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Poesía
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El color blanco.

El mayor enemigo del creador.

El lienzo en blanco, la página en blanco, la partitura en blanco.

Blanco virginal, impoluto, inmaculado... Blanco odioso.

¿Odioso?

Sí, porque siempre aparece el temor de no estar a la altura, de no ser digno de romper la maravillosa quietud que expresa el eterno símbolo de la pureza, sin tacha ni defecto.

La desazonadora sensación de que se ha profanado la perfección, de que ha sido inútil romper el silencio, que el mundo antes era un lugar mejor al que no se le ha aportado nada interesante.

Si, porque siempre asalta la duda de si es necesario (o conveniente) el desnudar el alma sobre el papel, el lienzo, la partitura, o, como hoy en día es común, la pantalla del ordenador, para intentar pergeñar una obra personal, preñada de tu esencia y tu espíritu, o bien, despachar el lance con una creación impersonal, comercial, apta para todos los espectadores, con la que contentar a todos los públicos, salvo a aquellos que buscan zambullirse en las profundidades de las almas torturadas, esos que sólo encuentran consuelo hurgando en la exposición del dolor ajeno.

Si, porque es muy difícil acertar con el instante justo en el que la experimentación debe fluir, en el que los convencionalismos se deben dejar atrás, y el blanco se debe tornar en poso de caminos nunca recorridos, en grava de territorios inexplorados, que quizá sirvan al creador para tocar la gloria... o para ser demonizado sin piedad.

Porque una vez que se toma la decisión de manchar el blanco, de despertar la materia dormida, no hay marcha atrás, no hay camino de retorno, no hay manera de reponer el estado original.

Una vez que se ha comenzado a crear, la suerte está echada.

Y da comienzo la gran paradoja. Lo que fue un inmenso sufrimiento para nacer, crece y se desarrolla de forma dinámica, audaz incluso, y las palabras brotan a borbotones, las notas musicales suenan en tropel, los colores se esparcen por el lienzo, la obra derrocha vida.

Y aparece la otra gran duda.

¿Cuando detener la creación? ¿Cuando poner el tapón que contenga la impetuosidad del verbo, la rítmica de los tambores, el movimiento del pincel?

¿Cuándo está una obra acabada? ¿Cuanto se ha de mancillar el blanco para que se considere suficiente?

Puede que una vida entera no sea bastante para conocer la respuesta

Publicado la semana 1. 05/01/2018
Etiquetas
Musica electronica experimental , Todo lo vivido , En cualquier momento
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