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Marisa Herga

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Añorada Sarima:
Me decido por fin y ahora me atrevo a escribirte esta carta con la inseguridad de que quizá nunca llegue a tus manos y, acaso si la recibes, no quieras leerla, puede que, después de escrita, sea yo quien no me atreva a enviarla por temor a tu reacción y a ese endemoniado carácter tuyo, tan radical, que cuando dices negro es negro y cuando dices blanco es sólo blanco, no hay otra opción intermedia.
Me atrevo a decirte que, con tantos años que han pasado, ni un solo día dejé de pensar en ti. Me regodeaba en mi dolor, ya me conoces, el sentimiento trágico de mi propia existencia, siempre sufriente desde el nacimiento cuando aquellas fiebres me dejaron el brazo tarado para siempre y tuve condenada mi infancia a peregrinar de hospital en hospital. Te busqué, aunque no lo creas, acudí a los sitios que solíamos frecuentar cuando estábamos juntos y éramos tan felices, pregunté entre los conocidos de entonces por los lugares que ahora visitabas, cuáles eran los ambientes y los amigos nuevos que tratabas desde que me echaste de tu lado.
Esperé demasiado, lo supe después. Tendría que haber sido más decidido y no haberte hecho caso, debí insistir más, pelear para no perderte, no darme la vuelta y marcharme como hice, cobardemente. Estos absurdos celos míos, mis incontrolables dudas pesaban sobre mí impidiéndome razonar, reconocer que la verdad eras tú, que estaba ante mis ojos y no supe verla. Te había perdido,
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como tú dijiste, por “siempre jamás”, no dejaste ni siquiera la mínima posibilidad de ser amigos. Aquel día, todos los proyectos que forjamos para nuestro futuro quedaron aparcados “sine die”.
Puedo decir que no me ha ido mal la vida, terminé ese mismo curso la carrera y continué hasta titularme en la especialidad que siempre había deseado, me destinaron al cinturón urbano de Barcelona, donde ejercí mi verdadera vocación. Desde mi destino definitivo, concursé por un traslado que me trajera más cerca de nuestra tierra, porque en el fondo, yo quería volver y lo obtuve en una localidad cercana a Madrid.
Pasados seis años, hay que ver que soy lento, es algo que me reprocho continuamente, te llamé a casa. Fue tu padre quién atendió el teléfono, le dije que trataba de localizarte para hablar contigo. En principio no me reconocía hasta que recordó y fue él quien de golpe y sin anestesia, me dio un informe exhaustivo de los últimos acontecimientos importantes de tu vida: que ya no vivías con ellos, que habías formado una familia, que te habías casado, que tenías tu propia casa. Debí intuirlo. Pese a la sorpresa inicial ante la brutal noticia, reaccioné rápido, le pedí tu teléfono y él se negó a dármelo, con muy buen criterio, argumentando que no tenía tu autorización y si me lo facilitaba, te enfadarías. ¡Yo conozco cómo te las gastas cuando te enfadas¡
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Sentado en un banco del parque, te esperé durante días solo por verte salir del trabajo, sin atreverme a abordarte. Volvía cada día a sentarme en el mismo banco, aguardando durante horas verte cruzar la calle. Solo me atreví a observarte desde lejos, hasta que un día te vi salir caminando deprisa hacía donde él te esperaba y, colgada de su brazo, reías con esa alegría de los jóvenes enamorados que ansían que llegue la hora de encontrarse. Sentí que la envidia me corroía por dentro. Abatido ante la evidencia, abandoné el lugar.
Volví a mi vida y a mi magisterio con la intención de no regresar nunca. Y lo cumplí durante algunos años, hasta que, las circunstancias o mi propio deseo, me llevaron otra vez a la ciudad de nuestra juventud. Recorrí las calles que nos ampararon, reviví nuestros paseos y los encendidos debates para cambiar el mundo. Me volvían los olores, las sensaciones, sentía, como si fuera hoy, la suave tibieza de tus manos, los besos que nos dimos, nuestro tiempo tan lejano, me parecía presente ahora. Decidido llamé al teléfono de tu despacho, una voz masculina contestó de malas maneras cuando pregunté por ti, e inmediatamente colgó el auricular sin darme tiempo para dejarte un mensaje. Al día siguiente, lo intenté de nuevo en otro teléfono que aparecía en la guía. Esta vez fue una mujer que no me reconoció. Me llegué a tu antigua casa, pregunté a los vecinos, estos me dijeron que tus padres se habían ido y el piso se vendió. El destino se confabulaba en mi contra. No hubo forma, estaba condenado a no encontrarte.
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Pasaron los años, y volví a intentarlo. Esta vez sí lo conseguí: era tu voz al otro lado del teléfono. Me sentí trastornado y no conseguía pronunciar palabra. Tanto tiempo anhelando encontrarte y ahora que lo logré, me había quedado mudo. Atropelladamente, expliqué lo que pretendía, entonces me dijiste que tenías una hija y la circunstancia de ser madre hacía tu vida plenamente completa y feliz. Estuve muy torpe, lo reconozco, y no aceptaste mi invitación de tomarnos un café durante el que podíamos hablar, aclarar todas mis dudas y resolver las preguntas que me hice tantas veces durante todos estos años. Otra vez la última página de nuestra breve historia volvió a quedar en blanco. Estaba escrito que no nos encontraríamos.
Tengo una edad, por supuesto que tuve relaciones con algunas mujeres, pero debo decirte que todas pasaron sin dejar huella profunda dentro de mí y con ninguna llegué a hacer planes de futuro como hicimos nosotros. El tiempo que vivimos lo guardo en mi memoria como el más dichoso de mi existencia. Esto es así.
He vuelto aquí de nuevo, me ha traído el destino y las circunstancias ahora son otras. Estoy muy cerca de ti, más de lo que podrías pensar, pero tú no lo sabes. Te escribo desde esta aséptica y fría habitación, postrado en la cama que ocupo, rodeado de cables y aparatos con los que tratan de devolverme la salud.
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Perdona, no te lo he dicho. Hace cuatro años me diagnosticaron una leucemia y después de un largo tratamiento, parecía salir con éxito del negro túnel de la desesperanza. He vivido cierto tiempo sentado en una silla de ruedas y ahora que los médicos y yo habíamos conseguido vencer a la bestia, me embiste de nuevo con sus horribles aguijones.
Estoy viejo y muy cansado, nadie me va a echar de menos ni llorará por mí. No me importa nada ya, no tengo miedo a morir, me he preparado para ello durante casi toda mi vida pero siento que no me quede tiempo, que esto se acabe y el yo que quería ser por ti se quedó en el camino. Necesito solo un poco más, lo justo para decirte lo que siempre sentí desde aquella noche de primavera que nos conocimos. Me gustaste al instante, eras tan fuerte y segura, tan independiente, tu forma de pensar y de expresarte me atrajeron enseguida. Tu juventud y esa fresca alegría tuya aliviaban mi congénita amargura. Quiero que lo sepas antes de irme y pedirte que perdones mi torpeza por todo el daño que te haya causado y deseo de todo corazón que tu vida sea completa y llena de dicha.
Pero aún no, no puedo marcharme todavía, no quiero irme, necesito verte por última vez. Te espero.
Tuyo siempre,

Publicado la semana 1. 04/01/2018
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Edith Piaf-Je ne regrette de rien , La vida misma , Con ganas
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