Semana
02
Marisa Herga

El móvil

Género
Relato
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1

El sonido del maldito despertador me rescató bruscamente de mi apacible sueño; me veía salir de mí y, sintiéndome otra persona que a la vez era yo misma, flotaba por encima de los tejados mirando las calles desde arriba. Atravesé campos de encinas, conseguí elevarme sobre las más altas cimas cubiertas de nieve, planeé por los extensos sembrados, crucé montes y divisé los más anchos ríos hasta avistar una inmensa superficie de agua de un azul sedante y que parecía no tener fin. Advertí que había llegado a mi destino definitivo. Me sentía segura, serena, una brisa húmeda acariciaba mi cara, sólo quería flotar y flotar arriba, sin detenerme.
Con la agilidad de un joven gamo, de un brinco salté de la cama como un soldado al toque de diana y mecánicamente realicé las mismas tareas y en el mismo orden de todos los días. Después de una ducha caliente, tomé el desayuno y me lavé los dientes, y sin olvidar el toque de carmín, el perfume, y colocarme los pendientes (nunca salgo sin pintarme los labios, sin perfumarme y sin ponerme mis pendientes, manías que tiene una), bajé los escalones trotando hasta la calle y sin mirar, asalté el primer autobús que pasaba; un bello joven bien vestido y recién perfumado me cedió su asiento, que yo agradecí con mi mejor sonrisa. Sin ninguna consideración arrojé mi cuerpo en el asiento como quien se deshace de un pesado fardo que le estorba y me quedé tan a gusto.
Ahora que había tomado posesión de mi sitio respiré profundamente, mientras el autobús seguía su marcha. Podía descansar y ver los mensajes recibidos en el móvil, que por cierto no había revisado desde la noche anterior. ¡Qué fastidio! el teléfono estaba apagado y no conseguía abrirlo. La batería se había agotado y, como siempre, no me había acordado de guardar el cargador. Me lo recriminé a mí misma con toda la severidad de que era capaz.
El vehículo continuaba su ruta haciendo las paradas reglamentarias y en cada trecho, unas personas bajaban y otras subían sin mirarse. No me fijé en el camino que tomaba, mi mente la ocupaba únicamente el artilugio telefónico que me estaba complicando la mañana. ¿Y si me habían enviado un correo corporativo desde el trabajo, o tal vez algún wasap que requiriera una contestación urgente? Enfurecí y lo miré rabiosa, de buena gana lo habría estampado contra el piso.
El autobús se detuvo dando un chirriante frenazo que me perforó la sien y me lanzó contra el asiento de enfrente e inmediatamente comenzó a vaciarse
2
a todo correr, uno tras otro, a toda prisa, los viajeros fueron bajando, atropellándose, como si huyeran de una catástrofe inminente.
Desde el fondo del vehículo llegó una voz impersonal, supongo que dirigiéndose a mí pues dentro no quedaba nadie ya:
-“Hemos llegado al final de trayecto. Tiene que bajarse”
Me apeé y quedé allí plantada sin saber hacía donde dirigirme, cuando aquel mamotreto arrancó expulsando una nube de denso humo negro y desaparecía en la lejania dejando tras de sí un rastro de olor a carburante. No reconocí el lugar, jamás estuve antes en ese sitio: delante de mí se extendía una explanada interminable donde se amontonaba una multitud de esqueletos de vehículos destrozados, retorcidos y apilados unos sobre otros.
Busqué quién pudiera darme noción del lugar, pero no hallé persona alguna que me ayudara. Con excepción de las montañas de coches, aquello parecía desierto. Mi impaciencia iba en aumento, volví a gritar desesperada:
-¿Hay alguien ahí?, por favor, necesito ayuda. Me he perdido.
Solo respondió el aire silbando al filtrarse por entre los tubos retorcidos de los habitantes del solitario cementerio.
Sin teléfono y sin nadie a quien acudir, me puse a caminar sin un rumbo concreto. No sé cuánto tiempo anduve sin lograr salir del laberinto de coches. Por fin crucé una puerta desvencijada igual que lo era ese destartalado lugar y aparecí en un enorme recinto lleno de tenebrosos neumáticos que venían hacia mí como gigantes hambrientos extendiendo sus brazos para atraparme. Volví a gritar, pero mi grito se quedó detenido en mi garganta.
Fui taspasando una puerta y luego otra, conducian a un recinto cada una, a veces parecía reducirse otras agrandarse, primero era un enorme camino sin fin, después una diminuta habitación y por fin la útima puerta se abrió a una sucia calle llena de basuras, con casas cochambrosas cuyas paredes estaban cubiertas de pintadas y donde varios grupos de hombres se apiñaban al calor de las hogueras. Temblaba de miedo, como alma que lleva el diablo huí de aquel lugar; en el horizonte el sol se despedía dibujando un gran círculo rojizo.
Crucé otra puerta, y esta vez me llevó a una amplia calle de altos edificios, muy transitada por coches que circulaban velozmente sin respetar los semáforos y las personas; muchas marchaban por la acera como autómatas a toda marcha, sin parar a mirarse y, sin reparar en mí presencia, pasaban de largo ante mí. Yo, ajena a aquel lugar, a ese momento, sólo quería regresar al confortable cobijo de mi morada.
3
Un niño se paró a mi lado, y tomando mi mano rescató mi desesperación con su sonrisa inocente.
– Ven, volvamos a casa, dijo con una dulce voz, y aferrándome a su manita cruzamos el caos de la calle, tratando de esquivar el estridente tráfico.
Hacía tiempo que el sol ya se escondió tras los enormes edificios y la noche iba tomando sitio sobre la ciudad, al tiempo que las luces iluminaban los escaparates de las tiendas que, a esa hora, comenzaban a llenarse de ávidos compradores. Miré y mi pequeño salvador había desaparecido de mi lado dejando prendida la cálida sensación de su mano en la mía.
La alarma del despertador me hizo abrir los ojos con desgana, y como un gato perezoso me estiré gozando de la cama un ratito más hasta que recordé angustiada que no había mirado el móvil desde la noche anterior.
Respiré con gran alivio, no tenía ningún mensaje y nadie me llamó. Me había quedado dormida pero ahora debía darme mucha prisa si no quería llegar tarde. Me incorporé de la cama, tomé un sorbo de café, me lavé los dientes, me pinté los labios, me puse mis pendientes favoritos y salí pitando escaleras abajo a la vez que me aplicaba unas gotitas de perfume en el cuello.

Publicado la semana 2. 08/01/2018
Etiquetas
De noche
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