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01
Lorenzo Ko

Bufandófobo

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A Amaya

 

Sucede cada año, en el mismísimo momento en que alguien, por primera vez en la ciudad, comenta «¡Menudo frío, parece que ha llegado el invierno!», que aparecen las bufandas.

Podría suponerse que para los farmaceúticos, que vivimos encerrados en el blanco de las batas, los armarios, las estanterías... la nieve pueda ser algo desconocido, pero no es así. Ese mismo día en que el invierno se constata, en mi farmacia empiezan a congregarse pequeños grupos de ancianos con abrigo largo, con una bufanda gigante enrollada al gaznate; los hombres suelen llevar boinas con visera y algunas mujeres llevan guantes, pero lo imprescindible es la bufanda. Poco a poco, los grupos van creciendo. El fenómeno quizá comience con dos mujeres que se encuentran y hablan incansables de sus nietos. Como por encanto, este acto cotidiano se prolongará en el tiempo hasta los primeros antihistamínicos primaverales.

Cuando yo empecé a trabajar a media jornada en la farmacia de Doña Margarita, recién salido de la universidad, con el corazón henchido y un hermoso tupé en la cabeza, no llegué a percibirlo. Yo notaba, sí, que conforme el calendario aldelgazaba días, más y más ancianos se congregaban allí. Lo consideraba algo normal: los ancianos son más propensos a enfermar y encontrarse allí es, como para los jóvenes un bar, un salir de la rutina al mundo.

Eso pensaba en un principio, cuando aún tenía pelo y conservaba alguna esperanza de triunfar en el amor. El paso de los años me volvió más atento a la par que aburrido, también tuvo a bien dejar sobre mi napia unos binoculares de montura fina pero de cristal grueso. Todo ello contribuyó, yo creo, a que entre los cúmulos de ancianos yo empezase a notarlo.

Es alguien sutil, que aparece solo en los márgenes de la percepción. Se le atisba en la periferia de lo visible, donde las sombras se mueven; se escucha apenas en murmullos escondidos en la conversación de los ancianos y su olor a duras penas se percibe entre la mezcolanza de colonias. No tiene una apariencia fija, a veces he creído verlo hombre y otras tantas mujer. Lo único seguro es su bufanda de lana, de un largo desconsiderado para con las ovejas, y una nariz gorda -gorda, muy gorda- de aureola roja.

Cuando cumplí veintiseis dejé de trabajar para Doña Margarita para hacerlo, esta vez a jornada completa, para el odioso señor Don Eusebio. No aguanté más de dos inviernos empleado, pero fueron suficientes para semiverlo de nuevo, ocupado en rondar a los ancianos, entrometido en sus chácharas como uno más. Más tarde, abrí mi propio establecimiento en el barrio en el que había vivido en mi infancia, en mi ciudad natal, y, cómo no, allí lo encontré tras los primeros días del vaho.

Está en todos lados, es imposible encontrarle en la farmacia de la esquina, correr a toda velocidad sobre tu patinete hasta la más cercana y no notar que, efectivamente, sin que te haya adelantado en el camino, allí está. Lo he probado ya.

Muchas veces he tratado de acercarme a ello, de sorprenderlo haciendo como que repongo las papillas de bebé o los termómetros digitales, haciendo ver que la señora Jimena olvida su cambio o que la señora Paula -La Polainas- se ha equivocado de receta. Todo ha sido en vano. Parece que me salude cuando levanto la persiana por la mañana, parece que se despida cuando la cierro por la noche.

Cuando aún no era calvo del todo y tenía un perro que se llamaba Brogg y un novio muy mono que se llamaba Moisés, dediqué un verano de insulsas esperas tras el mostrador a inventar un instrumento capaz de atraparlo. Basé mi idea en Los Cazafantasmas. Consistía, a grandes rasgos, en un aspirador de mano de esos que ya no se estilan al que había acoplado todo tipo de luminotecnia a fin de un acabado más brillante -¿qué esperaban? Soy farmaceútico, no inventor-.

Fue en vano y creo que conseguí enfadarle: ese invierno no hubo ancianos, casi parecía que los que tristemente habían fenecido no habían dejado su puesto a cargo de otro entrañable viejecillo. Mis ingresos disminuyeron tanto que pasé las navidades envuelto en cuatro o cinco mantas por no poder comprar queroseno para mi estufilla. Moisés dijo que él no podía vivir así, con los pies fríos, y me dejó para coger el primer vuelo a Canarias; Broog me chupó la cara porque no tenía pienso en su platillo.

Acaso sea el espíritu del resfriado, acaso sean imaginaciones mías.

Cuando muera, estoy convencido de ello, algunos de los viejecillos con los que trabé amistad en mis años de trabajo acudirán a la cita en el tanatorio y, entre ellos, aparecerá eso. No con pena, no con sorna, simplemente habrá de estar como habrá de estar cuando mi hija, Carol, mi pequeñita Carol, farmaceútica como su papá, reabra el negocio tras los días del luto.

Personalmente, me gusta saber que los cuentos están escritos por personas y para personas. Por eso disfruto mucho cuando el autor da una pequeña explicación que hace que estemos más cerca el uno del otro.

Este cuento nació de la palabra que le da título, la "inventé" de broma con una amiga (Paula) y me resultó muy graciosa. Decidí sacar algo de ahí, aunque cualquier filólogo que se precie se enfadaría si se le dijese que un autor ha procedido de esta manera; ¿os anticipo lo que hará? Dirá que es imposible.

Quiero regalárselo a Amaya, que estudia mucho, mucho, aunque yo insista en lo contrario. Para darle fuerza y ánimo, para que sea ella quien descubra quién es este espíritu del resfriado, alma de la senectud o lo que diablos sea eso y que lo erradique, si es que quiere, cuando sea una médico de primera.

Publicado la semana 1. 06/01/2018
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En el primer día del invierno, Con las manos frías
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