía darle instrucciones, Marta asentía y se reía, y al final se abrazaron. ¿Quién coño era ese médico para tratar a mi mujer con esas confianzas? No, no iba a permitir que me jodieran el fin de año, y menos un matasanos de tres al cuarto. Decidí omitir lo que acababa de ver y centrarme en ella.

  —Hola... —me dijo con una enorme sonrisa y una sensualidad inusuales—. Menuda siesta, ¿eh? Te has salido con la tuya. —Y me besó.

  —Sí, me he librado de la cena con tus hermanos —contesté con picardía—. ¿Qué me pasó?

  —Se fue la luz y te caíste en el baño. Te diste un buen golpe en la cabeza.

  Me arrepentí de haber pensado que había sido ella quien apagaba la luz para putearme. No se me da bien eso de pedir disculpas, así que me limité a acariciar su cabello castaño ondulado.

  —¿Vas a recibir el año nuevo así? ¡Vamos, dúchate, que nos van a dar las uvas!

  Eran ya las 23:20. Volví a intentar ponerme en pie para ir al baño, aunque en esta ocasión me ayudó Marta. Parece que el azúcar del zumo no había sido suficiente para dar energía a mis músculos, y terminé siendo lavado por el personal sanitario. A las 23:40 pregunté por mi ropa, y me sacaron mi traje de las celebraciones. Me lo puse con mucha dificultad. Empecé a plantearme si estaba en condiciones para salir por mi propio pie.

  —Marta, ¿conducirás tú, cariño? Tenemos que darnos prisa, o no llegaremos a las uvas.

  —Mejor las tomamos aquí, ¿vale?

  Aunque me fastidie reconocerlo, sentí alivio. Apenas había sido capaz de vestirme, y quedaban solo siete minutos para las campanadas. Ni con la silla de ruedas que traía el celador en ese momento habría llegado a tiempo a ninguna parte. Me sentaron en ella y fuimos a la sala donde el personal tenía un televisor. En él se veía a los presentadores de siempre en la Puerta del Sol, como el año que fue, otra vez el champán,... Perdón, se me fue. ¿Por dónde iba? Ah, sí, por las uvas y el alquitrán. O sea, no, alquitrán no. Quise decir que nos dieron las uvas, literalmente: un platito a cada uno con las doce uvas que manda la tradición; las mías, peladas y sin pepitas. Y llegó el momento y, como cada año, sonó el carrillón, los cuartos y las doce campanadas. Todo tan rápido como siempre. Y al acabar, copa de cava en mano, los presentadores gritaron «¡Feliz 2019!».

  —A estos se les va la pinza —dije, pero Marta me miró amorosamente, negó con la cabeza y miró hacia la puerta. Por ella entraron mis suegros, con una preciosa bebé de cinco meses a la que habían llamado Esperanza mientras yo dormía durante un año.

Publicado la semana 1. 06/01/2018
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Mecano , La vida misma , En cualquier momento , uvas, golpe, cabeza, luz, coma, hospital
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