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02
El hombre topo

El espantapájaros - (II)

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Relato
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El contexto de esta historia, y el de mi vida en definitiva o su entorno al menos, está compuesto por dos elementos que, sin llegar a influir de igual forma en todos mis actos, sí tienen cierto peso que es necesario conocer antes de intentar sacar conclusión alguna sobre lo sucedido durante todos estos años. El primero de ellos es la familia, el más importante de todos, sin duda, porque la familia nos da pautas, valores, modales y un hueco en la vida por el que merece la pena luchar. Nos da algo por lo que vivir y algo que proteger y nos da las armas para hacerlo; nos da un motivo por el que construir muros que nos hagan sentir seguros, en definitiva; y sin esa familia que nos define desde el nacimiento no tenemos una barrera que nos limite y proteja al mismo tiempo. No tener muros, los de la familia, da libertad y, a veces ahoga, deja respirar pero quita oxígeno, nos hace endebles, vulnerables, convierte todo en más emocionante pero nos quita seguridad llegando a ser estresante. Hace crecer el miedo en nosotros al sentirnos solos, por estarlo realmente; y no hay ser más peligroso que uno con miedo a perder lo poco que tiene o sin nada que merezca la pena proteger. La familia nos es elemental por ser nosotros animales y lo que nos enseña, transmite y dona nos transforma en humanos.

El otro elemento que encuadra o enmarca mi vida y mis actos, junto con la familia, es mi casa, más en concreto su huerto; y por ser la casa el más leve en apariencia de los dos, pero más profundo para mí en importancia, comenzaré mi historia contándole dónde crecí. Las casas son muy parecidas a las personas y no es difícil ver la similitud entre ambos. Tienen fachada como tienen cara las personas; unas bonitas y otras feas, y nos atraen más las bonitas aunque sabemos que muchas de ellas, casas y personas, pueden esconder auténticos palacios dentro de fachadas horribles o, por el contrario, merecer el derrumbe aunque parezcan un lujo; al igual que una persona cuyo rostro sea agradable a la vista, o guapo, puede albergar en su interior el monstruo más horrible que jamás hayamos conocido. Una fachada, a simple vista, puede parecer pobre y por el contrario ser sus ladrillos de oro aunque estos estén cubiertos de la pintura más simple. Otras, en cambio, puede que parezcan rebosar suntuosidad pero hasta el elemento más pobre puede parecer el más rico; y viceversa, si no se analizan con detenimiento y minuciosidad todos sus detalles. El aspecto exterior de una casas puede espantar a quien en una noche oscura y de lluvia busca refugio por parecer esta siniestra, tétrica o descuidada; porque solemos dar por hecho que esa casa es el reflejo de los que la habitan y aunque esto no es así por lo general, en muchos casos se cumple, y la mayoría decidiremos no correr el riesgo, por si acaso. Si por el contrario nos encontrásemos con una casa a las afueras de la ciudad de fachadas blancas recién pintadas, flores en el alféizar de las ventanas y un sendero de guijarros bien ordenados hasta la puerta, acudiríamos a tocar su aldaba sin plantearnos por un segundo que los mejores asesinos, los que nunca son cogidos o sorprendidos en un error de bulto, son los más minuciosos y los que mejor cuidan las apariencias.

Nosotros, la familia, sí vivíamos en una casa a las afueras de la ciudad pero no era una casa que pudieras ver en un postal como ejemplo de felicidad y armonía. Vivíamos, más que en una casa, en una chabola o chamizo, un cuchitril a punto de derrumbarse que los padres de mi padre, le regalaron con la esperanza de que amaneciera muerto un día a causa del alcohol, o las drogas a las que también estaba enganchado por esa época, y que dejara así de torturar sus ya cansadas vidas. Lo querían muerto o lejos y como no estaban dispuestos a mancharse las manos para que falleciera decidieron llevarlo lejos y rezar porque alguna borrachera se le fuera de las manos y amaneciera sin vida, convencidos de que el mundo en general, y el suyo en concreto, sería un lugar mucho mejor sin padre pisando sus calles. Yo conviví con él durante varios años antes de su muerte y puedo entender que sus propios padres lo quisieran lo más lejos posible por muy hijo suyo que este fuera, incluso compartí con ellos ese deseo por su muerte hasta que sucedió por fin y por fortuna.

La casa estaba situada entre un conjunto de tierras de cultivo ya abandonadas hacía años por sus dueños porque, al igual que nosotros, no daban nada que mereciera la pena el esfuerzo que requería su cultivo. Eran tierras duras, muy difíciles de arar y escasas en nutrientes, y conseguir que de allí saliera una cosecha decente requería una inversión de trabajo y dinero que pocos estaban dispuestos a emplear. Con la apertura de varias fábricas en la zona que necesitaban mano de obra para sus máquinas, las tierras fueron abandonadas a su suerte, y con razón. Eran lo más parecido a un desierto que se podía encontrar por aquella zona y solo las malas hierbas crecían en ellas sin control alguno; al igual que nosotros. Para llegar a la casa o chamizo o chabola había que caminar un par de kilómetros por un sendero de tierra que había sobrevivido dibujado entre la maleza gracias a nuestro uso diario; lo recorríamos pronto, por la mañana de camino al pueblo y no volvíamos hasta que no teníamos la seguridad de haber comido lo suficiente de los contenedores o de la caridad de la gente para poder regresar a casa con la certeza de tener las reservas necesarias para poder emprender el mismo esfuerzo al día siguiente con garantías de no desmayarnos antes de llegar al centro del pueblo. Todos excepto padre, que dedicaba sus energías casi de manera exclusiva al alcohol.

Nuestra casa era pequeña, de una sola planta con techos bajos. Estaba pintada de blanco, o eso se intuía en sus desconchados muros que no habían vuelto a ser atendidos desde la última vez que alguien se había preocupado por ella, y amenazaba con desplomarse sobre nuestras cabezas al primer inconveniente. Había sido una casa de paso para algún agricultor de la zona y utilizada para aquellos días en los que se le hiciera tarde labrando o como simple refugio en los temporales, o como techo donde guardar algunos aperos y descansar y comer a mediodía, cuando el sol más aprieta y es necesario el descanso. Cuando fue abandonada y vendida a los padres de padre, la familia se hizo cargo de ella y empezó a reflejar en su exterior lo que ocurría en el interior. El tejado tenía varias calvas y cuando llovía los suelos se encharcaban y tardaban días en secarse. Una familia normal habría puesto cubos debajo de cada gotera pero nosotros no éramos una familia normal, ni teníamos tantos cubos. Ninguna ventana estaba completa y ninguna de ellas cerraba en condiciones. Cuando el viento se levantaba, los cristales se quebraban con los golpes del viento que recorría la casa y más de uno de ellos se me clavó en los pies desnudos cuando era pequeño; incluso varios días después de haberse roto permanecían en el suelo amenazando con cortarnos algún músculo o tendón si caminábamos despistados.

La planta de la casa era rectangular y a pesar de su sencillez estaba construida con bastante cabeza. La cocina y el baño estaban orientados al norte, al ser las estancias donde menos tiempo se pasaba y menos calor natural se necesitaba, y los dormitorios miraban al sur donde recibían la luz solar durante gran parte del día. Salón no teníamos porque al ser tan pequeña solo disponía de una habitación y mis padres lo habían reconvertido en dormitorio principal; pero, a pesar de todas las posibilidades que tenía nunca dejó de ser la casa de un yonki destinada a convertirse en su tumba. Ni siquiera durante todos los años que vivimos los cuatro allí juntos llegó a ser algo más que un estercolero maloliente donde caerse muerto.

Desde que tuve uso de razón no recuerdo haber visto nunca el baño abierto o con opción de haber sido utilizado en algún momento. Solo las cucarachas que vivían con nosotros se aventuraban a entrar de vez en cuando en él por debajo de la puerta ennegrecida por la suciedad y el moho y nunca llegué a ver a ninguna de ellas salir de allí. Quizá era como un cementerio de elefantes al que iban a morir cuando estaban demasiado viejas, o puede que en su interior hubiera un pozo al que se tiraban buscando quitarse la vida cuando ya no soportaban más nuestra presencia. No me hubiera extrañado, al menos, que una cucaracha o cualquier insecto hubiera preferido morir antes que tener que vivir bajo nuestro mismo techo un segundo más del necesario. En numerosas ocasiones, cuando era pequeño, intenté abrir la puerta del baño para ver qué había dentro para que mereciera la pena mantener la puerta en pie, sin usarla para hacer fuego como había sucedido con el resto de puertas de la casa pero, debido a mi pobre alimentación, yo apenas tenía la fuerza necesaria para mover un picaporte y no iba a malgastarla en satisfacer mi estúpida curiosidad en una estancia que si había mantenido su puerta encajada en las bisagras debía ser porque aquello que albergaba era mejor mantenerlo oculto. Para mí era como que la puerta de una caja fuerte de un banco, de esas que pesan toneladas y tiene varios cilindros de metal que actúan como cerrojo, estuviera colocada en medio del pasillo de mi casa; o, por lo menos, tenía las mismas posibilidades de abrir ambas.

Los dormitorios estaban pegados el uno al otro y para acceder al nuestro, el de hermano y mío, aunque era más de hermano que de mi propiedad, debíamos acceder a través del dormitorio principal, al ser este el salón reconvertido en alcoba. No había puerta de separación entre una y otra estancia, ni entre estas y ninguna otra. Solo el baño gozaba del privilegio de la privacidad, en este caso eterna por ser imposible abrirla, y muchas noches deseé dar mi vida por una puerta que me diera un respiro durante unas pocas horas. Muchas veces, quizá demasiadas, aunque una ya es un exceso para un niño pero también para un adulto, llegué a orinarme encima viendo en la oscuridad de la noche cómo padre se tambaleaba intentando zafarse de alguna de sus ajadas botas, mientras yo temblaba de miedo suplicando en mis pensamientos porque no dirigiera su mirada hacia mí, que lo observaba sin respirar desde debajo de mi sábana. Muchas veces conseguía evitarle pero otras cuantas clavaba sus ojos en el bulto tembloroso que era mi cuerpo y pagaba conmigo el no haber conseguido emborracharse lo suficiente.

En cuanto a la cocina era un pozo maloliente de huesos y raspas de pescado en descomposición desperdigados por toda la estancia, en la que lo único que destacaba era un pequeño hornillo de gas donde madre cocinaba la poca comida que conseguía mendigando; que además de poca repartía mal y solo hermano y madre solían disfrutar de ella. Aunque lo de verdad interesante, lo que a mí me ataba a ese agujero, estaba detrás; una puerta de aluminio en la propia cocina daba directamente al exterior, a un patio trasero lleno de basura y trastos inservibles que para mí era una entrada al paraíso o al mismo jardín del Edén; y no lo era, ni mucho menos, pero en esos pocos metros de tierra que durante años usamos como baño, abonando de manera involuntaria su tierra y cargándola de nutrientes sin pretenderlo, yo cultivé mi huerto; porque la naturaleza es así y rara vez deshecha nada, y puede que no fuera el mejor huerto del mundo ni las mías las mejores verduras de entre todas las que se pueden encontrar en el mercado, pero eran mías; y a veces la posesión más insignificante para unos es la más grande para otros y ese huerto, mi huerto, me salvó de morir de hambre. Y no es poca cosa esta, creo yo.

Publicado la semana 2. 08/01/2018
Etiquetas
Thelonious Monk , En cualquier momento
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