Semana
07
El hombre topo

El espantapájaros - (VII)

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Esa fue la primera vez que lloré en mi vida; la primera de las tres en que hasta ahora lo he hecho. Estoy seguro de que no fue la primera en realidad y de que lloré muchas otras veces, aunque bastante antes que esa, o al menos tan alejadas en el tiempo, la última de la primera, que no tengo una imagen clara de ellas, ni tan siquiera del motivo que desencadenó aquellos llantos ya olvidados. Por eso siempre la consideré la primera por ser la única que recordaba en aquel entonces. No es que no hubiera tenido ganas hasta ese momento o que mis sentimientos no buscaran la vía del llanto para exteriorizarse. No, las ganas de llorar siempre habían estado presentes en mis pensamientos, sobre todo al acostarme por las noches, agotado y hambriento y con miedo al regreso de padre; o al despertarme y ser consciente del día que se me venía encima. Si no lo había hecho antes, llorar quiero decir, había sido porque me tragaba mis propias lágrimas por no mostrarme débil o sentirme yo vulnerable, como envalentonándome ante los ataques de la familia, o puede que por no darles el gusto de conseguir lo que querían, que recogieran su botín con la forma de mis lágrimas y se sintieran así menos insustanciales o más importantes. Pronto comprendí que sus actos de pura maldad hacia mí solo buscaban un objetivo que era el de hacerme sufrir y que ellos lo vieran y lo disfrutaran y se regocijaran en ese sufrimiento mío; y así sintieran que, al menos es esta vida, había alguien más desgraciado que ellos y casi se ensañaran al ver el daño ocasionado desde su escalón más elevado, mirándome a los ojos con superioridad mientras intentaban provocarme más dolor aún. Fue por ese motivo que decidí no darles el placer de verme llorar nunca más y puede decirse que lo conseguí a pesar de todo lo sufrido y pasado junto a ellos.

            Pero, en ese momento en el que me encontraba ahora y en el que adquirí conciencia de mi situación real, no pude frenar las lágrimas ni los sollozos entrecortados que me asaltaron casi por sorpresa o con la guardia baja. Desconozco el tiempo exacto que estuve llorando, abrazado a mis finas piernas, con las rodillas encajadas en las cuencas de mis ojos, sentado en el hueco que había entre aquellos dos contenedores de basuras y con un recipiente de plástico repleto de pasta con tomate frente a mí. No sé si fueron diez minutos o media hora, quizá fueron varias horas aunque a mí se me pasaran volando, como si apenas hubiera dado tiempo a soltar un suspiro. Nunca había tenido un reloj y medir el tiempo en base a unas medidas que desconocía era impensable; es por ello que me resulta imposible darle un dato exacto al respecto. Solo sé que estuve mucho tiempo llorando a pesar de que se me hizo corto, o eso creo; o quizá fue que me supo a poco ese primer llanto

            Cuando por fin pude frenarlo, tan despacio como nuestro cuerpo va tapando el sangrado de las heridas, me asaltó una necesidad imperiosa de beber agua, como si me hubiera deshidratado de repente. Supongo que es imposible perder tanta agua como para vaciarse del todo en una misma sesión de lloro pero me sentía así, seco y sin reservas. Mi garganta parecía un tubo de cartón y mi boca estaba pastosa o sin saliva hasta el punto de que mi lengua llegaba a quedarse pegada unos instantes al paladar antes de caer por el peso de la gravedad. Me sequé las lágrimas, o lo que quedaba de ellas, con la manga de la chaqueta y mentalmente fui haciendo el recorrido que me separaba de la fuente más cercana. Había varias opciones, el agua en el pueblo nunca fue un problema, pero me decidí por ir a la que estaba situada en la plaza principal del barrio, escondida o disimulada entre dos columnas de los soportales que la circundaban. Me agaché para recoger la comida que había encontrado esa mañana antes de derrumbarme pero antes de llegar a tocar siquiera el recipiente de plástico una voz me sorprendió por la espalda.

            —Más te vale no estar pensando en llevarte eso a ninguna parte. Come lo que quieras o necesites o te quepa, lo mismo me da, pero la fiambrera se queda donde estaba.

            Lo que más me sorprendió de todo no fue el tono imperativo, casi militar o puede que agresivo de sus palabras, sino escuchar una voz masculina que no fuera la de padre, o al menos sin esas consonantes duras que resbalaban en su paladar por culpa del alcohol y sin que sus sílabas raspasen en su garganta al ser pronunciadas. No era la voz de padre la que pronunció aquellas palabras pero podría haberlo sido de haber llevado una vida totalmente diferente, sin las muescas que graban en la voz los excesos del pasado.

            Abuelo, el padre de padre, era una persona delgada; tan fino como padre pero consumido por otros motivos. Si padre estaba delgado por culpa de su adicción al alcohol, abuelo tenía la figura de un hombre que tiene que cargar todos los días con un peso sobre sus hombros mucho mayor que él mismo o del que pudieran soportar sus envejecidos músculos. No era delgado por estar mal alimentado sino más bien daba la impresión de que sus preocupaciones consumían la mayor parte de las calorías que ingería. En efecto, su físico era muy similar al de padre, barba incluida, pero ambos habían seguido caminos muy diferentes hasta llegar al punto de parecerse. Quizá lo único diferente que se les intuía era su mirada. No sus ojos propiamente dichos, que eran marrones como marrones son los míos, sino la forma de mirar y de escrutarte que tenía abuelo; como esperando a coger el más mínimo gesto que se te escapara y desvelar con él cualquier oscuro rincón de tu personalidad. Solo observándote era capaz de conocer tus debilidades y fortalezas mejor que tú; o al menos esa impresión daba. La mirada de padre, en cambio, era vacía. Más parecida a la de un muerto o una mala escultura. No transmitía nada porque nada había tras esos ojos que no fuera la más absoluta nada.

            Cuando oí pronunciar esas primeras palabras que me dirigió abuelo yo aún no sabía que compartíamos rama en nuestro árbol genealógico ni que fuera él el causante directo de mi vida y, en definitiva, de todos mis problemas, y no pude reaccionar de otra manera que no fuera quedarme paralizado por la sorpresa.

            —Para ser hijo de quién eres pareces bastante lento, al menos para reaccionar ante un imprevisto. Ninguno de los otros tres animales se habría quedado parado como un idiota. Me habrían intentado golpear o escupir, esas cosas que hacen ellos siempre; pero tú te has quedado parado como un pasmarote. Haces que me replantee pensar si eres hijo de quién eres en realidad.

            Su voz seguía siendo autoritaria pero se notaba en ella un tono de cansancio que se fue haciendo más evidente según se fueron agotando las fuerzas que empleaba en ocultarlo. La firmeza y autoritarismo que reflejaba la primera frase se fue desvaneciendo lentamente hasta parecer el viejo decrépito que era en realidad.

            — Lo siento —acerté a decir entre balbuceos.

            — ¿Lo siento, por qué? ¿Has hecho algo malo o sientes que estés robando acaso? No pidas perdón nunca si no estás seguro de que es tu último recurso o salida ante una situación problemática o embarazosa. Nadie debería tener que pedir perdón nunca y mucho menos un muchacho en tu situación.

            Hablar con abuelo a veces podía ser extenuante. Como si con cada frase que decía te estuviera intentando enseñar una lección de vida o marcándote una pauta de comportamiento para el futuro; además, solía rematar sus pequeños discursos docentes con una sentencia o ley universal que proclamaba en voz baja, como si en realidad fuera a él mismo al que se lo estuviera enseñando. Aquella escena me estaba resultando muy extraña, al ser todavía un desconocido para mí, y solo quería largarme de allí a beber agua para después continuar con mi miserable vida como había hecho hasta ahora; no obstante, al parecer, a aquel anciano no le parecía bien del todo o no le apetecía dejar así algo que ya había comenzado.

            — Lo decía por intentar llevarme el recipiente. No sabía que no pudiera desplazarlo —proseguí con mis excusas.

            — Y como no lo sabías es absurdo que pidas perdón. Cierra esa boca si lo que vas a soltar son más disculpas o tonterías. Si eres idiota al menos intenta que la gente no lo sepa a la primera—volvió a soltar en susurros—. No has comido nada —dijo, elevando la voz de nuevo y señalando con la punta de su bastón desgastado el recipiente de pasta que, según parecía, me había dejado él—. ¿No piensas hacerlo? Me extraña que no tengas hambre. ¿No me han quedado buenos? Espero que no empieces a comportarte de manera exquisita con las comidas a estas alturas porque no soy ningún chef ni me sobra el dinero para manjares tampoco.

            — No, no es eso. No los he probado, ni tan siquiera olido, pero seguro que están buenos. Solo iba a acercarme a la fuente a por agua. Volveré enseguida.

            — Empieza a comer, muchacho. ¿Piensas que voy a quedarme aquí de pie como un guardia inglés esperando a que su majestad vuelva de refrescarse? Ni se te ocurra pensarlo. Ya voy yo a traerte un vaso. Tú, come.

            Sus gruñidos cansados se fueron alejando despacio en dirección a uno de los portales que había enfrente de los contenedores. Una vez en él sacó de su bolsillo un pequeño manojo de llaves que llevaba atado a una cuerda y abrió la puerta con una de ellas. Abuelo andaba con dificultad pero era más bien una dificultad impostada o disimulada, como si en realidad pudiera andar perfectamente pero no quisiera hacerlo; arrastraba los pies tras su bastón aunque no lo hacía con toda la superficie de su suela, solo la parte de los talones era la que rozaba con el firme a cada paso; más que caminar, abuelo se deslizaba. Fruto de esos andares fingidos tenía la parte trasera de sus zapatos totalmente desgastados, casi sin suela, aunque no parecía que eso le importase demasiado a la hora de andar. Además de sus envejecidos pasos también llamaba la atención en su caminar la extrema rectitud de su espalda, como si la tuviera entablillada o escayolada. De tan recta que era, su postura resultaba artificial a simple vista, pero en ningún momento invitaba a pensar que fuera por alguna operación o lesión. Todo ello en su conjunto daba a abuelo un aire ridículo o poco serio lo que podía llevarte a cometer el error de tomarle por un loco o un demente y que para nada te hacían intuir la seriedad que empleaba en el resto de aspectos de su vida.

            Cuando salió del portal se acercó donde yo estaba y posó una botella de plástico llena de agua junto al recipiente con comida que me había dejado anteriormente. Con la sed que tenía, la botella me duró apenas un trago y recuerdo que estaba tan fría que me dieron pinchazos en el cerebro mientras la terminaba. Abuelo, esta vez, no pronunció palabra. Yo comía y él observaba a una distancia prudente y en silencio, intentando descifrarme o quizá buscando rasgos peligrosos en mi personalidad, de aquellos de los que hacía gala la familia, antes de que fuera demasiado tarde para él y se viera sorprendido por un golpe en la cara o algún escupitajo sorpresa. No recuerdo muy bien de qué estuvimos hablando después, de cosas sin importancia imagino, de esas que no merece la pena guardar ocupando espacio en el cerebro. Lo que sí recuerdo es lo último que me dijo antes de despedirnos aquella tarde, no porque fuera relevante o importante sino porque despertó mi curiosidad y las ganas de regresar al día siguiente más que el mismo hambre que siempre me acompañaba.

            — Mañana ven a aquí a la misma hora, puede que te cuente un par de cosas sobre el salvaje de tu padre.

Publicado la semana 7. 12/02/2018
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Duke Ellington , En cualquier momento
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