Semana
02
Lorenzo Ko

Una anfitriona de muerte

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Ya se lo decía Eloise Oxlaide-Chamberlain, del 14 de la calle Tortoise, a sus compañeras de bingo. Cada martes se reunían en la mesa reservada junto a la ventana del Mex-Rolet Bar y pedían cuatro cartones por cabeza y, al tiempo que tachaba los números con su rotulador rojo de la suerte, una vez tomaba el turno de palabra, Eloise insistía e insistía en que su vecina de enfrente era una jovencita de esas que antes acababan en la hoguera. Pelirroja, con los ojos verdes, tenía un gato y un jardín delantero plantado de rododendros. ¿Quién planta rododendros en el pequeño césped frontal? Tachaba el 17 y repetía: 

—Esa chica no es de fiar, si lo sabré yo.

Sus amigas se abanicaban y reían como ríen las arrugadas abuelitas, con malicia pero sin maldad. Le recriminaban el chisme tachándolo de «otra de las suyas» y pasaban a otro asunto. Entonces, Eloise se enrrabietaba y echaba a perder aquel cartón que nunca llegaría a bingo, arrugado entre sus manos.

No es de extrañar que el 17 de abril del '76, cuando Sparkles le llevó el periódico bien enrrollado en sus fauces desde el felpudo hasta la cocina, Eloise derramase el café sobre su bata de satén. Tras secarse y mientras el perro le mordía las pantuflas para llamar su atención, leyó con detenimiento la noticia a fin de ser aún más profesional en su labor de resabidilla. Saboreaba cada palabra de aquel regalo que el karma le había traído. Se vistió con su mejor vestido de paño y se maquilló como para una boda, dejó en el cuenco de Sparkles las dos lonchas del bacon que ella no había llegado a desayunar y se subió en su monovolumen para hacerle una visitilla a Cassidy.

Esa mala pécora de Cassidy le había repetido hasta la saciedad que se estaba metiendo donde nadie le llamaba y algo así como que la curiosidad mató al gato. En realidad estaba resentida porque Marlon Williams le pidió a Eloise y no a ella que fuese su acompañante en el baile del último curso.

Condujo por las calles de la ciudad con la radio encendida. Cantaba muy desafinado y le pitaba al resto de conductores como quien da una palmadita en el culo y es que, tras treinta y cinco años de matrimonio aguantando al muermo de su marido al volante, cada vez que cogía el coche era fiesta. Decidió aprovechar el viaje para pasarse por el supermercado y matar dos pájaros de un tiro, así que giró a la izquierda en Low Avenue. 

Mientras caminaba por los pasillos con su carrito de la compra, descolgando solo los productos más baratos de su baldas, repasaba las últimas semanas.

La joven de la casa de enfrente recibía muchas visitas. Eloise había visto desde su ventana, separando sutilmente  las  cortinas, cómo los visitantes venían siempre solos, normalmente con alguna bolsa de papel en las manos, probablemente algún detalle en compensación por la cena o la comida a que les habían invitado. Ella los recibía con algún vestido ligero, sonriendo, con su gato en brazos. Ambos entraban, pero Eloise nunca vio salir a nadie. Alguna vez sintió que, antes de cerrar la puerta, la vecina miraba justo en su dirección, como supiese que estaba allí, a oscuras en su salón, espiándole.

Tuvo que guardar una cola muy larga hasta conseguir que el cajero le atendiese, así que silbó. Pagó con tarjeta de crédito, por supuesto, y volvió a cargar la compra, esta vez empaquetada en bolsas, en el carrito para poder meterlas más tarde en el maletero: la dura vida del falto de fuerzas.

El periódico revelaba que en el 13 de la calle Tortoise, frente a la casa de Eloise. se había descubierto uno de los crímenes más atroces que la ciudad era capaz de recordar. Las autoridades habían encontrado en un frigorífico las cabezas conservadas de al menos siete personas y una ingente cantidad de bolsitas de ketchup. El artículo no desvelaba bajo que pretexto había llegado la policía a registrar el lugar, pero lo que sí decía es que se desconocía el paradero del dueño de la casa y supuesto asesino. La investigación permanecía abierta y cualquier ayuda sería de gran ayuda. Ni que decir tiene que en la agenda de la policía local aparecía una cita con una tal Eloise Oxlaide-Chamberlain desde el mismo momento en que había recibido el periódico matinal.

Arrancó el vehículo para llegar cuanto antes. El dían antes había visto a los coches patrulla, por supuesto, aparcados frente a la casa, pero la cosa se alargó tanto que se quedó dormida sin remedio en la mecedora. Cuando se despertó, en mitad de la noche, con los pies fríos y Sparkles sobre su regazo, no quedaba indicio alguno de investigación. Cassidy no se lo iba a creer.

Aparcó a pocos pasos del departamento de su amiga, aquel era un barrio muy tranquilo. Subió los dos pisos de escaleras sin ascensor maldiciendo a todos los demonios y llamó al timbre con la respiración entrecortada. Sostenía una de las bolsas de la compra con algunos aperitivos y unas bolsitas de té deliciosas en una mano y, en la otra, el periódico, en alto, para exclamar un gran «¡te lo dije!» en cuanto se abriese la puerta que quedó en un grito sordo. La joven de la casa de enfrente abrió la puerta con una gran sonrisa, un vestido liviano y su gatito en brazos:

—¡Qué bien! ¡Hacía mucho que esperaba su visita! -exclamó la anfitriona- ¿Ha traído usted algo? ¡No era necesario! ¡Es todo un detalle!

 

Me gusta la narrativa negra solo cuando tiene un elemento oscuro, mágico e inexplicable racionalmente; supongo que eso la saca del cajón en que yo la meto, pero al fin y al cabo los cajones son una cosa muy fea. También adoro los títulos que son casi un chiste que, de tan malo, resulta obsceno.

He tenido muy poco tiempo para escribir esta historia y estará plagada de errores: pido perdón. Ha sido un bonito placer reinventar uno de los cuentos que escribí cuando empezaba hace muchos años y que ya solo existe en mi memoria.

Publicado la semana 2. 14/01/2018
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