Semana
01
David Lizandra

La magia de Bradbury

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Había caminado durante toda la mañana por el centro de la ciudad, despacio, sin rumbo fijo, hacia donde quisieran llevarle sus pies. A pesar de haber vivido en ella la mayor parte de su vida, a pesar de que le vio nacer, la vida en la distancia le hizo perder su pulso y ahora necesitaba recuperarlo.

Detuvo sus pasos frente a un escaparate del centro. “Libros de segunda vida” rezaba el cartel sobre la puerta. Ni siquiera tuvo que pensarlo, entró.

El aroma a libro usado lo recibió. Dentro, miles de libros, agolpados en inmensas estanterías bajo etiquetas que identificaban el género al que pertenecían, esperaban ansiosos por encontrar a quien les diera su segunda vida.

Buscó en su chaqueta, ahí no estaban, en el cuello tampoco, ni siquiera en la cabeza. Definitivamente había olvidado sus gafas en el peor día.

El librero andaba pendiente de los curiosos que iban entrando al local en oleadas, algunos venían a vender libros, otros a preguntar por algún ejemplar raro que desearían encontrar, demasiado ocupado para molestarlo. No era tan importante, a él le apetecía buscar con la mirada algún libro que le llamara la atención, no buscaba nada especial. Y allí estaba, en la consola central, en el lugar de los saldos, Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. «Apropiado como referencia para escribir los 52 golpes», pensó mientras sacaba la billetera para pagar.

Algo no iba bien. El libro pareció palpitar entre sus manos. Un extraño presentimiento le asaltó al ver la matrícula francesa del coche estacionado frente a la librería. Miró un poco más allá donde un semáforo rojo retenía una fila de coches. Caminó hacia ellos; la primera matrícula también era francesa, y la segunda, y la tercera, todas. Miró los coches estacionados, todos del país vecino. Demasiada casualidad, muchos franceses para esta pequeña ciudad española.

Escuchó la conversación de una pareja con la que se cruzó. Ambos hablaban en francés, pero, por alguna extraña razón, entendió todas sus palabras; él, que nunca se le dieron bien los idiomas y que solo era capaz de expresarse en castellano.

A su lado un hombre lo miraba.

—¿Se ha dado cuenta de que hay muchos franceses en esta calle? —preguntó.

Le sorprendió escucharse. Él mismo había hablado en francés, ya no era capaz de entender nada. Comenzaba a mostrarse preocupado.

La preocupación dejó paso al miedo. Corrió. Llegó a casa jadeando, cerró la puerta y se apoyó en ella en un intento por recuperar el aliento.

«Me estoy volviendo loco».

Le pareció que el libro volvía a palpitar. Lo alejó de sus ojos para tratar de verlo mejor. Apenas consiguió intuir el nombre de la editorial, pero aun así resultaba obvio que era francesa.

En dos zancadas llegó a la mesa. Sobre ella descansaban las gafas que dejó olvidadas al salir, se las colocó y abrió el libro por el medio. Estaba escrito en francés. Volvió a sentir su palpitar.

No tardó en comprenderlo todo; abrió el libro por la primera página, sonrió, volvió a cerrarlo y lo dejó sobre mesa.

«La magia de Bradbury. Más tarde iré a devolverlo», pensó en francés sin dejar de sonreír.

Publicado la semana 1. 04/01/2018
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Edith Piaf-Je ne regrette de rien , Black Mirror , Sírvase templado si dispone de una sonrisa que no termina de salir
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