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03
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Relato
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Miedo. Nada definiría mejor la sensación que la embargaba en la penumbra de aquellos bancales.

Apenas acababa de cumplir seis años, pero esa edad, en plena posguerra, era la más apropiada para que comenzara a ocuparse de algunas de las tareas de los mayores. Y regar la huerta, aunque fuera en medio de la tenebrosa oscuridad de aquella noche sin luna, era una de esas tareas.

Estaba segura de que no estaba sola, algo o alguien la acechaba en medio de aquella penumbra.

—¡Padre! —gritó.

La esperanza de que fuera él quien la estuviera vigilando en su primera labor como adulta se diluyó al no recibir respuesta.

—¿Quién anda ahí? —volvió a gritar, esta vez más fuerte.

Nada. Solo podía escuchar el murmullo del agua, un poco más arriba, y el monótono canto de los grillos.

El aullido cercano de un zorro la sobresaltó.

—Tranquilízate, Pilar, no hacen nada si no los molesto—susurró.

Trataba de darse ánimos con aquella frase que tantas veces escuchó decir a sus padres sin conseguirlo.

Comenzó a caminar y un escalofrío recorrió su espalda. Ya era muy consciente de que algo, o alguien, la seguía muy de cerca. No era capaz de mirar atrás. Por el rabillo del ojo intuía con espanto como las hierbas, que se cerraban tras su paso, volvían a abrirse de inmediato, al paso de su perseguidor. Escuchaba los roces de sus ropas o, tal vez, de su pelaje, pero ningún jadeo, ningún sonido de pasos, ningún gruñido llegaba hasta sus oídos.

Aceleró su paso.

El miedo dejó paso al terror. Cuanto más corría, más lo hacía aquello también. Cada vez era más consciente de que le iba a resultar imposible dejarlo atrás. A cada paso que daba esperaba sentir las garras de esa cosa hundiéndose en su piel, o un zarpazo, o unos dientes destrozando sus gemelos.

Su corazón parecía querer salirse de su pecho, ya no podía más. Solo le quedaba resignarse a su suerte.

Detuvo su paso, elevó los hombros y cerró los ojos. Estaba preparada para cualquier cosa que le pudiera suceder. Esperó sobrecogida, con todo el vello erizado.

Nada ocurrió.

Había dejado de escuchar los roces que producía su perseguidor, solo oía su propia respiración y sus latidos.

«Si me detengo, se detiene, si camino también lo hace. Está seguro de que es más rápido que yo. Me tiene segura, juega conmigo.» pensó aterrorizada, incapaz de mirar a su espalda.

Dio un paso. Lo que fuera que la perseguía volvió a moverse tras ella.

Corrió. Aquello lo hizo tras sus pasos. El miedo la espoleó para continuar.

La silueta de su casa, a los lejos, comenzó a hacerse evidente.

—Si consigo llegar, estoy salvada —dijo en voz muy baja, entre jadeos.

No dejó de correr hasta que llegó. Empujó la puerta con violencia y entró sin mirar. Chocó con algo antes de caer al suelo.

Frente a ella, su padre, impasible, sostenía un quinqué en sus manos. Su miraba era inquisidora.

—¡Padre! Lo siento —dijo cuando se incorporó.

—Has vuelto demasiado pronto ¿Has acabado de regar?

—Algo me seguía, padre —se disculpó mientras se sacudía la ropa.

Encontró un hilo que sobresalía de la raída chaqueta. Lo siguió con las manos. Del final del hilo pendía una enorme mata de cardos, su terrorífico perseguidor. Sonrió.

—No me has respondido. ¿Está regada la huerta?

—Voy, padre.

 

Publicado la semana 3. 15/01/2018
Etiquetas
Peter Gabriel , La vida misma , En el mes de Enero , Cuento
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